El pensamiento débil

Uno de los signos más representativos de la “postmodernidad”, de la que tanto se habla en distintos medios, es el de la decadencia de principios, valores e ideales en nuestro tiempo, y a la que un filósofo contemporáneo, G. Vattimo, definió acertadamente como el pensamiento débil. En contraposición al pensamiento fuerte, que tiene convicciones firmes y sólidas, que defiende la validez permanente de ciertos principios y que se proyecta en ideales éticos o sociales, el pensamiento débil renuncia a toda certeza que no sea la de lo tangible, es enemigo de metafísicas, y profesa un tranquilo escepticismo que a nadie obliga y a nada compromete. Es esta debilidad del pensamiento, precisamente, la que nos hace entender desde su misma raíz muchas manifestaciones desconcertantes de nuestro tiempo. Hoy la gente piensa muy poco y piensa mal —pero ¿quiere, realmente, pensar?— y cambia de ideas con la misma facilidad y prontitud con que cambia de vestido según la moda. Lo malo es que la decadencia no se la reconozca como tal decadencia, y que se quiera justificar este frívolo escepticismo como un progreso hacia la postmodernidad.

Por no se sabe bien qué clase de simbiosis, lo que los filósofos y políticos dicen en una determinada época tiene su reflejo en el hombre de la calle, y vice-versa, y así sucede en nuestros días. Cuando los jóvenes de hoy abominan de los “rollazos” y de la lectura, o cuando, en su petulante ignorancia, defienden el principio de que cada uno puede pensar como quiera y obrar como le viene en gana, no estamos en presencia de la típica inmadurez de juventud, sino del signo de una nueva cultura del pensamiento, de un pensamiento que no quiere profundizar en las cuestiones y las cosas para vivir la vida sin complicaciones, tal como ella se presenta. Y esta filosofía desenfadada tiene sus mentores intelectuales y políticos. Los mentores intelectuales o filósofos —G. Vattimo, G. Lipovetsky, M. Lyotard, entre otros— han hecho de la necesidad virtud, y tratan de justificar las bondades del vacío existencial de nuestra época en el propio vacío del pensamiento; y los políticos “progresistas”, por su parte, tienen en el pensamiento débil de la gente la mejor receptividad para conseguir sus objetivos de poder con la añagaza de leyes permisivas y populares, por funestas que ellas sean.

Como característico de la postmodernidad, el pensamiento débil representa el punto final de un ciclo cultural, la Edad Moderna, que se inició con el Renacimiento hace cinco siglos y que parece estar ya agotado: es la tesis del famoso libro “El fin de la historia“, de E Fukuyama. Independientemente de lo que los filósofos de la historia digan, lo cierto es que no existe, hoy por hoy, ninguna gran ideología, salvo el cristianismo, que presente principios sólidos, ideales de futuro y estímulos para la superación, tal como ocurrió a lo largo de la Edad Moderna. La caída del muro de Berlín en 1989 fue un hito histórico: el fracaso de la revolución comunista iba a significar el fin de las grandes ideologías seculares. Después de las ideologías del Renacimiento, que exaltó al hombre y todo lo humano; del Racionalismo, que confiaba superar los males de la humanidad mediante el poder de la razón; del Liberalismo, que hizo de la libertad cívica y política la gran lucha social; y del Comunismo, que proclamó la redención de los hombres como fruto final de la lucha revolucionaria, hemos comenzado una nueva época: la Época Postmoderna, cuyo único ideal es el bienestar material, con renuncia a ejercer ninguna clase de pensamiento crítico.

Ni convicciones, ni principios

El pensamiento débil, difundido hoy en amplias capas de nuestra sociedad, tiene por característica la ausencia de verdades firmes incluso en lo más importante para la vida humana, aquellas que siempre han sido consideradas como principios y valores fundamentales. Por primera vez en la historia, el hombre postmoderno carece de un sistema de convicciones, esto es, de un conjunto de certidumbres —en lo ético, en lo social, en lo cultural— que forman una totalidad coherente, una visión clara del mundo, y que le permiten una orientación más o menos segura de su vida. Ya no hay ni verdades absolutas ni certezas últimas: todo resulta opinable y discutible. Y lo peor de este nihilismo de principios —”antidogmatismo” se le llama falsamente — es presentarlo como una conquista irreversible de la libertad de pensamiento. En realidad, carecer de principios y convicciones fundamentales en la orientación de la conducta es carecer del sentido común ético. Cuando se defiende el aborto, la eutanasia o la libertad sexual, por ejemplo, no se está mostrando el buen espíritu de la tolerancia, sino una pérdida del sentido común, el mayor mal que puede padecer el pensamiento.

En la debilidad del pensamiento, por otra parte, se ha de ir a buscar la explicación principal de los rápidos y fáciles cambios que se han producido en nuestra sociedad en el ámbito de los valores y principios éticos, cambios que causarían asombro y estupor en cualquier sociólogo o historiador de hace pocas décadas. La sensibilidad hacia los valores éticos supone una cierta profundidad de pensamiento, que se ha perdido en la actual cultura de masas. Esta cultura “light” en la que estamos sumergidos, habla y discute de la ética con la misma superficialidad con que se habla de cuestiones de moda, de comercio o de costumbres, sin caer en la cuenta de que trivializar la ética es trivializar a la persona y despojarla de su valor absoluto. No hay que extrañarse de que al hombre postmoderno le resulte imposible asumir compromisos de por vida, ni en el matrimonio, ni en otros ámbitos de la ética: la fidelidad a unos compromisos, la coherencia con unos valores y principios, la entrega a un ideal, son incompatibles con el pensamiento superficial que sólo percibe la conveniencia y el interés inmediato. La amoralidad siempre es el reverso de la superficialidad.

El hundimiento de valores éticos fundamentales en la sociedad postmoderna, sobre todo en los que se refieren al significado de la sexualidad o al respeto a la vida y dignidad humanas, tiene mucho que ver con el falso enfoque de las cuestiones de la ética por parte del pensamiento utilitario y pragmático, que es un pensamiento decadente. Es una atrocidad valorar el comportamiento ético en términos de utilidad práctica, pero así se hace hoy normalmente. Esa mayoría social que defiende el derecho al aborto o a la eutanasia, por ejemplo, lo hacen guiados por una reflexión pragmática, no por una reflexión moral en sentido estricto: se los quiere permitir con la pregunta “¿por qué no?“, como si el bien y el mal éticos fuesen de la misma naturaleza que los bienes y males de carácter utilitario. Nuestro pensamiento está pervertido por la sociedad de consumo, y no nos damos cuenta de que la ética es cuestión de valores absolutos, no de conveniencias; de que el ordenamiento moral de la conducta, es cuestión de principios, no de consecuencias; y de que el pensamiento pragmático, por su propia lógica, lleva a la inevitable destrucción de toda la ética, inclusive la que ahora tenemos por intocable.

Pluralismo cultural: todo es respetable y todo es relativo

Es evidente que en esta profunda crisis del pensamiento tiene mucho que ver el contexto socio-político en el que estamos viviendo en estas últimas décadas, y sobre todo, el poder hegemónico que ejercen los medios de comunicación sobre las conciencias. El pluralismo —nos lo repiten hasta la saciedad— es considerado como el gran bien de las sociedades democráticas; y no sólo el pluralismo de opciones políticas, sino también el pluralismo cultural, con ideas, valores y concepciones de vida a veces radicalmente opuestas. En este contexto, resulta muy difícil mantener firme el pensamiento en determinados principios y valores, ni siquiera en los más fundamentales, porque todo, absolutamente todo, es opinable y, por tanto, respetable. Ya no existe la verdad que deba ser reconocida y admitida por el pensamiento en cualquier tiempo o circunstancia; existen sólo personas, con su ideas y opiniones, cuyo valor, democráticamente hablando, es idéntico. La verdad se ha “democratizado” y el consenso social y político tiene la última palabra: el oficio del pensamiento no es pensar, sino comprobar qué número de personas tienen una determinada opinión, cualquiera que ella sea, para sancionarla legalmente.

Si el pluralismo cultural puede destruir la seguridad de creencias porque introduce visiones del mundo distintas a la nuestra, no es menor el influjo negativo de los medios de comunicación en la formación de criterios, que es el fruto principal del pensamiento. Contrariamente a lo que se supone, no existe relación directa entre cantidad de información recibida y adquisición de cultura y de criterio, y prueba de ello es el fruto obtenido en medio siglo de información televisiva: la cantidad de información que se recibe es infinita, pero la formación que se recibe es más bien anti-formación, por el signo caótico de sus contenidos y mensajes. La diferencia de criterios éticos entre un ama de casa de hace cincuenta años, que no tenía televisión, y otra de nuestro tiempo, que se pasa horas ante la pantalla, son muy significativas: mientras que la de antaño rezumaba sentido común en sus apreciaciones y criterios, la formada en la televisión se ha vuelto “moderna”, y acepta tranquilamente todo lo que le echan o le dicen. ¿Qué criterios se puede formar la gente en esa “escuela”, donde todo es válido y el disparate tiene su escenario diario, y cómo preservar la claridad del pensamiento, donde todo es confusión?…

La palabra “escuela” aplicada a la televisión es, justamente, la adecuada, y nos hace comprender por qué nuestro pensamiento está debilitado. Desde hace siglos, los criterios y creencias venían trasmitidas a través de las instituciones que podríamos llamar “naturales”, como eran la familia, la escuela, la Universidad y la Iglesia; con ciertas diferencias, ellas garantizaban una línea de continuidad en los principios y valores fundamentales del hombre y de la sociedad. Pero esto se ha quebrado, tal vez irreversiblemente, con la revolución tecnológica de los medios. Hoy ya no son la familia, ni la escuela, ni la Iglesia, ni los intelectuales, los que marcan la pauta a seguir en el ejercicio del pensamiento y de las ideas; es la televisión, hogar dentro de los hogares, escuela de pequeños y de mayores, formadora de conciencias, y cátedra para toda clase de ideas, la que determina el pensar, el sentir y el actuar de la inmensa mayoría de la gente. La televisión nos causa un gran mal por su influencia negativa en las costumbres, por supuesto; pero nos causa otro mal muchísimo mayor al introducir la confusión y el caos en el propio pensamiento.

El subjetivismo destructor

Para los principales filósofos modernos de la historia (G.B.Vico, O.Spengler, A. Toynbee), el relativismo es el signo inequívoco de que una cultura está en su fase de decadencia. Así como en los individuos la falta de convicciones y creencias lleva a la depresión, así también una sociedad en la que impera el subjetivismo en la visión de las cosas está dando muestras inequívocas de que está hondamente enferma. En efecto, la falta de ilusiones colectivas en nuestra sociedad, la valoración exclusivamente pragmática y utilitaria de las cosas, el individualismo narcisista, la proliferación infinita de tantos y tantos egoísmos, ¿qué otra cosa indican sino una derrota del pensamiento, que se ha vuelto incapaz para cualquier profunda reflexión de las cosas, salvo para la propia conveniencia?. Del pensamiento sano y fuerte, que cree en las grandes verdades, surgen horizontes de ilusión y de compromiso; del pensamiento enfermo y débil, encerrado en sí mismo y en sus propias ideas, sólo puede salir una visión del mundo pequeña y egoísta. El idealismo pertenece ya a un pasado que recordamos con nostalgia, porque hoy, por desgracia, cada uno piensa en lo suyo.

A parte de ser signo de decadencia, el pensamiento subjetivista que hoy se impone por doquier es la causa principal del caos y de la anarquía que estamos padeciendo en todos los órdenes, pero muy particularmente en el tema crucial de la educación, tanto en el ámbito de la familia como en el de la escuela. La transmisión de principios y valores, objetivo fundamental de la tarea educativa, se vuelve misión imposible cuando, por la mentalidad relativista que hoy impera, no se adoctrina o no se puede adoctrinar en la verdad y el bien objetivos. ¿Cómo realizar una verdadera educación del alma y del pensamiento si todo, absolutamente todo, es opinable y discutible?. El hijo que se rebela contra sus padres tildándoles de “anticuados” y reivindicando su derecho a pensar como quiera, o el alumno que pierde el respeto hacia sus profesores despreciando su enseñanza y rebajándolos a su propio nivel, son todo un signo de la enfermedad que afecta a nuestra cultura: su paulatina desarticulación por la anarquía reinante en el pensamiento. A falta de principios y valores que enseñar, en este caos de ideas que estamos viviendo sólo se nos enseña a ser permisivos y tolerantes.

Lo peor del subjetivismo, sin embargo, radica en su poder destructor de los principios y valores éticos. Por su propia esencia, la ética supone unos principios universales, absolutos e inmutables, y queda destruida desde su misma base cuando queremos hacer depender el bien y el mal de nuestro particular sentir. Y es esta la actitud generalizada en nuestra sociedad postmoderna: cada uno quiere tener tiene “su” propia verdad, “sus” propios principios, “su” propia ética, sin caer en la cuenta de que es este, precisamente este, el principio perverso de nuestros profundos males. Porque el subjetivismo abre la puerta de par en par a cualquier posible aberración por simple consecuencia lógica: si no existen una verdad y un bien objetivos, todo es posible y todo puede ser permitido y jurídicamente reconocido. Las mismas “razones” que se esgrimen para lo uno, pueden ser esgrimidas para lo otro. Sin principios firmes en los que apoyarse, para el pensamiento débil todo puede ser permitido.

Isaac Riera

Isaac Riera Fernández es sacerdote Misionero del Sagrado Corazón, licenciado en filosofía por la Univ. Gregoriana de Roma, doctor en filosofía por la Univ. de Valencia y escritor.