Verdades, preguntas y secretos del coronavirus

He hablado estas semanas con médicos, farmacéuticos, y también con ciudadanos chinos que viven legalmente en España. De esas conversaciones y de las informaciones que vamos obteniendo a través de los medios de comunicación me surgen verdades, preguntas y secretos sobre el coronavirus.

En 1998 había 12.000 chinos censados en España: En 2019 se ha multiplicado la cifra y hay 202.000 chinos censados. Es una realidad que existen muchos chinos en nuestro país que no están censados, y también es cierto que ya hay miles de chinos que han nacido en España en estos años.

Sobre todo, viven en Madrid, Cataluña y Comunidad Valenciana, por este orden. Y a raíz del coronavirus están percibiendo una hostilidad,  una “sospecha”, que llega a los improperios en la calle. Como ha sucedido en Valencia, que llaman a algunos chinos por la calle como “coronavirus”, y los chinos residentes en Valencia han iniciado una campaña en redes sociales alegando “No soy un virus”.

Una pregunta me surge, desde el punto de vista informativo. ¿No es alarmista ir informando de personas que son analizadas en hospitales por si tienen este virus? Para mí, lo es. Sólo se debería informar de los casos positivos.

China no nos ofrece seguridad y tranquilidad, porque no hay transparencia, y tenemos sobrados motivos para tener esta convicción. Nos llegan noticias de que no hay mascarillas en amplias zonas de China –e incluso en ciudades de España-, pero no se entiende que un país que construye un hospital en diez días no pueda fabricar mascarillas suficientes en tiempo récord. No se entiende.

Hace unas semanas, se dijo en medios españoles que no había peligro para España. Me pareció una ligereza, teniendo en cuenta la gran movilidad universal que existe en nuestros días. De hecho, tenemos ya un caso en La Gomera. La ligereza no serena, inquieta todavía más.

Cuando surge una epidemia de estas características, los ojos se dirigen a los países del Tercer Mundo con muy deficientes servicios sanitarios. Su protección –y la nuestra– estaría mucho más asegurada si, durante décadas anteriores, de verdad se ayudara a esos países a tener una sanidad en mínimas condiciones.

Esto no se improvisa, es una inversión en personas y medios materiales que no figuran entre las prioridades de los países más avanzados, pese a los datos que tenemos de la elevada mortandad en esos países ante enfermedades que, con cierta prevención, podríamos mitigar. Las ONG que trabajan en esos países expresan su desolación en esta materia, el abandono y la falta de eficacia.

Hay ciudades en España que se han quedado sin mascarillas. Muchos chinos que residen en nuestro país han enviado mascarillas a sus familiares que viven en China, y se han encontrado con una desagradable sorpresa (o al menos esos me han manifestado): “Las mascarillas, sobre todo las de mayor calidad, no llegan a nuestros familiares, se las queda el Partido o las autoridades, no sabemos”.

Veremos cómo se sigue gestionando y, después, qué medidas se adoptan con constancia. La movilización cuando sucede alguna tragedia o alguna epidemia ha de continuar cuando acaban: mejor prevenir que curar, y el coronavirus vuelve a evidenciar que hay un terreno inmenso para la prevención mundial.