El caos de las vacunaciones en Valencia

En el ranking nacional del caos por las vacunaciones contra el Covid-19 me parece que la Comunidad Valenciana ocupa el primer lugar. Basta vivir en ella como es mi caso, comprobarlo en múltiples conversaciones con médicos y enfermeras –y también intentando desentrañar las informaciones manipuladas o con intereses dañinos hacia instituciones o personas, cuando no bulos en sentido estricto-, y cotejar con las informaciones personales y de los medios de comunicación del resto de España.

¿Por dónde empezar? Por los alcaldes y políticos que se han vacunado sin tocarles, ya es conocido. Lo que no es tan conocido es que la mayoría no dimiten, y ahí está el numeroso grupo de alcaldes socialistas que, aunque les han suspendido de militancia y abierto expediente, ni dimiten ni parecen dispuestos a hacerlo, por mucho que Ximo Puig, presidente de la Generalitat, insista en la ejemplaridad socialista, pues sabe muy bien que puede tener mucha repercusión entre los electores dentro de no mucho tiempo.

El caso del exfiscal jefe de Castellón, José Luis Cuesta, vacunado indebidamente en el centro de salud donde su mujer es coordinadora de Enfermería, no se queda corto. En este caso, dimitió nada más saberse el hecho. Ahora se investiga la desaparición de seis dosis –un vial– en ese mismo centro de salud donde fue vacunado. Atentos a lo que puede llegar a suceder.

La palabra “caos” puede sonar exagerada. Llámese como se quiera, pero ante una situación tan grave, la propia Mónica Oltra, vicepresidenta primera de la Generalitat y consellera de Igualdad –de ella dependen las residencias de ancianos– ha estallado, recordando que todavía hay 6.000 ancianos en residencias de la tercera edad que no han sido vacunados, y que hay que “esclarecer” todo lo que está pasando.

Hablemos de las residencias. Ayer mismo, la patronal valenciana de las residencias AERTE denunció que Sanidad ha vuelto a incumplir su propio protocolo de vacunación, que ponía en el Grupo 1 a los ancianos en residencias de la tercera edad y personal sanitario y sociosanitario que les cuida; luego el personal sanitario de primera línea; luego… Pues se ha cambiado, dejando a esos 6.000 ancianos que hacen sufrir a Oltra sin vacunar, pese a la elevada tasa de mortalidad de las personas mayores de 80 años, en torno al 20%.

Sanidad ha repartido 600 vacunas a seis hospitales privados: malestar en las residencias, malestar en el resto de hospitales privados.

No hace falta recordar el hospital de campaña en Valencia que tuvo que ser desalojado por el viento: una chapuza integral. Y algunos políticos alegaron que era para mejorar el “confort” de los pacientes, llevándoles al antiguo hospital La Fe.

Y hablando del antiguo hospital La Fe, la Fiscalía investiga la atención a pacientes de coronavirus, después de que diversos altos cargos intentaran descalificar a quien denunció casos concretos de negligencias, falta de medios, etc.

Ya ha llegado la primera dimisión “sonada” en la Sanidad valenciana: la dimisión –o cese, como se quiera revestir- de la directora de Salud Pública de Valencia, por afirmar que no había instrucciones sobre las dosis sobrantes.

Para colmo y para entender lo que puede depararnos la actualidad de las próximas semanas, hay cargos en la Consellería de Sanidad socialistas, como la propia consellera Ana Barceló, y otros cargos que militan o dependen de Compromís. Que los roces políticos o de protagonismo no vayan en perjuicio de una mejora de la vacunación en Valencia y de la gestión de la pandemia en general. Apuntemos algo sabido: sería bueno despolitizar los altos cargos de la sanidad, y prever fórmulas que favorezcan la excelencia profesional médica, no la cercanía política a ningún partido.

No es cierto que los valencianos optan siempre por la improvisación. Saben prever cuando es necesario. En este caso, lo que está sucediendo es una falta considerable de profesionalidad y de rigor, aunque se trate de una situación realmente muy compleja. Que no entren en juego partidismos políticos ni encubrimientos de ningún tipo: incluso ante los fallos o negligencias, la transparencia es la mejor receta para evitar reincidencias.