Felipe V, un buen rey denostado por el victimismo separatista actual

tratado senyera

Tal día como hoy en 1683 nace Felipe V, el primer borbón español.

Mi esperanza de ver alguna vez una España unida, donde todos los españoles, de verdad seamos iguales  y nos rijamos por las mismas leyes, sin las desigualdades que genera el carísimo  Estado de las Autonomías, hace que este Rey, que terminó con la caótica España de los fueros y que hoy manipulan a su conveniencia las aspiraciones nacionalistas, que surgen por todos los territorios españoles, me resulte positivo para la historia de España, y todo ello a pesar de la sangre derramada en la guerra de Sucesión, de la que no fue responsable, ya que el verdadero heredero del Reino de España era él, por así haberlo deseado en testamento el fallecido Carlos II.

Curiosamente, también de forma interesada, los hay que marcan el nacimiento de España en su reinado, pretendiendo unas independencias territoriales que jamás existieron, ya que los Austrias eran, se quiera o no Reyes de España. De una España Foral, con leyes propias en cada territorio foral, pero con un Reino único, unas finanzas de la Corona a la que contribuían todos los territorios y un ejército único.

El 19 de diciembre de 1683 nacía en Versalles Felipe de Anjou, el que habría de instaurar en España la dinastía de los Borbones. Segundo hijo del gran delfín de Francia y nieto de Luis XIV, Felipe llegó a España con la legalidad que le proporcionaba el testamento de Carlos II, que falleció sin descendencia y que conocedor de los planes  de partición de su reino que pretendían las grandes potencias europeas, nombró a su sobrino-nieto Felipe, con la esperanza de que Luis XIV de Francia evitara la división de su imperio, al ser rey de España su propio nieto.

Esta decisión de Carlos II frustró los acuerdos alcanzados por las grandes potencias que deseaban una herencia dividiendo los territorios españoles, para mantener el equilibrio en Europa, por lo que al margen de España, se había firmado en la Haya en 1698 un Primer Tratado de Partición de España, que adjudicaba el trono a José Fernando de Baviera, con todos los reinos peninsulares —salvo Guipúzcoa—, así como Cerdeña, los Países Bajos españoles y todos los territorios americanos, por su parte Francia se quedaría con Guipúzcoa, Nápoles y Sicilia, mientras que Austria se quedaría con el Milanesado. Este primer Acuerdo quedó truncado por la muerte de José Fernando  en 1699 por lo que se negoció un nuevo Tratado de Partición, también a espaldas de España, en 1700, proporcionando  la Corona al Archiduque Carlos, biznieto a su vez de Felipe III de España, asignándole todos los reinos peninsulares, los Países Bajos españoles y las Indias; por contra Nápoles, Sicilia y Toscana serían para el Delfín de Francia, mientras que el emperador Leopoldo, duque de Lorena, recibiría el Milanesado a cambio de ceder Lorena y Bar al Delfín de Francia. Poco después, el 1 de noviembre de 1700, moría Carlos II y Felipe de Borbón, duque de Anjou, aceptaba la Corona el 16 de noviembre, estallando la Guerra de Sucesión, porque las grandes potencias querían hacer valer el segundo tratado de partición, formando Inglaterra, Holanda, Austria, Saboya y Portugal. la Gran Alianza, en favor del Archiduque Carlos.

 Felipe V fue bien recibido por todos sus súbditos. Incluso en su visita a  Cataluña el 24 de septiembre de  1701, donde no recibían la visita del Rey de España desde la visita de  Felipe IV en 1632 y una mala relación que incluía la revuelta dels segadors. La visita tan esperada llegó  apenas iniciado el reinado, y no fue breve ni pasajera, pues el monarca residió en Cataluña medio año y en ese tiempo hubo muchos signos positivos, que parecían abrir caminos de esperanza. Especialmente los brillantes festejos, los baños de multitudes del Rey por Barcelona, la jura real de todas las libertades y privilegios de la Ciudad y la jura de la Constitución de Cataluña mientras que el Consell le juraba fidelidad y le rendían homenaje como su rey y señor. Se abrieron las Cortes después de mucho tiempo y se cerraron con acuerdos satisfactorios. También se celebraron en Barcelona los festejos de la Boda Real. Todo parecía augurar unas buenas relaciones entre la Corona y Cataluña, pero estalló la guerra y los catalanes al igual que Aragón y Valencia tomaron partido por el Archiduque Carlos.

La Guerra de Sucesión era un conflicto internacional, pero también un conflicto civil, pues mientras la Corona de Castilla y Navarra se mantenían fieles al candidato borbónico, la mayor parte de la Corona de Aragón prestó su apoyo al candidato austriaco. Felipe defendió su corona con valor, batiéndose en primera línea, tanto en el frente italiano como en el español, lo que le valió el sobrenombre de «El Animoso». El Rey ganaba terreno en España, que tras la victoria de Almansa (1707) obtuvieron el control sobre Aragón y Valencia y en 1714 logró tomar Barcelona, mientras su abuelo resistía como podía en el frente europeo. La suerte cambió cuando el archiduque Carlos recibió el Imperio de José I de Austria y se convirtió en la nueva potencia desequilibrante. Las potencias europeas, temerosas ahora del excesivo poder de los Habsburgo, retiraron sus tropas y firmaron ese mismo año el Tratado de Utrecht, en el que España perdía sus posesiones en Europa y conservaba los territorios metropolitanos (a excepción Gibraltar y Menorca, que pasaron a Gran Bretaña) y de ultramar. No obstante, Felipe fue reconocido como legítimo rey de España por todos los países. En el interior, el Rey sea como ajuste de cuentas con las regiones rebeldes, o por imitar el modelo absolutista francés, abolió los fueros mediante el Decreto de Nueva Planta.

Felipe V, a pesar de sus depresiones, supo rodearse de buenos ministros entre los que destacó, por su programa de gobierno interior y por su acción diplomática, José Patiño. Durante su largo reinado consiguió cierta reconstrucción interior en lo que respecta a la Hacienda, al Ejército y a la Armada. Su logro fundamental, no obstante, fue el de la centralización y unificación administrativa y la creación de un Estado moderno, sin las dificultades que suponían los reinos históricos de la Corona de Aragón, incorporados al sistema fiscal y con sus fueros y derecho público abolidos con la aplicación de los Decretos de Nueva Planta. Se gobernó España desde Madrid, solo las Provincias Vascongadas y Navarra, así como el Valle de Arán, conservaron sus fueros e instituciones forales tradicionales por su demostrada fidelidad al nuevo rey durante la Guerra de Sucesión Española. Así, el Estado se organizó en provincias gobernadas por un Capitán General y una audiencia, que se encargaron de la administración con total lealtad al gobierno de Madrid. Además, para la administración económica y financiera se establecieron las Intendencias provinciales, siguiendo el modelo francés, lo que conllevó la aparición de la figura de los intendentes. Para el gobierno central se crearon las secretarías de Estado, antecesoras de los actuales ministerios,

Felipe quedó viudo de su primera mujer, María Luisa de Saboya, y contrajo matrimonio con Isabel de Farnesio, mujer codiciosa y dominante que impulsó una política agresiva dirigida a recuperar las posesiones italianas, con el único objetivo de sumar legado para sus hijos. A Felipe V se le atribuye un carácter débil, depresivo y atribulado por dos obsesiones, el deseo sexual y la culpa. Así que Isabel, sin ser demasiado lista ni demasiado bonita, supo gobernar la voluntad del marido desde la alcoba al despacho.

Obsesionado por la culpa de verse imposibilitado para reinar, Felipe abdicó en su hijo Luis, aunque siete meses después tenía que regresar al trono, al morir éste de viruela. En su segunda etapa emprendería una política reformista y modernizadora, de la mano de José Patiño, aunque también vería acrecentarse su desequilibrio mental. Sus últimos años los pasó entre profundas depresiones, accesos violentos y repentinos cambios de humor, ofuscado por un temperamento bipolar que lo incapacitaba para reinar.