Protestas citrícolas

Los que vivimos en Castellón nos alegramos o sufrimos con los avatares del sector citrícola. Tenemos amigos o conocidos que trabajan en el sector, y las incidencias nos llegan casi cada día. Cada campaña la sentimos propia, ya que decenas de miles de puestos de trabajo dependen de cómo se desarrolla. Y este año está siendo más que ruinosa, por un cúmulo de circunstancias, algunas imprevisibles –la climatología de este otoño, con un calor excesivo y luego lluvias que provocaron graves pérdidas– y otras previsibles, como es la competencia desleal de naranjas importadas de países africanos, especialmente Sudáfrica.

Causa una pena enorme ver grandes extensiones de naranjos en las que este año ni siquiera se recogen las naranjas, por los precios irrisorios que se pagan: a muchos no les compensa ni siquiera la recolección. Se está tocando fondo, efectivamente, este año, y algunos ya evocan las heladas de la década de los 50, que echaron a perder la naranja y forzaron un cambio de orientación empresarial, dando lugar al surgimiento del sector cerámico y azulejero. Drama e indignación en el sector, al comprobar los agricultores cómo se hunden los precios de la naranja a la vez que en las tiendas se mantienen y todos los intermediarios obtienen beneficios. Entonces, heladas; ahora, globalización.

El sector citrícola está herido de muerte, agoniza, mientras desde la administración no se hacen los deberes para proteger un sector tan importante en la Comunidad Valenciana, y no se han hecho desde hace años. Este año es el peor momento que se recuerda. La recién creada Plataforma per la Dignitat del Llaurador pretende poner soluciones, y ojalá no sea tarde. Más de 60 municipios acogieron el pasado lunes manifestaciones en las tres provincias para reclamar que la Unión Europea haga cumplir a los países africanos con las exigencias de controles e inspección que se exigen a las naranjas valencianas, a la vez que se piden medidas que protejan al sector citrícola. Algunos, sin decirlo en público, piensan que es un efecto más de la globalización, y que no hay soluciones eficaces para competir con naranjas que llegan de otros países con un coste  muy inferior al español.

Se paga al agricultor diez céntimos por kilo. Ni siquiera se cubren gastos. En el horizonte ya se dibuja emprender cultivos distintos a la naranja, una auténtica reconversión agrícola. Cada uno tomará las decisiones que estime oportunas, pero que no siga siendo por dejadez de las autoridades europeas, españolas y valencianas.