El “Cursus Honorum”

cursus

Recibe este nombre el conjunto de méritos y requisitos exigidos en su día a los candidatos a desempeñar las más altas magistraturas de Roma. Lo podemos traducir como la carrera de los honores: es decir, alegar el suficiente curriculum vitae que probase la capacidad e idoneidad del candidato para ejercer un determinado cargo político. Los romanos no se fiaban de cualquiera para encomendarle la gestión de los asuntos públicos de la Ciudad y del Imperio Romano. Quiero pensar que algunos de nuestros actuales políticos (por ejemplo, el alcalde de Cádiz, el popular “Quichi”, la agitadora Ada Colau, o Pablo Manuel Iglesias, quien además de su soberbia, de su odio y su resentimiento, en mi opinión irrefrenables, tampoco habría superado las exigencias del cursus honorum, dado que no se le conoce ningún mérito relevante ni como gestor, ni como intelectual. (El hallazgo del estado plurinacional lo copió de la tesis doctoral de su correligionario Errejón sobre el llamado estado plurinacional de Bolivia).

Además de buenos arquitectos, buenos ingenieros de caminos (comunicaron Hispania y todo el Imperio con excelentes calzadas, las autopistas de entonces), excelentes juristas (ahí tenemos el bien estructurado Derecho Romano cuyo estudio todavía sigue vigente en nuestras universidades) y excelentes militares (ellos organizaron aquella poderosa maquinaria de guerra que fueron las legiones), también se preocuparon por exigir a sus políticos que poseyeran las necesarias virtudes de honradez, preparación y capacidad de gestión para ocupar determinados cargos públicos. De aquí la necesidad del cursus honorum. De la misma manera que actualmente los empresarios exigen a sus directivos la adecuada preparación y experiencia para encomendarles funciones ejecutivas.

En el caso de Julio César, por ejemplo, antes de ser designado cónsul, tuvo que haber cumplido los 30 años como estipulaba el cursus honorum para ser designado cuestor de la Bética, (una variedad de auditores de las cuentas públicas). A su regreso a Roma ejerció la profesión de abogado y después fue nombrado edil -un cargo equivalente a los actuales concejales- encargado de la planificación urbana, o responsable de la organización de los juegos circenses y de las fiestas. El siguiente cargo a ocupar durante un año era el de pretor y presidente de los tribunales de Roma.

El cónsul ya era la más alta magistratura romana. Su magistratura duraba un año y se le exigía haber cumplido los cuarenta, una edad ya muy madura. Los cónsules eran los jefes supremos de las legiones, presidían los tribunales, las sesiones del senado y presentaban las leyes a los ciudadanos.

Como puede apreciarse el cursus honorum trataba de garantizar que todos los romanos que accediesen a los cargos públicos pudiesen desempeñarlos con solvencia. En comparación con los actuales sistemas de representación, en mi opinión creo que era más fiable. Podrá objetarse que la elección popular directa suple con creces el sistema electivo romano. De acuerdo, siempre y cuando el electorado pudiese elegir a los candidatos en un sistema de listas abiertas. Por supuesto, si en la actualidad a muchos diputados si les hubiesen exigido que acreditasen un cursus honorum, jamás se habrían encaramado en unas listas electorales abiertas.

En el plano provincial tenemos excelentes políticos que fueron elegidos por el sistema de sufragio universal y que carecían de aceptables “cursus honorum” que les respaldasen. Francisco González Chermá, “Quico Chales”, el primer alcalde democrático de la historia política de Castellón, autodidacta, era un simple comerciante de zapatos... José Ferrándiz Salvador fue otro político sin gran preparación intelectual, cuya memoria ha sido olvidada y que desarrolló una excelente labor en todos los cargos que desempeñó. Su recuerdo tiene un puesto de honor en el agradecimiento de los alumnos del antiguo Hogar “Sierra Espadán” que él dirigió;con gran acierto y mucho cariño hacia los niños acogidos en aquella meritoria institución de Auxilio Social.

Don José Ortega y Gasset, durante la segunda República, se quejaba con amargura de la ausencia de los mejores en la vida política. Hoy, en algunos casos, repetiría la misma queja con idéntica o mayor amargura. Conozco a muchas personas honradas y muy bien preparadas, de izquierdas o de derechas, que jamás se afiliarán a un partido político por el asco que les producen el encanallamiento de la vida pública. No quieren que sus familias se vean afectadas por sus problemas derivados de la gestión pública. Y por desgracia los ejemplos abundan. Políticos que en su vida privada son honestos e irreprochables, impecables, pero que no quieren verse envueltos en el torbellino del odio y del exterminio.