Lourdes, orgullo español

Hay títulos que se escriben para atraer al lector. Esa es la intención de éste, con permiso de nuestros amigos franceses, a los que también anticipo si se ven atraídos por el título, que no tengo ningún ánimo de contrariarles ni de pensar que no deben sentirse orgullosos de sus logros patrios, que los tienen, y muchos, y envidiables.

Pero en una sociedad como la española, más que autocrítica, autodestructiva, necesitamos exponer ejemplos palpables, corrientes, a la vista del ciudadano medio para que no se deje engañar con “cantos de sirena” de unos o de opiniones autodestructivas y anti-españolas de otros.

Con la intención de disfrutar de un fin de semana de oración y reflexión en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes en Francia, muy cerca del Pirineo que compartimos españoles y franceses, pude ir reflexionando también en algunos aspectos más mundanos que me traían a muchas situaciones, comentarios, noticias, tertulias y anécdotas (demasiadas desde mi punto de vista y que, poco a poco, se podría ir pensando que se debe empezar a elevar a “categoría”).

Muchos de nuestros compatriotas creen, o les han hecho creer, o les están haciendo creer, o les quieren hacer creer, que todo lo que existe fuera de nuestras fronteras es mejor que lo que tenemos en España. Pues, a pesar de algunos, hay tantas cosas corrientes, de la vida real, tangibles, que nos pasan a todos, todos los días y que, cualquier día que atravieses la frontera de los Pirineos por el túnel de Canfranc, las puedes observar, comparar y valorar.

Nada más pasar la frontera, atravesar la extraordinaria obra de ingeniería que suponen los ocho quilómetros y medio de túnel que considero franco español, me puedo dar cuenta de la diferencia de carreteras entre Francia y España, lógicamente, a favor de España. Podríamos decir que, en la parte francesa, desde la frontera a Pau, es lo primero que nos encontramos; como en España desde la frontera a Huesca. No sólo no tiene parangón a favor de España la propia carretera como trazado, mucho más peligroso en Francia; cada antiguo cruce solucionado con una rotonda, velocidades (no por autorizadas, sino porque es peligroso realmente superarlas) de 70, 50 y 30 Kilómetros por hora, ya que se pasa por en medio de casi todos los pueblos. En el tramo español, la menor velocidad es 50 al paso por Villanúa y Castiello; y 70 al paso por el Hostal de Ipies; el resto de poblaciones ha sido soslayado hace muchos años (Jaca, Sabiñánigo) por cierto; están en marcha las obras de alguna circunvalación más. Pero es que los accesos a las salidas e incorporaciones a la vía son todos en el mismo sentido de la marcha y sin ninguna rotonda que te haga parar el vehículo. Con respecto a las gasolineras, y sin mencionar el precio de la gasolina que es más barata en España, también la comparación es favorable a nuestro país: en limpieza, orden, modernidad, con sus cafeterías, tiendas, aseos, etc. Todo ello, a menor precio del combustible a pesar de las incesantes subidas de la gasolina.

Si hablamos del ferrocarril que, antaño, aunque durante pocos años unió la Estación Internacional de Canfranc con Francia a través de su túnel, podremos ver que, en la parte española, el tren sigue llegando hasta la frontera, hasta Canfranc. Nada más pasar la frontera podemos ver que la línea ferroviaria existe, sí. Totalmente invadida por la vegetación, dejada, oxidada y, lo que es peor, hasta los tramos que atravesaban antiguamente la carretera en forma de puente, cortados a ras de la carretera; o sea, que si se quisiera actualmente poner en funcionamiento, también habría que volver a construir los puentes del ferrocarril destruidos en la parte francesa. En este aspecto, no sólo me percato de la dejadez y abandono de la vía y del interés de estar comunicado con España, si no de la propia falta de imaginación y aprovechamiento nacional ¿quién no conoce en España los cientos de kilómetros de vías verdes construidos que aprovechan vías de ferrocarril en desuso? Lo vi no sólo como una pena por pérdida de oportunidades comerciales, culturales, sociales, sino como una pérdida de aumentar la unidad y cohesión europea a través de un enlace más.

El sábado, entre las 14:45 horas y las 15:15 horas y en un tramo de unos 15-20 kilómetros de Lourdes a Pau, a duras penas encontrabas algún bar o cafetería abierto para tomar un café; por cierto, la mayoría, aunque cerrados, no tenían (ni de lejos) el aspecto de los que a pie de carretera se ven a su paso y a la misma hora por el propio Canfranc, Villanúa o Castiello; y al contrario, todos abiertos. Nos paramos en el primero que por fin vimos abierto, después de haber hecho otras tres paradas infructuosas. Nuestra intención era tomar un café y algo de bollería para combatir algo el sueño. Nada más entrar tuvimos claro que, de los tres cruasanes que le quedaban a la intemperie, sobre el mostrador y sin estar expuestos dentro de ninguna vitrina, como es obligatorio en España, nos íbamos a tomar exclusivamente la taza de café con leche; eso sí, sin azúcar, que también era “compartido” en grandes azucareros metálicos que después de levantar la tapa, metía cada uno su propia cuchara. A las mugrientas botellas en el desabastecido bar y a la antigua caja registradora que sólo tenía limpios la parte superior de cada una de las teclas de los números, acompañó, eso sí, una conversación agradable. El señor y dos clientes chapurreaban español y, como el precio de la gasolina, nos pidió cinco euros por los dos cafés con leche sin azúcar. Precios que me sorprendieron porque, salvo que les “frían” a impuestos por tan humilde local, le deberían dar al dueño para tener algo más de limpieza e higiene en el establecimiento.

No quiero cansar más al lector, pero como también pude observar durante el viaje, nos percatamos de algo que nosotros no tenemos, y que en los escasos lugares que aún lo conservamos, cuanto menos lo denostamos y cuanto más lo destruimos o lo atacamos. Al menos pudimos ver durante nuestro corto viaje y al pie de la carretera, perfectamente visibles, desde el mismo pueblo de Urdoz, Olorón, Pau, etc., un mínimo de seis enormes cruces de piedra de medidas entre cuatro y seis metros, todas ellas incluyendo la imagen de Cristo crucificado; preciosas y todas respetuosamente conservadas. En este sentido, les doy un sobresaliente a nuestros amigos franceses ya que en un alarde de imaginación, estoy convencido que mis compatriotas protestarían por su colocación, habrían promovido ya su eliminación o habrían sido atacadas o menospreciadas públicamente.