Señera de dos barras del Tratat d'Almirra, los blaveros y Sentandreu (IV)

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La curiosidad me impulsó a viajar en busca de documentación sobre la señera que, según Fuster y Pere Mª Orts, habría sufrido el incremento del azul por parte de ignorantes ediles en tiempos modernos. Lo hallado fue sorprendente. Procedentes de colecciones reales y de la nobleza europea se conservaban imágenes de las antiguas señeras valencianas. En el mundo del lepisma saccharina, entre incunables y manuscritos, me percaté de otros engaños de los expansionistas, como la historia catalana de la barras de sangre de Wifredo el Velloso. El cuento era repetido por anexionistas que lavaban el cerebro a los niños valencianos. Casualmente, analizando un incunable descubrí que era copia de una leyenda castellana referida a la toma de Córdoba, en 1236.

La noticia, publicada en prensa de Alicante, Valencia, Zaragoza y Burgos, fue silenciada en la de Madrid y Barcelona. Fue el 11 de julio de 1989, en el diario Información, donde se dio a conocer. Diez años más tarde, en el 2000, Martí de Riquer se atribuía el descubrimiento y, en Llegendes històriques catalanes (Barcelona, 2000), repetía lo publicado por mí en prensa y en el Tratado de la Real Señera (Valencia, 1993)

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El 11 de julio de 1989 aparecía la noticia del descubrimiento de que la historia catalana de las barras de sangre de Wifredo el Velloso era copia de otra castellana. La novedad, cumpliendo lo de Catalunya mos furta, fue plagiada palabra por palabra y ofrecida como suya por el catalán Martí de Riquer 10 años más tarde. La prensa de Madrid y Barcelona, que silenciaron mi hallazgo, voltearon campanas y, El Mundo, dedicó varias páginas de El Cultural a celebrar tan sensacional novedad del plagiador barcelonés. Un blavero, servidor, no debía manchar páginas de periódicos progresistas. Hoy figura Riquer como descubridor de esta historia. La filosofía contra el blavero de Joan Fuster y de Llastra Herranz se cumple rigurosamente en la prensa. Por cierto, yo no descubrí el incunable, no era inédito, como dio a entender el periodista; simplemente lo leí y, entre miles de párrafos, encontré los que enlazándolos con el disoluto Beuter, daban la clave del origen castellano de la leyenda.

En Madrid y Barcelona, el periodismo progre-pazguato no consideraba canónico que un blavero denunciara el origen y falsedad de la leyenda; más adecuado sería que el hallazgo se atribuyera a un catalán de prestigio como Martí de Riquer, y así presentaron el exquisito pastel. Valga de ejemplo la entrevista en El Mundo de la aduladora Care Santos (Mataró, 1970), donde preguntaba al plagiador Martí de Riquer sobre el historiador Beuter y el origen de la leyenda:

«¿Cree que alguien puede ofenderse al descubrir por su libro que la leyenda de las cuatro barras nació de un demasiado imaginativo historiador valenciano y a partir de una crónica castellana?» (Care Santos El Cultural, suplemento cultural de El Mundo, 31 / 05 / 2000)

No, los valencianos no lo descubrieron por el libro de Riquer; se habían enterado una década antes. Igual que la prensa catalana, la periodista Care Santos (Premio Nadal 2017), enalteció babosamente el falso hallazgo de Riquer y silenció que sólo era refrito del blavero que suscribe. Lo cierto es que me indignó la hipocresía de la mafia cultural y, en el extenso artículo “¿Martí de Riquer: ¿Me ha copiado usted?” (Las Provincias, 06 /11/ 2000), denuncié los hechos. No hubo respuesta.

También Sentandreu ¡ay, señor!, atribuye a Riquer el descubrimiento del origen castellano de las barras de sangre

Visitando el blog de Juan García Sentandreu leí 'Amigos, mirad esto'; y encontré  un  artículo sobre la heráldica aragonesa, donde comentaba el descubrimiento del origen castellano de las barras de sangre:

«Los historiadores Martín de Riquer y Menéndez Pidal atribuyen al historiador, conocido por sus fabulaciones e inventos, Pere Antoni Beuter … la invención de la leyenda... El heraldista Armand de Fluvià también señala que dicha acción bélica es «pura invención» y que la concesión de armas al conde Wifredo «no resiste ningún análisis histórico dado que la heráldica todavía no existía en el siglo IX», concluyendo que con anterioridad a Beuter 'no se halla ningún rastro de esta leyenda en la historiografía catalana'. Destruida por los científicos la leyenda del supuesto origen catalán de la Señera de la casa de Aragón...» (Blog de J. Gª Sentandreu: Amigos, mirad esto)

Amigo Sentandreu, te explico lo que pasaba con estos científicos y otros que, atizando palos de ciego, aventuraban que el origen de las barras de sangre podía ser aragonés, catalán, francés, castellano, austríaco, etc. Es como si preguntáramos a un niño de cinco años cuánto suman dos y dos, y nos contestara que tres, cuatro, cinco o seis. El niño ha dicho cuatro, pero también otras cifras. Igual sucedía con los heraldistas. Armand de Fluvia se enteró del asunto al leer el Tratado de la Real Señera, como reconoció al citarme en su libro 'Els Quatre Pals' (Barcelona, 1994). Amigo Sentandreu, tú sabes que la leyenda de las barras de sangre no fue destruida por los científicos  que enumeras; incapaces de limpiar la niebla de vaguedades, dudas y opiniones contradictorias entre ellos mismos.

Que era una novedad lo reconocieron (a regañadientes) los catedráticos de la Universidad de Zaragoza Guillermo Fatas y Guillermo Redondo, en un artículo publicado en el número extraordinario del Heraldo de Aragón en las fiestas del Pilar (Heraldo, 12 de Octubre de 1989, p.45). En realidad era un erudito ensayo dedicado al descubrimiento del verano, “en noticia que viene de Alicante. Efectivamente, el profesor Ricardo García Moya se ha ocupado del origen legendario de las barras...”. El escrito de Fatas ocupaba una plana y reconocía que el relato “correspondiente al caballero de Fernando III, que muy bien pudo ser copiado y corregido por Beuter, según, agudamente, propone el profesor García Moya” (Fatas, 1989)

Aparte de títulos y cargos, lo interesante es que eran, él y su colega, máximos especialistas en heráldica aragonesa, y de ello da fe el libro Heráldica de Aragón (Zaragoza,1988), escrito por ambos. Estos investigadores sabían de memoria los textos sobre heráldica y vexilología sobre las barras de sangre de todos los 'científicos', incluidos Xavier de Garma o Martín de Riquer (al que Fatas y Redondo aluden irónicamente, «Riquer y otros sabios catalanes» (Fatas: Heraldo de Aragón, 12 /11/ 1989, p.45). Ninguno de ellos, aunque conocieron el incunable de Mexía (Sevilla, 1492), profundizó sobre las circunstancias del atribulado Beuter en 1538, cuando tuvo que redactar y declamar el Sermó de la Conquista de forma amena y, según su estilo, salpicado de elementos fantásticos tomados y retocados de otras historias. Entre los volúmenes del inventario post-mortem de Beuter no se hallaba el incunable de Ferrando Mexía. El predicador se documentaba con libros prestados por sus amigos nobles, según declaraba en la Primera part de la Historia:

«del temps del Inclit rey Jaume fins als dies de hui; me aprofitat dels llibres de mossen Montaner senyor de Chilveila (Chirivella); y de mossen Pertusa»

El incunable de Ferrando Mexía que consulté —propiedad de un noble valenciano antes de ser donado a la Universidad de Valencia—, fue la inspiración del atribulado“reverent mestre Pere Antoni Beuter”, amigo juguetón de bellas feligresas. Una de ellas le proporcionó el hijo en aquel apasionante año de lujuria, invenciones y fastos de 1538.

 

Continúa...

Ricart G. Moya

Ricart Garcia Moya es Llicenciat en Belles Arts, historiador i Catedràtic d'Institut de Bachillerat en Alacant.