Stop a la violencia política española

No quiero comparar si hay más o menos violencia, física y verbal, en nuestro país respecto a hace unos años, o comparando con los países de nuestro entorno. La impresión que tengo es que va a más, invocando la política como justificación para agresiones e insultos, especialmente en las redes sociales.

Inés Arrimadas sabe bien lo que es recibir insultos en Cataluña por ser de Ciudadanos. Eso no ha sido obstáculo para que haya reprobado los insultos a Ada Colau por parte de independentistas catalanes, a la vez que alude a que ojalá Podemos condene agresiones que ella ha sufrido, o pueda sufrir.

En muchos municipios catalanes no se han atrevido a presentar listas electorales varios partidos como el PP, Ciudadanos o Vox, por el clima existente de una minoría independentista-violenta que le parece que insultar, molestar o agredir físicamente es en defensa propia, casi hasta en legítima defensa, intimidando a candidatos o incluso a sus familiares.

Insisto: los independentistas catalanes son minoría en Cataluña –y no digamos en la Comunidad Valenciana o Baleares-, pero es que son muy minoritarios los independentistas que utilizan la violencia física o verbal.

Sin embargo, siendo pocos los que usan métodos violentos, es misión de muchos -de todos- ayudar a cortar ese creciente cáncer contra la libertad y el derecho: unos la ejercen, muchos callan o no sancionan a los violentos, sean pintadas en fachadas, gritos o empujones.

No hay justificación posible para el insulto ni las agresiones físicas, tampoco en la política. Hay que condenar todo tipo de violencia, sea del partido que sea el autor, y apoyar a la víctima, sea del partido que sea. Además, pretenden justificar por causas políticas todo lo que les contraría, tal es su cerrazón: el idioma, la religión, la educación o los espacios públicos como playas o jardines para el disfrute pacífico de todo ciudadano. Sucede en monumentos, centros públicos o privados, domicilios, y hasta en fachadas de iglesias.

La política no puede ser una excusa, por ejemplo, para que una profesora zarandee a una alumna en Tarrasa por dibujar una bandera de España, y esa alumna de 10 años haya tenido que ser atendida en Urgencias.

Si ante esas manifestaciones de violencia no reaccionamos con más medios los que queremos respetar a las personas y que sean respetadas, irá más la violencia. Existe la condena verbal, pero también existen las multas municipales, las detenciones o incluso la vía judicial, incluso de oficio.

En Vox están sufriendo una injusta cacería verbal y hasta física, no sólo como partido ni contra sus líderes, sino contra sus votantes, simpatizantes o incluso asistentes a un acto o mesa informativa.

Quienes cometen esos ataques deberían recapacitar y darse cuenta de que la violencia de cualquier tipo es una espiral que multiplica la violencia, porque hay momentos de hartazgo, deseos vengativos que son difíciles de contener cuando las provocaciones son frecuentes.

Cuando aludo a que todos debemos contribuir a que no crezca esa violencia invocando motivaciones políticas y no políticas, incluyo a todos: los partidos políticos, la policía, los medios de comunicación, los ayuntamientos y los jueces. Es muy fácil dejar hacer, hasta que incluso se comprueba en carne propia o en algún conocido esa violencia.

Democracia no es poder insultar a quien se quiera o donde se quiera porque, de hecho, haya impunidad. A más democracia, más respeto; no es el reino del “todo vale”. Muchas veces los agredidos tienen miedo a denunciar, o temor a que la denuncia avive todavía más la violencia. Tal vez necesitan que la sociedad encabece, en ocasiones, esas denuncias, precisamente para que no quede todo en el limbo indefinido de unas motivaciones políticas –opinables– que parecen justificar casi todo tipo de violencia. Hay mucho en juego.