¡Que no te engañen!

Hace varios años, Magdalena del Amo  escribía en periodista digital: “Es mucho lo que las mujeres de hoy debemos a nuestras predecesoras. Los movimientos feministas surgidos hacia mediados del siglo XIX han luchado sin descanso por la consecución de determinados derechos que por el hecho de haber nacido con un sexo femenino nos habían sido negados desde la noche de los tiempos. La palabra feminismo se utiliza por primera vez en la revista francesa La Citoyenne, a finales del siglo XIX, introducida por Hubertine Auclert. La primera manifestación feminista tuvo lugar en Seneca Falls, Nueva York en 1848. Se reivindicaba, la igualdad y el derecho al voto.”

A finales de los años sesenta un grupo de feministas radicales empieza a desmarcarse de lo que hasta ese momento había sido el movimiento feminista reivindicativo en todo el mundo. Surge entonces el feminismo político radical cuyo germen hay que buscarlo en la nueva izquierda surgida después de mayo del 68. Este movimiento radical fagocitó ilegítimamente el término feminista “positivo” que hasta ese momento había luchado por los avances de la mujer.

“En estos años, las feministas crean grupos “entre” mujeres y “para” mujeres con el fin de debatir sobre sus problemas (hombres, sexo, familia, religión), que hasta entonces habían pertenecido al ámbito privado. Había que transformar lo oculto, los miedos individuales “en una conciencia compartida de su significado, como un proceso social, la liberación de la angustia, la ansiedad, la lucha de proclamar lo doloroso y transformarlo en político”, según palabras de Juliet Mitchel. Otra gran defensora de esta ideología totalitaria es Mary Evans quien defiende que el espacio privado de la familia y el hogar debe ser “sujeto al escrutinio público”. Fue así cómo lo personal y privado pasa a ser político y público. Estas políticas totalitarias, disparatadas y perversas se han implementado en la sociedad española a fuerza de leyes y decretos.” (Magdalena del Amo, en ese artículo citado) 

El cuerpo de esta ideología totalitaria incluye el sexo libre, el aborto, y la desaparición del matrimonio, la familia y la religión por ser instituciones opresoras.

¿Cuál es la CRONOLOGÍA DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO ? Pues vale la pena conocerla.

Estos equívocamente llamados avances de la mujer surgieron en las mentes de personas  peculiares y se fueron imponiendo de manera velada en las “Conferencias de las Naciones Unidas” sobre la mujer, sin debates previos.
El feminismo radical parte del “lesbianismo radical”. De hecho, casi todas las mujeres impulsoras de este movimiento han sido, o son, lesbianas o bisexuales. Por eso el feminismo radical tiene como aliados al movimiento gay, denominado también “lobby rosa” y al movimiento queer.

Veamos someramente la cronología de los hechos que nos han conducido a la situación actual. Aunque estas ideas se venían gestando desde finales de los sesenta, divulgándose a través de libros y foros universitarios, es en 1975 cuando se empiezan a imponer socialmente. Este año tiene lugar en México la “Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer”, donde se adoptan algunas medidas, aunque muy tímidas, que nada hacían presagiar el final de estas políticas feministas. En 1979 la ONU adopta el “Movimiento de Liberación Femenina para la Eliminación de toda Forma de Discriminación de la Mujer” (CEDAW, por sus siglas en inglés), al que se sumaron más de ochenta países en los cinco años siguientes.

La clave del movimiento radica en el término “discriminación”. Para las Naciones Unidas discriminación es cualquier política o práctica que influya en las mujeres de forma diferente a como lo hace en los hombres. Es así cómo ciertos comportamientos o tradiciones empiezan a considerarse discriminatorios aunque no haya una intencionalidad malévola en ellos; y ciertas galanterías pasan a ser ofensivas por este tipo de feminismo. Exaltar el instinto maternal de la mujer también es discriminatorio, porque en el hombre no se exalta y, por tanto, no estamos tratando a los dos sexos por igual. Se ha llegado a situaciones de ridículo sin precedentes. 

Las consecuencias de la maternidad son contempladas como algo negativo en este documento y se insta a que las mujeres se reincorporen a su puesto de trabajo lo antes posible. Los “expertos” que diseñan estos programas están en contra del concepto de familia. Por eso el empeño en eliminar el instinto materno de la mujer. Por eso promocionan los anticonceptivos y el aborto. Por eso fomentan las investigaciones sobre clonación. Por eso están en contra de la religión. Por eso han hecho a la mujer esclava del trabajo. Como bien apuntó una feminista rusa: “La emancipación ha resultado ser para nosotras una explotación más dura que antes; hay una cierta división de tareas entre hombres y mujeres, pero las mujeres también se ven forzadas a ejecutar tareas muy pesadas”.

Asimismo se insta a los Estados a tomar medidas para modificar las conductas de hombres y mujeres, y se dan detalles de cómo eliminar estereotipos basados en el concepto de superioridad o inferioridad. También se exige revisar los textos de los sistemas de estudios para ajustarse a los nuevos conceptos de hombre y mujer.

Estas políticas se han seguido escrupulosamente. Las mujeres han irrumpido en el mundo laboral. Los niños están desde los tres meses en la guardería, atendidos por “expertos” que ponen en práctica todo lo acordado en las diferentes conferencias. Que los niños estén bajo la tutela del Estado desde que nacen es un viejo sueño de las feministas de género y una práctica obligatoria de los regímenes totalitarios.

Los acuerdos de estas dos convenciones son injustos y discriminatorios para la mujer. Por ejemplo, casi todos los beneficios de ayudas sociales están destinados a las mujeres que trabajan fuera del hogar y se discrimina a las que optan por quedarse a cuidar de sus hijos.

En 1985 la “Asamblea de las Naciones Unidas” convocó a las mujeres del mundo a una conferencia en Nairobi para analizar los resultados de la “Década de la Mujer”. Asistieron unas 13.000 señoras, casi todas feministas. Fue una conferencia de tinte racista cuyo tema principal fue el control de la población en el Tercer Mundo. Los acuerdos de Nairobi poco o nada tienen que ver con la protección a la mujer. Las disidentes manifestaron su contrariedad ante los argumentos del Movimiento de Liberación Femenina: “Nos aterramos igualmente por la hipocresía de las Naciones Unidas, que se fundó para promover la paz mundial y que actualmente es socio participante del holocausto de niños nacidos y no nacidos, coacciona a poblaciones ignorantes para que se sumen a la práctica del aborto y programa esterilizaciones en algunas partes del mundo”.

Los resultados de la Conferencia son una prueba de la simbiosis entre los representantes de las Naciones Unidas y la “International Planned Parenthood” (IPPF), la mayor promotora de abortos del mundo y la diseñadora de los modernos programas de salud sexual y reproductiva. El colonialismo cultural está ganando una carrera contrarreloj para implantar las ideas de unos pocos, de muy dudosa moral, en el resto del mundo.

LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO es una nueva  LUCHA DE CLASES

Y lo peor está por venir. Se impuso ferozmente la ideología de género que obliga a todos los gobiernos a revisar toda la literatura de las instituciones públicas y privadas de acuerdo a la perspectiva de género.

El feminismo radical mantiene una especie de biofeedback con el movimiento queer que lo hace más radical a la vez que caricaturesco. La theory queer se fragua en EE.UU. entre los ochenta y los noventa en los ambientes universitarios de la nueva izquierda promovida por colectivos de gays y lesbianas que pretendían ampliar el concepto de cultura, en el sentido de mayor diversidad e “inclusión de la diferencia”. Los queer son una escisión de la izquierda surgida en mayo del 68. Así, en una facción quedaban los clásicos marxistas y heterosexuales, es decir, la izquierda reformista, mientras la otra aglutinaba a todo lo considerado marginal y pervertido: gays, lesbianas, transexuales y demás personajes antisistema, sin ningún tipo de moral. Los queer no luchan por integrarse en la sociedad y que ésta les reconozca sus derechos, sino por apartarse de los valores de la sociedad. El día del orgullo gay es un claro ejemplo de la filosofía queer. Su máximo icono es Foucault, homosexual como todos sus ideólogos, seguidor a su vez del Marqués de Sade.

El feminismo de género aparece como consecuencia de la revolución sexual, defendida por Wilhelm Reich, icono de la mujer “liberada”. Los conceptos de amor y procreación ligados al sexo se disocian y éste se practica libremente, favorecido con las píldoras anticonceptivas.

El feminismo de género considera que el sexo es un instrumento de poder; es, por tanto, una cuestión política, la utopía política. Como no se puede hacer desaparecer la polaridad sexual, hagamos aparecer el género, parecen decir. Así surge la teoría del “constructo social”, según la cual, nadie nace hombre o mujer; todo es debido a construcciones sociales artificiales por intereses del patriarcado imperante. Así se crea la revolución del feminismo socialista del que España es un ejemplo, para mal, cuyos perversos objetivos se están cumpliendo escrupulosamente ante la pasividad de la clase política de centro-derecha.

El primer movimiento político de la llamada segunda ola feminista, se fundó en Estados Unidos en 1966 con el nombre de “National Organization for Woman” (NOW). Su presidenta, Betty Friedan, seguidora de Simone de Beauvoir, con un discurso bastante duro en los años sesenta, contrario a la feminidad y a la maternidad, se fue moderando en la etapa final de su vida. El giro de su pensamiento lo dejó patente en el epitafio que dejó escrito antes de morir: “Contribuyó a construir un mundo en el que las mujeres están satisfechas de ser mujeres y se sienten libres de poder amar de verdad a los hombres”.

Aunque el feminismo radical tiene su origen en el pensamiento de personajes del siglo pasado como, Margaret Mead, Alfred Kinsey o Margaret Sanger, amén de otros que han ido aportando su ideología, la auténtica construcción se debe al pensamiento de tres mujeres: Germaine Greer, que a través de la revolución sexual propone un cambio de sociedad; Kate Mollet, autora del concepto de patriarcado como modelo de opresión a la mujer; y Shulamith Firestone que aglutina el pensamiento de las anteriores y crea la dialéctica del sexo, como ideología postmarxista. A partir de aquí se identifica el feminismo con “el amor libre, la contracepción, la despenalización del aborto, el divorcio libre o la reproducción artificial, convirtiendo así toda la política en política sexual”. Germane Greer, tras luchar toda su vida por la implantación del feminismo radical, en su último libro Sexo y destino abandona sus ideas radicales y propone la maternidad, la familia y el control de los instintos.

El término “feministas de género” aparece definido en toda su amplitud en el libro de Christina Hoff Sommers, Who Stole Feminism? (¿Quién robó el feminismo?). Según argumenta la autora, el feminismo de equidad es la creencia en la igualdad legal y moral de los sexos. Una feminista de equidad reivindica para la mujer lo que quiere para todos: tratamiento justo y no discriminación. Las feministas “clásicas” han luchado y aún siguen en ello porque, a pesar de los avances legislativos y sociales todavía la mujer no ha alcanzado el lugar que le corresponde en la sociedad.

La ideología de género va mucho más lejos. Se basa en una nueva interpretación neomarxista de la historia. El feminismo de género retoma la idea de la lucha de clases entre opresores y oprimidos que, en este caso, no serían los patronos y los obreros sino los hombres y las mujeres. Según este movimiento, la mujer vive atrapada en un sistema patriarcal que la oprime y que, lejos de mejorar, empeora con el paso del tiempo.

Según estos grupos de presión, el género es una construcción libre de ataduras, una creación cultural que no está determinada por el sexo. Así, femenino no se identifica con mujer ni masculino con hombre sino que “hombre y masculino” pueden referirse tanto a un cuerpo masculino como femenino, y mujer y femenino, lo mismo. Se trata de roles sociales construidos artificialmente.

La feminista y profesora de Derecho de la Universidad de Toronto, Rebecca J. Cook, asegura que no hay dos sexos sino cinco, y que no se debe hablar de hombre y mujer, sino de mujeres heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres homosexuales, y bisexuales. (No cita a los transexuales, tan de moda hoy). Aboga por la abolición del concepto sexo masculino y sexo femenino).

Esta teoría a más de un lector le resultará, cuando menos, antinatural y no le falta razón. Comparto su opinión y, además, es muy preocupante por el cariz que ha tomado esta ideología en nuestro país y la rapidez con la que se está implantando a través de los medios de comunicación, especialmente la televisión.

Una de las grandes impulsoras del movimiento es la feminista radical Judith Butler. Su libro Gender Trouble: Feminism and the Subversión of Identity (El problema del género: el feminismo y la subversión de la identidad), se utiliza como libro de texto en programas de estudios femeninos de varias universidades norteamericanas desde donde la ideología de género es proyectada al resto del mundo. La relación entre el feminismo radical y la universidad ha sido una constante en los últimos años. Los departamentos de women studies han sido vitales para expandir la ideología de género en todo el mundo. Afortunadamente para la mujer y para la sociedad considerada en bloque, estas ideas empiezan a ser denostadas en los países donde surgieron. Pero, en España, gracias al gobierno socialista, nos tocará padecerlas durante unos cuantos años. La ignara ministra de Igualdad, Bibiana Aído, puso en marcha medidas que fueron tildadas como ocurrencias propias, pero, lejos de eso, son un calco de lo acontecido en EE.UU. hace 30 años. 

Es difícil de entender que una ideología tan descabellada sea materia de estudio en centros universitarios serios, a no ser que se analice el fin que subyace en la misma y que no es otro que la desaparición del matrimonio, de la familia como célula social, de la religión, y, por tanto, del orden establecido por el que nos hemos regido hasta ahora.

La ideología de género, perfectamente conformada y estructurada se introdujo en las Conferencias sobre la mujer de Viena en 1993, El Cairo en 1994 y Pekín en 1995. Esta última fue definitiva. En ella participaron alrededor de 184 países y unas 2.000 ONGs. A partir de ahí la perspectiva de género ha ido permeando obligadamente en el tejido social y cultural de las naciones desarrolladas y empieza a calar en los países en vías de desarrollo.

Cuando en la “IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer” se les pidió a sus apologistas que hiciesen un esbozo sobre la perspectiva de género, éstas lanzaron sus reivindicaciones y críticas al viejo feminismo: “La teoría feminista ya no puede limitarse a proclamar una tolerancia del lesbianismo como estilo alternativo de vida o hacer alusión y mostrar a las lesbianas. Se ha retrasado demasiado una crítica feminista de la orientación heterosexual obligatoria de la mujer. […] El género se refiere a las relaciones entre hombres y mujeres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo. […] Las diferencias entre hombres y mujeres responden a una estructura cultural, social y psicológica y no a condiciones biológicas. […] No existe el hombre natural o la mujer natural. […] Se habla de un continuum de intersexos “cuyo punto medio es el hermafroditismo”. De acuerdo a estos postulados, la heterosexualidad y la procreación no es algo natural sino una “construcción social biologizada”.

Ahora vamos al ACTIVISMO IZQUIERDISTA EN ACCIÓN

La ex diputada e izquierdista estadounidense, ya fallecida, Bella Abzug, consiguió “hipnotizar” a la concurrencia con su torrente de ideas nuevas y sus pretensiones de cambiar el pensamiento social establecido. (Bella Abzug formó parte del activismo izquierdista. Fue una ferviente defensora de Stalin, y dirigió reuniones a favor del Vietcong durante la guerra de Vietnam. Abzug siempre fue consciente de que su teoría no resistía un análisis científico). Este fenómeno de conversión ocurre a menudo con los conservadores y, en general, con los políticos de centroderecha. No sé si es porque defienden ideas en las que no creen, o sí las creen pero les resultan más modernas o más políticamente correctas las de los llamados “progres”. Que se lo pregunten, si no a D. Aquilino Polaino que salió escaldado del Congreso cuando, tras exponer que los homosexuales tenían algún defecto genético o psíquico y que, como tal, se podía corregir, tuvo que retirar sus palabras, presionado por la panda de progres y pseudoprogres a los que les faltó tiempo para tildar al científico de homófobo, retrógrado y facha. Así se manipula la opinión pública en la dictadura de lo políticamente correcto, con la anuencia, y a través de los medios de comunicación.

En la Cumbre de Pekín se dio una circunstancia similar. Muchos delegados, en contra por lo descabellado de las ideas, claudicaron ante la nueva corriente que se imponía en el mundo. Ideas avaladas y defendidas no por actores y cantantes de turno sino por intelectuales progresistas y profesoras de reconocidas universidades de Estados Unidos, apoyadas por las feministas asistentes.

Los promotores de esta ideología usan un lenguaje engañoso y de dudosa sintaxis para que no resulte fácilmente comprensible y así infiltrarse más fácilmente y “colar” sus propuestas. Por otra parte, todo hay que decirlo, muchas de las mujeres políticas que asisten a estas convenciones han llegado a sus puestos no por méritos sino debido a sistemas de cuotas o como meras mujeres objeto a las que les importa poco lo que allí se debate. Muchos de estos viajes “de Estado” se utilizan para otros menesteres como ir de compras o hacer turismo. Esas mujeres son las que en los respectivos países están encargadas de impulsar los planes de acción firmados durante la Conferencia, diseñados de antemano. Así son las cosas.

No obstante, hay que reconocer la oposición de los delegados católicos de algunos países, y de la Santa Sede, que vieron en los panfletos feministas una afrenta social a los valores humanos, sobre todo, cuando comprobaron que se eliminaban del documento las palabras esposa, marido, padre y madre.

EL FEMINISMO RADICAL que nos gobernó en la etapa de ZP, en la de Rajoy y en el actual Gobierno de Sanchez es: ÁCIDO SULFÚRICO PARA LA FAMILIA

Hay que destacar la oposición férrea de las mujeres provida que participaron en la Conferencia y que quedaron completamente aterradas por los conceptos allí presentados. La directora del Independent Women Forum, Barbara Ledeen, defensora de los valores femeninos, reconoció la radicalidad de estas ideas que atacan directamente los valores de la familia.

Es normal que estas ideas resulten delirantes a las mentes equilibradas, y los que hemos sido educados en la normalidad las encontremos, cuando menos, indigeribles. Así las juzgaron muchos de los delegados asistentes, y el documento de la “Declaración de Pekín” y su “Plan de Acción” tuvo 44 reservas y algunas observaciones de interpretación, la mayoría referidas a la “salud reproductiva”. Las feministas clásicas tuvieron gran culpa de que el término se introdujera, pues aceptaron el nuevo concepto y se mostraron proclives a sustituir en el texto “género” por mujer, masculino y femenino.

La española Cristina Alberdi, entonces ministra de Asuntos Sociales fue la portavoz de la Unión europea en Pekín por presidir España en ese momento la CEE. Defendió la ideología de género, doctrina que no es compartida por la mayoría de los países de la Unión Europea. Pero así se escribe la historia.

La implantación de la idea de género fracasó en EE.UU. tan sólo veinte años después de haberse implantado, pero la sociedad aún está sufriendo el fruto de esta corriente. Como muestra, en el material obligatorio de los cursos sobre la perspectiva de género que se imparten en algunos centros norteamericanos se incide en que las ideas o conceptos aceptados hasta ahora como naturales son construcciones sociales e insisten en que “los hombres y las mujeres no sienten atracción por personas del sexo opuesto, por naturaleza, sino más bien por un condicionamiento de la sociedad. Así, el deseo sexual puede dirigirse a cualquiera”. Ésta es la teoría. Los manuales de sexualidad para adolescentes que promueve el Gobierno español están redactados de acuerdo a esta corriente. Lo mismo ocurre con la asignatura de Educación para la ciudadanía.

Las feministas de género rechazan la heterosexualidad porque, según su teoría, en el mundo no hay dos sexos complementarios que se atraen –masculino y femenino—, sino que creemos eso porque nos han obligado a ello, es decir, nos atraemos porque nos obligan a creer que nos atraemos. El disparate no puede ser mayor, y va contra la ciencia, contra la tradición y contra el sentido común.

Homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y travestidos conforman, según el colectivo, formas alternativas de sexualidad. Esta concepción amorfa de la persona promueve y justifica todo tipo de comportamientos sexuales por muy aberrantes y perversos que sean. A esto ya nos hemos ido acostumbrando en los últimos tiempos pues los programas de televisión nos muestran continuamente los nuevos ejemplos de sexualidad.

La delegada canadiense Valerie Raymond llegó incluso a proponer que la cumbre se abordara, no como una conferencia de la mujer sino desde una óptica de género cuyo fin no fuera defender los problemas de las mujeres normales sino propulsar el colectivo homosexual, lesbiana, bisexual y transexual. La ONG “International Gay and Lesbian Human Rights Comisión” exigió que se les reconociera el derecho a determinar la propia identidad sexual, a controlar el propio cuerpo, el derecho a elegir con quien engendrar, y criar hijos sin distinción de orientación sexual.

La periodista norteamericana Dale O´Leary, experta en esta teoría y muy crítica a la vez, asegura que las feministas han retomado las teorías marxistas y las han aplicado al feminismo radical. Si Marx decía que toda la historia es una lucha de clases y que éstas sólo se abolirían cuando los oprimidos instaurasen su dictadura contra los opresores, el discurso que sostienen las feministas radicales es que la sociedad sólo será justa y equitativa cuando desaparezcan las diferencias entre hombres y mujeres, que no existen como tales de manera natural, y se implante la dictadura del género. Sostienen que acabar con el género es poner fin al patriarcado, teoría desarrollada por Kate Miller, inspirada en Engels, que en el siglo XIX estableciera las bases de unión entre marxismo y feminismo.

Pero su radicalismo va mucho más allá y no les duelen prendas al decir que los marxistas se equivocaron porque en su teoría de la abolición del sistema de clases, si bien reivindicaban la eliminación de la propiedad privada, el acceso de la mujer al mundo laboral, el divorcio, la colocación de los niños en guarderías y la prohibición de la religión, no habían atacado directamente a la familia, verdadera causa de la existencia de clases. Este punto es el mayor fracaso del marxismo, según estas ideólogas del género.

Es UNA DECONSTRUCCIÓN SOCIAL SILENCIOSA que actúa como las serpientes.

Destruir la familia tradicional es uno de sus fines más perversos. Para ello consideran necesario que las mujeres reivindiquen el total control y posesión de sus cuerpos, el control femenino de la fertilidad, tanto por vías naturales como tecnológicas, el control y cuidado de los niños y el aborto a petición. También aseguran que el control de la reproducción humana es una cuestión impuesta socialmente. Heidi Hartmann dice: “La forma en que se propaga la especie es determinada socialmente. Si biológicamente la gente es sexualmente polimorfa y la sociedad estuviera organizada de modo que se permitiera por igual toda forma de expresión sexual, la reproducción sería resultado sólo de algunos encuentros sexuales: los heterosexuales”.

Se entiende así que con ánimo de controlar la población se incite a los niños y adolescentes a desarrollar su sexualidad con cualquiera de los sexos y a través de la masturbación. En un manual de la IPPF se les dice a los adolescentes que tener una relación fija o esporádica con alguien del mismo sexo puede ser muy placentera y evita embarazos no deseados. Esto es muy grave y ataca directamente a los cimientos de la civilización.

Aparte del control de la reproducción y el aborto libre, la ideología de género reivindica el derecho a elegir la identidad sexual. En cuanto al “estilo de vida”, defienden que sea libre, es decir, promueven cualquier tipo de sexualidad polimorfa. Todo está bien en el disparatado mundo del género.

Otra de las defensoras acérrimas del proyecto, la ex presidenta de Islandia Vigdis Finnbogadottir, aboga por destruir no sólo la familia tradicional sino también la educación. En este sentido propone evitar que las niñas sean orientadas hacia actividades tradicionalmente femeninas y que se les inculquen ideas de rechazo hacia el arquetipo de madre o esposa. “La educación es una estrategia importante para cambiar los prejuicios sobre los roles del hombre y la mujer en la sociedad. La perspectiva de género debe integrarse en los programas. Deben eliminarse los estereotipos en los textos escolares y concienciar en este sentido a los maestros para asegurar así que las niñas y los niños hagan una selección profesional informada y no basándose en tradiciones prejuiciadas sobre el género”.
Esta ideología está permeando en nuestra sociedad silenciosamente. No ha llegado mediante un decreto acompañado de titulares de prensa sino que se está instalando en nuestras mentes de manera subrepticia. Hoy, en cualquier centro educativo del más pequeño pueblo de España se inculcan ya estas ideas, sutilmente camufladas bajo el disfraz de derechos del niño y políticas de igualdad. Se ha impuesto ya un léxico machacón de lo políticamente correcto. Así, se habla continuamente de juguetes sexistas y de comportamientos sexistas. A los maestros se les ha sensibilizado en este sentido y actúan creyendo que están contribuyendo a crear una sociedad más equitativa cuando, en realidad, lo que se persigue es imponer un plan perverso para la sociedad, es decir, deconstruirla, según las propias palabras de las feministas.

Los promotores de la perspectiva de género para deconstruir la sociedad consideran que primero hay que deconstruir las relaciones familiares, la reproducción, la sexualidad, el lenguaje, la religión, la cultura y la educación. Susan Moller Okin en un artículo sobre cómo concibe ella una sociedad sin géneros dice que habría roles masculinos y femeninos, y que “dar a luz estaría conceptualmente tan distante de la crianza infantil, que sería motivo de asombro que hombres y mujeres no fueran igualmente responsables de las áreas domésticas…”.

El artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU en 1948 defiende el matrimonio y la familia. En el mismo artículo se asienta que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. Eran los primeros años de la ONU y aún no se había infiltrado la influencia nórdica ni Rockefeller había hecho sus nocivas propuestas.

La aversión enfermiza de las feministas radicales hacia la familia queda patente en estas palabras de Alison Jagger, importante activista feminista, autora de libros de texto que se utilizan en seminarios para mujeres en universidades norteamericanas: “El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal […] en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma ´institución de las relaciones sexuales` en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimorfamente perversa natural”.

La inquina de las feministas de género hacia la familia la justifican porque, según su idea, crea y fomenta el sistema de clases al que nos hemos referido, apoyando las diferencias entre hombres y mujeres. Su fin es destruir el concepto de familia porque, en efecto, es en el seno del hogar donde se aprenden las primeras lecciones sobre la vida. Las feministas rechazan la imagen de unos padres que están juntos porque tienen un proyecto de vida en común a partir del amor. En la familia se aprende a discernir entre el bien y el mal. Se aprende el valor de la religión. Para las feministas de género este modelo es nefasto y se han propuesto destruirlo porque -según su doctrina— no sólo esclaviza a la mujer sino que condiciona a los hijos para que acepten la familia, el matrimonio y la maternidad como algo natural. Por eso, otro de sus fines es el control de la reproducción y el cuidado de los hijos a cargo del Estado donde se les eduque en los nuevos “valores”. En algunos puntos su fanatismo raya lo enfermizo. “No debería permitirse que ninguna mujer se quedase en casa para cuidar a sus hijos”. El grado de perversidad es tan grande que el hecho de “no quedarse en casa” no es para ayudar a que la mujer se “realice” fuera del hogar, como sostuvieron durante años las feministas tradicionales, sino para que no se creen lazos con los hijos y evitar que se les inculquen valores religiosos y sociales.

A estas ideas que sostienen que mujer y hombre, y masculino y femenino son construcciones culturales, viene a añadirse otra tan descabellada pero aún más perversa si cabe. Postulan que lo natural no es necesariamente un valor per se y que los seres humanos ya estamos en condiciones de superar a la naturaleza en muchos campos. Si la naturaleza imposibilita realizar sus propósitos de cambio social, en definitiva, si les estorba, están dispuestas a eliminarla porque aseguran que toda diferencia es nefasta, indica discriminación y, por tanto, no debe existir. Los defensores de esta ideología rechazan tanto la discriminación negativa como la positiva porque el enemigo a combatir es la diferencia.

La mayor parte de las personas de buena fe cuando impulsan o apoyan programas relacionados con la mujer, su libertad y sus derechos, no se imaginan que están sirviendo a esta ideología esclavizante.

Juan Pablo II, partidario siempre, igual que Benedicto XVI, de la promoción de la mujer en los diferentes ámbitos de la vida moderna, señaló antes de la Conferencia de Pekín la estrecha relación entre la mujer y la familia. “No hay respuesta a los temas sobre la mujer, que pueda pasar por alto la función de la mujer en la familia. […] Para respetar este orden natural, es necesario hacer frente a la concepción errada de que la función de la maternidad es opresiva para la mujer”, dijo el Santo Padre. Sin embargo, estas ideas no fueron tomadas en consideración. Más aún, las feministas de género consideran que una mujer que ejerza sólo de madre no debe aparecer “bajo un prisma favorable”.

La deconstrucción de la religión es otro de los principales apuntes en la agenda de las feministas de género. Por ello han pretendido reinventar a Dios. En su lugar sugieren adorar a la Diosa, la imagen de Sophia o sabiduría femenina. Carol Christ, Elizabeth Schussler Fiorenza, Joanne Carlson Brown y Carole R. Bohn se declaran teólogas feministas de género y promueven estas ideas. Su misión es atacar al Vaticano por oponerse a sus teorías destructivas.

LAS FEMINISTAS RADICALES PRETENDEN HACER LESBIANAS, HOMOSEXUALES Y BISEXUALES DESDE LA CUNA

Las feministas de género no buscan mejoras sociales para la mujer; muy al contrario, piensan que los derechos alcanzados en los últimos años suponen un retraso en la implantación de la ideología. La auténtica meta de la revolución feminista no es conseguir la igualdad con el varón sino la desaparición de varones y hembras puesto que “las diferencias genitales entre los seres humanos ya no importan culturalmente en la nueva perspectiva social de deconstrucción de la sociedad”.

Conclusión: No se trata de ser tolerantes y de que nos acostumbremos a que aquél o aquélla que nació en un cuerpo que no es el suyo, como se dice ahora, se cambie de sexo mediante hormonas y cirugía. Tampoco se trata de que los que nacen con una inclinación hacia el mismo sexo, formen pareja y convivan como una familia más, engendrando, adoptando o sin adoptar. No se trata de que nos adaptemos a un mundo, donde, aparte de la familia tradicional, coexistan otros tipos de familia, como los que hemos citado. Se trata de cambiar el mundo para liberar a las mujeres. Para ello hay que eliminar la naturaleza. Y eso se consigue eliminando el matrimonio y la familia tradicional. Eso se consigue haciendo lesbianas, homosexuales y bisexuales desde la cuna. El sexo es únicamente para el placer. Las relaciones sexuales deben ser polimórficas y libres. El aborto, también libre. Todo vale en este nuevo mundo del género, excepto los valores tradicionales. Lo peor de todo, y refiriéndonos a España, es que ya es un poco tarde para impedirlo socialmente, aunque no para combatirlo. En el ámbito privado, con nuestros hijos, sí estamos a tiempo pero, debido a la presión exterior, tendremos que trabajar el triple aunque habrá merecido la pena.

En España, más allá de políticas del momento como De la Vega, Pajín o Alborch, que presumen de ser socialistas feministas, Amelia Valcárcel es una de las defensoras de la ideología de género más relevantes y propugna que en el momento actual, donde apenas se diferencian los idearios políticos, la nota diferenciadora entre la izquierda y la derecha es el feminismo. A ella pertenecen estas palabras: “Si no los podemos hacer tan buenos [a los hombres] hagámonos nosotras tan malas; no exijamos castidad, sino perdámosla; no impongamos la dulzura, hagámonos brutales; no atesoremos naturaleza, sino destruyámosla con el fervor del converso”. Si bien un párrafo extraído no define una idelología, éste, en concreto, sintetiza su criterio de lo que debe ser la nueva mujer.

Leyendo a Amelia Valcárcel, a su discípula Alicia Miyares o a Celia Amorós no nos cabe duda de que tanto la asignatura de Educación para la ciudadanía como la implantación de los sistemas de discriminación positiva, de cuotas y de paridad fueron gestados en sus mentes posthegelianas, al amparo de las feministas radicales norteamericanas. 

El sueño de las feministas ha sido siempre emular al hombre y estaban equivocadas, porque como bien dice Victoria Camps, la irrupción de la mujer en el mundo del varón es banal y fútil si no aporta lo específico de su condición femenina. Este afán de imitación viene dado por la naturaleza lesbiana de muchas de sus ideólogas y dirigentes. Si analizamos las biografías de cuantas han impulsado esta forma de pensamiento, incluida la aversión al varón, nos encontramos con la particularidad de que casi todas han sido –y las defensoras actuales, también— homosexuales o bisexuales. Lo mismo podemos decir de los hombres que han apoyado los movimientos radicales. Las feministas lesbianas siempre se consideraron hombres de segunda. De ahí que Simone de Beauvoir escribiera en El segundo sexo, libro de cabecera para muchas discípulas y feministas, que las mujeres son “hombres limitados neurológicamente en todos los sentidos excepto en las funciones reproductivas”. Por ello repudian la maternidad y la consideran como una lacra que ha impedido que la mujer progresara socialmente y se ocupara de las cuestiones de Estado, de la ciencia o la economía, las tres facetas en las que, según Weber, debían desarrollarse los hombres cultos.

Hay otros movimientos feministas que defienden los retos de las mujeres que se deben fomentar, sin perder un ápice de sus valores femeninos. Las mujeres hoy no tienen que demostrar nada. En las universidades son mayoría en alcanzar el título con mejores calificaciones. Giles Lipovetsky asegura en su obra La tercera mujer que ésta “ya ha dejado constancia de su capacidad intelectual, profesional, artística y personal”. En efecto, hoy, la mujer –con independencia del absurdo sistema de cuotas— ha alcanzado por méritos propios puestos de relevancia en el mundo de la empresa, la literatura o la política. Curiosamente, muchas de estas mujeres no pertenecen a ningún colectivo de mujeres y suelen estar en contra del feminismo socialista y la discriminación positiva de la mujer, impulsada desde los gobiernos progres.

HAY QUE FOMENTAR EL FEMINISMO CONSTRUCTIVO

En este mismo sentido, en 1972, la primera ministra de Israel, Golda Meir, le respondía a la periodista Oriana Fallacci a una pregunta sobre el feminismo socialista radical en estos términos: “¿Se refiere a esas locas que queman los sostenes y andan por ahí desquiciadas y odian a los hombres? Son locas. Locas. ¿Cómo se puede aceptar a locas como ésas, para 6quienes quedar embarazada es una desgracia y tener hijos es una catástrofe? ¡Si es el privilegio mayor que nosotras las mujeres tenemos sobre los hombres!”.

Es necesario un feminismo alternativo que abogue por un mundo donde los dos sexos tengan los mismos derechos y oportunidades, conservando cada uno de ellos sus valores y características inherentes. Un mundo, no de lucha sino de entendimiento. No de confrontación sino de diálogo. Un feminismo de la complementariedad, como ya postuló la gran Edith Stein en la década de los cuarenta. En sus conferencias Stein instaba a las mujeres a no conformarse con una educación mediocre y a estar presentes en todos los campos del pensamiento ya que ninguna profesión les debía estar vedada y era mucho lo que podían aportar a la sociedad. La Santa alemana definió a la mujer como complemento del hombre, de la misma manera que el hombre es complemento de la mujer. Ambos son en sí complementarios, y no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Lo humano se realiza en toda su extensión gracias a la dualidad de lo masculino y lo femenino.

Las palabras de Santa Teresa de Calcuta en la carta enviada a la Conferencia de Pekín están llenas de amor: “No entiendo por qué algunas personas dicen que la mujer y el hombre son exactamente lo mismo y niegan las bellas diferencias entre ambos. Todos los dones de Dios son buenos, pero no todos son iguales. A menudo digo a las personas que me dicen que ellos quisieran servir a los pobres como yo lo hago: ´lo que yo hago, tú no lo puedes hacer, y lo que tú haces yo no lo puedo hacer. Pero juntos podemos hacer algo bello para Dios`. Así sucede también con las diferencias entre mujeres y hombres. Dios ha creado a cada uno de nosotros, a cada ser humano, para cosas muy grandes, para amar y para ser amado. Pero, ¿por qué Dios nos hizo a algunos, hombres y a otras, mujeres? Porque el amor de la mujer es una imagen del amor de Dios. Y el amor del hombre es otra imagen del amor de Dios. Ambos son creados para amar, pero cada uno de una manera diferente. Mujer y hombre se completan mutuamente, y juntos muestran el amor de Dios más plenamente que cualquiera de los dos puede hacerlo solo”.
El feminismo radical es un fracaso y no beneficia en nada a la mujer porque la desprovee de su dignidad y la convierte en un personaje de ficción obligada a interpretar el triste papel de la mujer que no es mujer.
Reivindicamos desde aquí este otro feminismo. El feminismo femenino y cristiano que promociona a la mujer en su profesión y ensalza sus cualidades de esposa y madre. Reivindicamos a la mujer compañera del hombre, tanto monta, monta tanto. Reivindicamos la diferencia y la complementariedad. Reivindicamos también el pudor. Y reivindicamos la responsabilidad del hombre, compañero de la mujer, los dos juntos al frente de la familia para educar, compartir tareas de casa, penas y alegrías, y caminar juntos por la senda de la vida.

Como el tema es preocupante quiero dejarle al lector un rayo de esperanza. Si, como ya expresamos, el feminismo radical fracasó en los lugares donde se gestó. Es lógico pensar que en España también pasará como una moda ideológica más. La citada periodista norteamericana Dale O´Leary, especializada en feminismo de género y autora del libro The gender agenda: redefining equality, asegura que “las herejías duran solamente una generación; ellas son como falsificaciones de grandes maestros, que engañan a la generación en la cual fueron creadas, pero la generación siguiente reconoce que no son más que productos del pasado. El feminismo radical es una de estas falsificaciones. […] Los efectos negativos de los códigos de conducta impuestos por las feministas radicales son considerados como una de las causas de la violencia creciente entre los hombres y las mujeres”. Aunque siguen existiendo los women studies y los postulados de género aún se imparten en muchas universidades, los estudiantes son cada vez más reacios a aceptar esta ideología que consideran un fraude y, mucho menos, a ponerla en práctica.
Juan Pablo II insta a los hombres a participar en el gran proceso de la liberación de la mujer, y en su Carta a la Mujer dice: “La presencia de cierta diversidad de roles no es de ninguna manera perjudicial para la mujer, siempre que esta diversidad no sea el resultado de una imposición arbitraria, sino más bien expresión de lo que es específico al ser masculino y femenino”.

En España tendrán que pasar unos cuantos años para que todo retorne a los cauces de la normalidad. De momento, el feminismo de género se impone a gran velocidad.

Mientras tanto, ¿qué pueden hacer las personas provida, proamor, promatrimonio y profamilia? Pues, luchar más que nunca, cada uno desde su tribuna, hasta conseguir reemplazar la cultura de la muerte por opciones que defiendan el sentido de la Vida con mayúsculas, la familia y el amor.

Quisiera añadir a lo expuesto, que no te engañen, la Iglesia no te odia. Estamos viendo que la estrategia de la ideología de género es muy clara, crear odio hacia la única institución que defiende la Verdad, pues tiene muy claro que educar en la Verdad es el camino para  ser libres.  QUE NO TE ENGAÑEN, si perteneces a este colectivo, la iglesia no te odia. El Catecismo 2358 dice: Los hombres y mujeres con tendencias homosexuales “deben ser acogidos con respeto , compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”.

MªÁngeles Bou

Mª Ángeles Bou Escriche es madre de familia, Orientadora Familiar, Lda. en Ciencias Empresariales y profesora