La muerte de la verdad

Como ocurre con las grandes palabras que se invocan cada día en nuestro mundo, la verdad es destruida por los mismos que dicen defenderla, no conscientemente, sino por los muchos prejuicios y pasiones que condicionan la visión real y objetiva de las cosas. Es humano equivocarse y caer en el error, y este es el mal que está en la base de todos los demás males morales que padecemos, porque ningún bien puede hacerse si no es en la verdad y con la verdad. El mal de las equivocaciones lo vemos cada día en las relaciones de las personas, pero los atentados más graves a la verdad se producen en las ideas y opiniones que circulan en el ámbito público, como son los medios de comunicación, los movimientos sociales y culturales, o la política; es aquí, en lo que podemos llamar “el mundo”, donde se produce la muerte de la verdad a escala planetaria y cuyas consecuencias afectan muy directamente a la vida de los individuos. Los enemigos de la verdad que actúan en el mundo son muchos y se pueden identificar con estas características:

LAS IDEOLOGÍAS, QUE CONDICIONAN LA VISIÓN REAL DE LA VIDA

Aunque se reconozca la libertad de pensamiento, en la opinión pública actúan poderosamente las ideologías, que son “filosofías políticas popularizadas, simplificadas, generalizadas, dramatizadas, sacralizadas y desrealizadas” (G. Fernández de la Mora). Son ideologías, por ejemplo, el comunismo, que divide a la sociedad en la clase de los explotadores y explotados, sin tener en cuenta más factores que los económicos; el feminismo, que tiende a ver en todas las manifestaciones naturales y culturales signos de discriminación de la mujer; o el ecologismo, cuya obsesión por la pura naturaleza le lleva a oponerse a toda actividad industrial humana. En lugar de describir la realidad ateniéndose a los hechos, las ideologías la “interpretan” según determinados principios, y esta es la razón de su sesgada visión de las cosas.

LA POLITIZACIÓN DE LAS IDEAS, QUE CONDUCE AL PARTIDISMO

Estrechamente unida a las ideologías, otra de las causas de la muerte de la verdad en nuestra sociedad es la politización del pensamiento, uno de los males más extendidos de muchas democracias. En nuestro tiempo, la política no está limitada a su ámbito propio y específico, sino que tiende a invadir todos los campos, haciendo que muchas cuestiones, que nada tienen que ver con la política, se presenten en términos partidistas de “conservadurismo y reacción”, por una parte, y “progresismo y liberación”, por la otra. De hecho, los políticos que quieren destruir la familia, la vida moral o la religión, no acuden a razones para convencer, sino a calificativos de insulto político para intimidar; y consiguen así sus propósitos. Se olvida que la verdad, el derecho y el bien no tienen color político, y se comete un gran fraude a la honestidad del pensamiento cuando se toma ese camino.

LA DEMAGOGIA POPULISTA, QUE MANIPULA LAS MENTES

Una tercera forma de estrategia política es la demagogia populista, muy propia de los regímenes totalitarios o para-totalitarios. La demagogia consiste en manipular los sentimientos más primarios de la plebe para hacerla instrumento de un determinado interés ideológico o político, ya sea prometiendo lo que no se puede cumplir, ya sea incitando odios o beligerancias contra el adversario político. Buscando sólo el poder; su discurso no se dirige a la inteligencia, sino a las pasiones elementales que simplifican abusivamente las cosas; no emplean argumentos ni análisis críticos, sino los grandes tópicos de justicia, de libertad y de igualdad que sólo existen en la imaginación calenturienta; y sus adeptos no es la gente culta y entendida, sino la plebe, caldo de cultivo de la ignorancia. A pesar de todos los adelantos en el conocimiento de lo humano, encontramos la demagogia tanto en las sociedades atrasadas, como en las más avanzadas.

EL SENTIMENTALISMO TÓXICO, QUE IMPIDE EL ANÁLISIS RACIONAL DE LAS COSAS

El culto a los sentimientos disminuye la capacidad de pensar, o incluso la conciencia de que hay que pensar: es lo que está ocurriendo en nuestra sociedad y que es uno de los factores principales de la muerte de la verdad. Muchas e importantes cuestiones políticas y humanas se imponen en la opinión pública, no por argumentos racionales, sino manipulando el sentimiento de la gente mediante los poderosos medios de comunicación social. Así sucede con el aborto, que se presenta como un derecho de las pobres y sufridas mujeres; con la eutanasia, que se presenta como un medio para evitar sufrimientos inútiles; con la educación permisiva y liberal, que no quiere forzar la sensibilidad del niño; con la ideología de género, que presenta siempre a las mujeres como víctimas, etc. Ejemplos de este sentimentalismo tóxico abundan por doquier; y siempre se impone a la consideración racional de las cosas.

LA FUERZA DEL NÚMERO, QUE SE IMPONE A LA FUERZA DE LA RAZÓN

El principio fundamental de las democracias políticas -las mayorías tienen el derecho a gobernar, simplemente porque el número de votantes es mayor- se ha vuelto el principio fundamental para determinar la verdad; o en otras palabras: la verdad en las cosas humanas no existe por sí misma, sino que depende del apoyo social que tenga. Así queda justificado el derecho al divorcio, al aborto, a la eutanasia, o a cualquier otro asunto humano que se ponga en cuestión. Tan hondamente ha calado este falso principio democrático, que para muchísima gente es moral todo lo que está permitido por la ley civil, aunque no lo permita la ley moral de la razón. Se olvida que pueden imponerse terribles inmoralidades, “matar a los más débiles, por ejemplo”, con la ley democrática en la mano, porque como dice S. Agustín “las razones no se enumeran, sino que se ponderan”. Una falsedad puede tener millones de partidarios y continúa siendo falsedad.

LAS OPINIONES MASIFICADAS, QUE IMPIDEN PENSAR

Para la autenticidad de lo humano, la masificación siempre es un peligro del que se debe huir, pero el peligro se convierte en un mal real en los temas de opinión sobre lo humano. La gran masa es propensa a las reacciones emotivas y a las pasiones primarias, pero es incapaz de pensar. Y esto lo saben muy bien los políticos demagogos para conseguir de ella sus propósitos. Como dice J. Marías, “en una sociedad donde todos piensan lo mismo, es el mejor indicio de que nadie piensa”. La libertad de pensamiento, garantizada por las democracias, no significa necesariamente que la gente tenga opiniones con independencia y autonomía; la experiencia nos muestra más bien lo contrario, porque el poder de los medios de comunicación es tan inmenso y determinante, que moldean el sentir social a su antojo. En nuestra sociedad, el individuo puede ejercer la libertad de costumbres, ciertamente, pero le es muy difícil ser verdaderamente libre en su pensamiento.

LOS PREJUICIOS, QUE BLOQUEAN LA MENTE

En muchas cuestiones de carácter humano, “históricas, políticas o religiosas, por ejemplo”, es difícil encontrar la disposición mental necesaria para un juicio objetivo sobre ellas; lo más frecuente es que se tengan prejuicios inveterados, imposible de desarraigar, y que son grandes enemigos de la verdad. Una institución que es juzgada con grandes prejuicios, por ejemplo, es la Iglesia Católica, que para mucha gente de ideología izquierdista es depositaria de todo lo negativo- oscurantismo, conservadurismo, espíritu inquisitorial, etc. Algo parecido ocurre con la historia de España -¿será por su trayectoria católica?- , objeto de una “leyenda negra” que todavía persiste. El mal del prejuicio consiste en bloquear la mente al impedir que se estudien y analicen con neutralidad las cuestiones, porque previamente se toma una determinada postura alimentada por ciertas pasiones; y ya lo sabemos: el mayor enemigo de la verdad es la pasión.

LA IGNORANCIA ATREVIDA, QUE NOS HACE ESTÚPIDOS

Una de las grandes contradicciones de la época de la comunicación, que es la nuestra, es disponer de una información potencialmente infinita sobre toda clase de cuestiones, pero que no se traduce en un progreso de conocimientos en las ciencias humanas; más bien lo contrario: la ignorancia en este campo es inconmensurable. Pero es una ignorancia atrevida, sin ninguna clase de complejos, que opina y da veredictos sobre lo divino y lo humano, aún cuando no haya abierto ni un solo libro para documentar mínimamente su opinión. Ya a principios del pasado siglo, Ortega y Gasset, en su ensayo “La rebelión de las masas”, anunció el advenimiento y protagonismo social de esta barbarie masiva, que en nuestro tiempo lo está invadiendo todo. Pero una cosa es la simple ignorancia, que es consciente de su falta de conocimiento, y otra muy distinta es la ignorancia atrevida y arrogante, que no admite su limitación, y que tiene un nombre: estupidez.

EL ODIO, QUE NOS VUELVE CIEGOS

Todas las pasiones, cualesquiera que ellas sean, condicionan la mente en su percepción de las cosas, pero es el odio la pasión anti-verdad por excelencia, ya que nos vuelve obsesivamente aferrados a ver el mal en lo que odiamos y absolutamente ciegos para reconocerle algo bueno; para el que odia, todo es sombra sin nada de luz. Es el ejemplo más claro de cómo la verdad, en la mayoría de los casos, no es un problema de la mente, sino un problema ético, de actitud desordenada que debería corregirse. Y el odio no sólo se enciende hacia las personas, sino también hacia las instituciones, las culturas y los pueblos. El odio al pueblo judío por parte del nazismo en la segunda guerra mundial es un ejemplo monstruoso de ello, pero hay más ejemplos en nuestro tiempo, como el odio del islamismo radical hacia la cultura de occidente, o el odio hacia el catolicismo por parte de cierta intelectualidad que se dice progresista y que tiene gran influencia política.

EL RADICALISMO, QUE SIMPLIFICA LOS PROBLEMAS

Todos los problemas humanos, por su propia naturaleza, son complejos, con distintas y a menudo contradictorias facetas en su realidad; del hombre se puede decir que es bueno y es malo, egoísta y desprendido, sociable e individualista, etc. La realidad humana es poliédrica, con muchas caras que hay que tener en cuenta; cuando se afirma solamente una sin tener en cuenta todas las demás, se cae irremisiblemente en el error. Esta elemental consideración se olvida continuamente en todas las doctrinas o ideologías radicales que se dan en nuestro mundo y que simplifican las cosas en orden a captar adeptos, pues la propaganda tiene su eficacia en la simplicidad de su mensaje. El radicalismo político, que ha resurgido en nuestra sociedad, es un radicalismo ideológico, y por tanto se aleja de la verdad; ese orden justo e igualitario que predica es pura utopía condenada al fracaso, como ya se ha demostrado con la utopía marxista.

EL SUBJETIVISMO, QUE TODO LO RELATIVIZA

La verdad, por supuesto, tiene muchos y variados enemigos que pueden destruirla, pero en nuestras sociedades democráticas la causa principal de su muerte es el subjetivismo de ideas y de criterios, que hace imposible mantener principios y valores firmes para la orientación de la existencia. La libertad de pensamiento, que es un bien, ha degenerado en la destrucción de muchos principios fundamentales de la ética humana, que es un gran mal. Tan extendida y profunda es esta destrucción, que una gran parte de nuestra sociedad reduce la ética al ámbito social y económico, dejando todos los demás ámbitos al criterio subjetivo de cada persona. Y esto, claro está, nos está llevando al nihilismo. Si la verdad objetiva no existe y todo depende del pensamiento subjetivo de cada uno, estas son las consecuencias: tampoco existen el bien y el mal objetivos, la educación no puede trasmitir valores firmes, y el mundo humano se vuelve un caos.

Isaac Riera

Isaac Riera Fernández es sacerdote Misionero del Sagrado Corazón, licenciado en filosofía por la Univ. Gregoriana de Roma, doctor en filosofía por la Univ. de Valencia y escritor.