San Isidoro de Sevilla y el sentimiento de España

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EL 04 DE ABRIL DEL 636 FALLECÍA A LA EDAD DE 80 AÑOS SAN ISIDORO DE SEVILLA.

¿Desde cuándo existe el sentimiento de unidad política de España? Unos dirán que surge al comienzo de la Reconquista, en la batalla de Covadonga con D. Pelayo. Otros, que hay que esperar a los RRCC con la unión peninsular tras la caída del Reino de Granada. Dado que Fernando era Rey de Aragón e Isabel de Castilla, algunos pensaran que no es posible hablar de España, hasta la existencia de un Rey Común para todo el territorio, circunstancia que se da con su nieto Carlos I. A partir de aquí ya entramos en las elucubraciones de los que, arrastrados en mayor o menor medida por la nueva Leyenda Negra del mundo progre, pretenden menguar el orgullo de ser Español o incluso negar la propia existencia de España; situando este hito, unos en el reinado de Felipe V, el primer Borbón y la desaparición de los fueros tras la guerra de Sucesión; otros, que hay que esperar a la Guerra de la Independencia para poder apreciar este sentimiento y finalmente, los más ignorantes dirán que se trata de un sentimiento fascista inculcado por Franco durante la Guerra Civil.

Pero la realidad es que pocas naciones actuales pueden hablar de un sentimiento nacional respaldado documentalmente tan temprano como España. El prólogo “De laude Spaniae” del libro del Obispo San Isidoro de Sevilla: Historia gothorum (Historia de los godos), muestra claramente este sentimiento. Fue durante la vida de este Obispo cuando se dieron las circunstancias para la unión religiosa primero y política después, de todo el territorio peninsular, teniendo mucho que ver en ello tanto él como su hermano Leandro que le había precedido como Obispo de Sevilla. Y a esta tierra, a este reino y a este pueblo, San Isidoro lo denominó España, elevando a nuestra patria como la primera con conciencia de nación de todo occidente.

San Isidoro nació en Cartagena, hacia 556 y murió en  Sevilla en el 636. Fue Obispo, teólogo, cronista y erudito de la España visigoda, elevado a la santidad por la Iglesia Católica y proclamado, más tarde, Doctor Universal de la Iglesia. Isidoro pertenecía a las dos procedencias principales que poblaban la península; por parte de su padre, llamado Severiano, pertenecía a una familia hispano-romana de elevado rango social mientras que por parte de madre lejanamente emparentada con la realeza visigoda.

Se formó con lecturas de Agustín de Hipona y San Gregorio Magno. Al morir su hermano Leandro, Arzobispo de Sevilla, lo sucedió en el gobierno de la diócesis y su episcopado duró 37 años (599-636). Vivió en una época de transición entre la decadencia de la Edad Antigua y del mundo romano, y el nacimiento de la Edad Media y de las nuevas nacionalidades de influencias germanas.

Isidoro de Sevilla fue un escritor muy prolífico y un infatigable compilador y recopilador. Compuso numerosos trabajos históricos y litúrgicos, tratados de astronomía y geografía, diálogos, enciclopedias, biografías de personas ilustres, textos teológicos y eclesiásticos, ensayos valorativos sobre el Antiguo y Nuevo Testamento y un diccionario de sinónimos. Su obra más conocida es Etimología (hacia 634), monumental enciclopedia que refleja la evolución del conocimiento desde la antigüedad pagana y cristiana hasta el siglo VII, teniendo una enorme influencia en las instituciones educativas del Medioevo.

Ayudó a su hermano Leandro en la conversión de la Casa Real visigoda (arrianos) al Catolicismo con el Rey Recaredo en el 587, el cual procederá a proclamar la unidad religiosa en el III Concilio de Toledo (598), al que asistiría el joven sacerdote Isidoro acompañando a su hermano. Esta unión religiosa favoreció el acercamiento de los godos a los hispanorromanos (católicos). Tras la muerte de su hermano en el 599 fue nombrado Obispo de Sevilla y siguió impulsando el proceso de conversión de los visigodos al cristianismo.

En cuanto a la unidad política, si bien la Monarquía visigoda buscaba la creación de un reino unificado en toda la península Ibérica, los visigodos compartían originariamente el territorio con los suevos, instalados en el noroeste («Galliciense Regnum»), y los bizantinos, que controlaban zonas del Sur. Leovigildo derrotó a Vascones (585) y Suevos (581), y posteriormente Suintila, en el  624, expulsa a los bizantinos de Hispania, consiguiéndose la unión territorial.

Por otro lado, la monarquía y la iglesia visigodas establecen el primer órgano político con vocación de legislar en todo el territorio nacional: Los Concilios de la Iglesia Visigoda en los que, reunidos en asamblea el Rey y los obispos de todas las diócesis de España, decidían sobre asuntos tanto políticos como espirituales. Se establece además una capital que centraliza el poder político y religioso en Toletum.

San Isidoro presidió el segundo Concilio de Sevilla en 619 y el cuarto Concilio de Toledo en 633. Muchos de los decretos de este Concilio fueron obra de San Isidoro, especialmente el decreto que establecía un seminario en todas las diócesis. San Isidoro era consciente que la unidad religiosa y un sistema educativo amplio, podían unificar los elementos heterogéneos que componían  España y gracias a eso, gran parte del país se convirtió en un centro de cultura mientras que el resto de Europa se hundía en la barbarie. El Concilio de Toledo también marcó la unificación litúrgica de la España visigoda e impulsó la formación cultural del clero. Pero el Concilio no sólo produjo conclusiones de carácter religioso o eclesiástico, sino también político, disponiéndose el carácter electivo de la monarquía visigoda; estableciéndose, a la par, duras condenas para aquellos que intentaran usurpar o se levantaran contra el monarca elegido en un intento de conciliar las ambiciones de la nobleza con la necesidad de un poder estable y sólido.

Según parece, su amor a los pobres era inmenso. En los últimos seis meses aumentó tanto sus limosnas que los pobres llegaban de todas partes a pedir y recibir ayuda. Cuando sintió que iba a morir, pidió perdón públicamente por todas sus faltas, perdonó a sus enemigos y suplicó al pueblo que rogara a Dios por él; distribuyendo entre los pobres el resto de sus posesiones, volvió a su casa y murió apaciblemente el 4 de abril del año 636 a la edad de 80 años.

Casi un siglo después de su muerte fue declarado Doctor de la Iglesia en 722 por el Papa Inocencio XIII.

El año 1063 fue trasladado su cuerpo a León, donde hoy recibe culto en la iglesia de su nombre.

Isidoro de Sevilla plasma su entusiasmo patriótico en el prólogo de su libro Historia gothorum (Historia de los godos) con el De laude Spaniae (Sobre la alabanza a España) que se convirtió en lectura obligatoria para todos los príncipes cristianos que habitaron la península durante la Edad Media. Está escrita en un latín con localismos hispanos y su traducción dice:

<<Eres, oh España, la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India; tierra bendita y siempre feliz en tus príncipes, madre de muchos pueblos. Eres con pleno derecho la reina de todas las provincias, pues de ti reciben luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el Orbe; tú, la porción más ilustre del globo. En tu suelo campea alegre y florece exuberancia la fecundidad gloriosa del pueblo godo.

La pródiga naturaleza te ha dotado de toda clase de frutos. Eres rica en vacas, llena de fuerza, alegre en mieses. Te vistes con espigas, recibes sombra de olivos, te ciñes con vides. Eres florida en tus campos, frondosa en tus montes, llena de pesca en tus playas. No hay en el mundo región mejor situada que tú; ni te tuesta de ardor el sol estivo, ni llega a aterirte el rigor del invierno, sino que, circundada por ambiente templado, eres con blandos céfiros regalada. Cuanto hay, pues, de fecundo en los campos, de precioso en los metales, de hermoso y útil en los animales, lo produces tú. Tus ríos no van en zaga a los más famosos del orbe habitado.

 Ni Alfeo iguala tus caballos, ni Clitumno tus boyadas; aunque el sagrado Alfeo, coronado de olímpicas palmas, dirija por los espacios sus veloces cuadrigas, y aunque Clitumno inmolara antiguamente en víctima capitolina, ingentes becerros. No ambicionas los espesos bosques de Etruria, ni admiras los plantíos de palmas de Holorco, ni envidias los carros alados, confiada en tus corceles. Eres fecunda por tus ríos; y graciosamente amarilla por tus torrentes auríferos, fuente de hermosa raza caballar. Tus vellones purpúreos dejan ruborizados a los de Tiro. En el interior de tus montes fulgura la piedra brillante, de jaspe y mármol, émula de los vivos colores del sol vecino.

Eres, pues, Oh, España, rica de hombres y de piedras preciosas y púrpura, abundante en gobernadores y hombres de Estado; tan opulenta en la educación de los príncipes, como bienhadada en producirlos. Con razón puso en ti los ojos Roma, la cabeza del orbe; y aunque el valor romano vencedor, se desposó contigo, al fin el floreciente pueblo de los godos, después de haberte alcanzado, te arrebató y te armó, y goza de ti lleno de felicidad entre las regias ínfulas y en medio de abundantes riquezas.>>