La politización de la cultura

Uno de los fenómenos más típicos de nuestra época lo constituye, sin duda, la invasión de la política en todas las manifestaciones de la cultura. El hecho, por universalizado que está, no deja ser una extraña confusión; porque la política ya no se limita a su campo específico —esto es, a lo propiamente político, a lo social, a lo económico— sino que se erige en criterio de verdad y de error, de bien y de mal para toda clase de ideas. Esto explica que la contestación actual a la cultura sea tan radical y virulenta. En efecto, lo propio de la política es el espíritu partidista y las alternativas radicales. Cuando se lleva a terrenos que no son suyos, nada extraño es que las fobias políticas impidan el ejercicio neutral de la razón. Esta deja de ser equilibrada, condición indispensable para hallar la siempre difícil verdad, y se torna esclava sumisa del ideal político.

El fenómeno de la politización de la cultura es extremadamente grave porque equivale a la corrupción del pensamiento. Se debe hablar, en efecto, de auténtica corrupción mental, cuando, como ocurre en las obsesiones maníacas, la razón se ve condicionada en el ejercicio de su gran oficio de hallar de verdad, esté donde esté y sea del signo que sea. El primer indicio de este deterioro de la razón es la ridícula simplificación de que da muestras esa crítica cultural. La verdad, por suerte o por desgracia, suele ser demasiado compleja como para ser resuelta en un solo criterio. Pero es esto lo que hace gran parte de nuestra intelectualidad de nuestros publicistas. Las mismas fórmulas estereotipadas y manidas —siempre con trasfondo político— son empleadas a hora y a deshora, en esta y en el otro asunto, en eterna cantinela acusatoria. El lector o el oyente no pueden librarse de la impresión de agobiante y obsesiva monotonía. En la práctica, nos basta saber el criterio político de una publicación para ahorrarnos sus lecturas; sabemos de ente mano y al dedillo qué juicios saldrán a relucir. El partidismo político es causa que hoy día apenas se juzga, sino que se acusa, cayendo en otra forma de corrupción mental peor que la anterior: el dualismo maniqueo. Las ideas quedan inexorablemente divididas en “derechas” e “izquierdas” en un juicio valorativo global y apasionado, sin atender a su contenido objetivo. Porque la crítica maniquea ya no está interesada en buscar la verdad, sino en descubrir “posturas”. La ausencia de verdaderas razones queda compensada por la superabundancia de calificaciones acusatorias -“reaccionario” o burgués” son las más frecuentes-, y la crítica se ve rebajada al infamante ejercicio de poner etiquetas. El resultado de todo ello es la confusión demagógica de las ideas. Las cosas se distorsionan y se desfiguran con una evidente finalidad de propaganda política. Y así, el “intelectual” renuncia a su noble oficio -distinguir, matizar, profundizar- para convertirse en luchador apasionado de la causa.

La politización de la cultura no ha surgido, como muchos creen, por el gran desarrollo de la actividad política en las sociedades democráticas. Ha habido sociedades y épocas muy politizadas que, sin embargo, no han caído en ese error funesto. El fenómeno que consideramos es de época reciente, y se basa en determinadas doctrinas filosóficas sobre el origen y significado de la cultura, que vamos a exponer brevemente.

 

¿VERDAD O “IDEOLOGÍA”?

La principal doctrina que fundamenta la politización actual de la cultura es el dogma marxista de la relación entre “bases” y “superestructuras”. Las consecuencias de esta célebre distinción han sido tremendamente deletéreas para el pensamiento actual. Para Marx, todas las ideas y valores, con sus correspondientes instituciones, son simple reflejo de una determinada situación social y económica. Más en concreto, los intereses de la clase dominante y burguesa se subliman en ideas que son el más firme baluarte de la injusta situación establecida. Tenemos ya, en esta sencilla tesis, el fundamento filosófico necesario para una interpretación política de toda la cultura. La actividad del pensamiento, del espíritu -sea en filosofía, derecho, moral o religión- no goza en absoluto de independencia y autonomía en su propio campo, como si estuviera orientada a una verdad objetiva. Por el contrario, es una actividad esencialmente condicionada. No hay, en consecuencia, ninguna doctrina acerca de la vida que sea neutral y objetiva, sino que todas ellas están secretamente inspiradas en un interés social de clase. La cultura, en otras palabras, es un mero trasunto de lo social.

Se comprende así que los marxistas sustituyen el concepto de “verdad” por el de “ideología”, esto es, una concepción del mundo, que es siempre dependiente y relativa, a la situación social dada. Ahora bien, lo propio de las ideologías es ocultar y desfigurar la auténtica realidad del hombre que dice servir. Y es justamente este ocultamiento y esta falsa conciencia lo que justifica y hace necesaria la crítica, y crítica política, porque ese es el trasfondo originario de todas las supuestas manifestaciones del espíritu. Y es claro que, a la hora de juzgar, el intelectual ha de adoptar un decidido espíritu partidista. No hay lugar para la imparcialidad. Porque las clases en decadencia —la burguesía- piensan mal, y la clase en ascenso —la proletaria- piensa correctamente. La crítica ha de decantarse, por consiguiente, por la revolución global de lo establecido, a sabiendas de que el sentido de la historia humana será una nueva conciencia y una nueva cultura, como corresponde a una nueva sociedad sin clases.

 

LA IMPORTANCIA DE LAS IDEAS

Independientemente de esta doctrina marxista, atacar la cultura es un requisito indispensable para hacer factible la renovación radical de la sociedad, que es el fin de muchas políticas de izquierda. En teoría, parece posible llevar a cabo una revolución social y económica sin tener que pasar por una revolución de la cultura, dado que se ofrecen como dos dimensiones diferentes. Pero esto es sólo en apariencia. La verdad es que no puede hacerse una revolución radical de la sociedad sin antes hacer una previa revolución de las conciencias. En efecto, cuando se quiere un modelo de sociedad igualitaria, el obstáculo principal no es sólo de carácter económico; es, ante todo, un obstáculo que proviene del mundo de los principios y valores. El hombre “conservador” es conservador en ideas más que en intereses económicos, que muchas veces no existen. Así se explica que, en las democracias, la sociedad de clases venga defendida, no sólo por los económicamente pudientes —que constituyen siempre una exigua minoría-, sino por la gran masa de una clase media aferrada sentimentalmente a una determinada concepción de vida. El hombre conservador adivina, como por instinto, que está en juego algo más que la mera revolución económica. Y no yerra en esta apreciación. Porque en la vida no hay comportamientos estancos: una dimensión depende de otra y todo se interfiere. ¿Cómo lograr una sociedad igualitaria sin antes convencer a la gente, mediante un cambio de mentalidad, de lo que es la sociedad, el hambre, la colectividad, el Estado o el derecho?. La estrictamente social y política.

Lo que decimos es todavía más válido en las políticas “doctrinarias”, esto es, en las que explícitamente propugnan un nuevo hombre y una nueva sociedad según una determinada filosofía. Es evidente que, para este propósito, lo más importante es conseguir una nueva cultura, habida cuenta de que el hombre se constituye primordialmente por las ideas y valores que dan sentido a su vida. Y es este el verdadero trasfondo de la cuestión, que la gran mayoría ignora. Porque la politización de la cultura es, no cabe duda, una táctica inteligente para conseguir ese objeto, cuando a todos los problemas y cuestiones se les da una versión social, se tiene garantizada la buena acogida por parte de la gente que no está capacitada para hacer distinciones. La confusión ha sido siempre la principal arma de las demagogias.

 

EL SUEÑO ARMA DE LA LIBERTAD

Si intentásemos resumir todos los ataques que hoy día se dirigen al sistema de valores establecidos, sería una labor bien fácil: la rebelión moral gira en torno a una supuesta “alineación” humana causada por leyes represivas y a una necesaria “liberación” de tales represiones. Se pretende el derecho a la espontaneidad natural de todo lo humano. Esta ansia de liberación moral no es algo nuevo ni especifico de nuestra época, puesto que se ha dado en todos los tiempos. Lo que sí es nuevo es el enfoque político que se da a la protesta. Vemos, por ejemplo, que los movimientos actuales de rebelión moral -tales como el movimiento “gay”, el abortista, etc.- toman el aspecto de reivindicación política, y siempre tienen tras sí el apoyo de alguna bandera política de izquierda.

Es evidente que este movimiento reivindicatorio opera aprovechándose de la fuerza y del poder de convocatoria de que goza la palabra “libertad” para nuestros contemporáneos, sin pararse a hacer distinciones. Porque la libertad es un concepto que se presta a lamentables confusiones y, por ello mismo, extraordinariamente apto para la demagogia; llevar las cuestiones morales al terreno de lo político cae de lleno en lo que decimos. La moral, por su propia esencia, afecta a la esfera íntima de la persona como ser racional y, en cuanto tal, escapa a las competencias de la política. Es la misma razón humana la que se impone a sí misma a la ley y las necesarias inhibiciones morales, no los decretos del Estado. En este sentido, las así llamadas “represiones” de la espontaneidad definen la moralidad misma, porque no cabe hablar de moralidad más que allí donde el impulso se somete a los imperativos de la razón. Ahora bien, el Estado tiene derecho a intervenir, no en la esfera privada de la moral, pero sí en sus manifestaciones públicas porque ello afecta al bien común de los ciudadanos. En todo caso, el Estado defiende la moral, no la inventa ni la establece. Esta elemental precisión es olvidada sistemáticamente al socaire de la confusión que hoy reina por doquier.

También el movimiento de rebelión moral tiene tras sí, apoyándole, un grupo de filósofos bien determinado. Es la llamada “Escuela de Frankfurt” (Marcuse, Reich, Fromm, etc.), que compaginan a Freud y a Marx para hacer de la liberación moral una cuestión política. La moral íntima no es más que “represión” de la espontaneidad, sin que venga exigida por la razón (tesis de Freud); pero, lejos de ser algo inevitable para la subsistencia de la misma sociedad —tal como mantenía Freud en su obra “El malestar de la cultura”—, es, por el contrario, una forma de represión capitalista para defender sus intereses de clase (tesis de Marx). Una vez más, los teóricos de la filosofía son los mentores de los movimientos de masa, aunque la masa los ignora.

 

RECUPERAR LA RAZÓN

A la luz de lo expuesto, podemos concluir que hay una necesidad bien clara para el hombre de hoy que intenta juzgar con honestidad las cosas: purificar de prejuicios su propio pensamiento. Descartes, el filósofo del racionalismo, decía que el error procede más bien del apasionamiento de la voluntad que de las deficiencias de la misma razón; por eso ponía particular empeño en garantizar el limpio ejercicio de ella. Esta advertencia resulta hoy más actual que nunca. Porque se trata, no de denunciar o condenar determinadas doctrinas políticas, sino, simplemente, recuperar la independencia del juicio o del pensamiento. Nada más que eso. A los acusadores del “hombre unidimensional” o de la “alineación económica” les podíamos retorcer el argumento; ellos mismos, por su obsesión política, nos quieren ofrecer un pensamiento también “unidimensional” y “alineado”. La misión del intelectual, como nos recuerda Ortega, es opuesta a la del político. Porque el intelectual intenta clarificar las cosas mediante una debida distinción de campos y de competencias. Y el político, por el contrario, intenta confundirlas porque, más que interesado en la verdad, está interesado en el triunfo político de la propia causa.

Pero la politización de la cultura nos lleva a una conclusión todavía más grave, contra la cual debemos rebelarnos. Y es ella la negación del espíritu y de todas sus genuinas manifestaciones. La política atiende al aspecto más superficial de lo humano, a su conducta más externa. Pero nada puede decir acerca de los problemas más serios y radicales del hombre. Menos aún puede solucionarlos. Cuando se intenta lo uno y lo otro, o bien no se toma en serio el complejísimo drama humano, o bien se le reduce a una pobre dimensión. En este sentido, cabe decir que el marxismo es anti humanista tanto por su politicismo integral, como por su materialismo en la concepción de la vida. No nos resistimos a citar un largo párrafo de Ortega y Gasset, porque ilustra perfectamente lo que intentamos deciros: “El politicismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política, es una y misma cosa con el fenómeno de rebelión de las masas que aquí se describe. La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorbitada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la “sagasse” —en fin, a las únicas cosas que por su substancia son aptas para ocupar el centro de la mente humana—; la política vacía al hombre de soledad e intimidad, y por eso es la predicación del politicismo integral una de las técnicas que se usan para socializarlo” (La rebelión de las masas).

Isaac Riera

Isaac Riera Fernández es sacerdote Misionero del Sagrado Corazón, licenciado en filosofía por la Univ. Gregoriana de Roma, doctor en filosofía por la Univ. de Valencia y escritor.