El mito de las grandes palabras

En nuestra sociedad, las grandes palabras de libertad, democracia y progreso figuran en el frontispicio de todas las instituciones y de todas las mentes: son pronunciadas miles de veces cada día por los políticos y por los no políticos; ocupan la mayor parte del espacio cultural en los medios de comunicación, y son referencia obligada de cualquier discurso, sea éste del signo que sea. ¿Quién no acude a estas palabras como supremo y a menudo único argumento en debates, discusiones o acusaciones? ¿Y quién no se siente intimidado y hasta amenazado de marginación cultural o social, cuando su pensamiento o proceder son sospechosos de no ajustarse al “talante” progresista y democrático? Porque hoy en día, el problema a dilucidar y debatir no es si algo es verdadero o falso, justo o injusto, bueno o malo, sino si es o no es democrático y progresivo: he aquí el único criterio para juzgar pensamientos y acciones, tanto en la vida colectiva como en la individual. Asistimos a una gran contradicción: esta sociedad, que ya no tiene valores ni principios firmes en los que apoyarse, es la misma que quiere elevar a categoría de dogmas intocables ciertas palabras que, a la postre, la están llevando al nihilismo.

La pretensión de elevar a categoría de absoluto las ideas de libertad, democracia y progreso es, justamente, lo que ha convertido a estas palabras en los grandes mitos de la vida social moderna, actuando como tales en el subconsciente colectivo. Y esto nos indica que los hombres no podemos vivir sin referencia a algo que consideramos absoluto: si no tenemos a Dios, nos fabricamos ídolos. Antes era Dios el fundamento y la apelación suprema en la valoración ética de las cosas; ahora esas grandes palabras ocupan el lugar de Dios en el sentir de las gentes, y se les rinde parecida adhesión, devoción y culto que a lo divino. Ante el altar de la libertad, como si fuera un culto sacro, se reivindican todos los derechos, se hacen todos los sacrificios y se unifican todas las voluntades; en nombre de la democracia, como si fuera el santo y seña de la gran causa, se hacen proclamas, se lanzan acusaciones y se hacen guerras con entusiasmo y fervor; y proclamando el progreso, como si fuera una historia de la salvación, se arrinconan valores, se levantan nuevas creencias y se anuncia la tierra de promisión. Oscurecida la idea de Dios, una mitología laica ha venido a reemplazar el sentimiento y la creencia religiosa en una sociedad que se dice “desmitologizada”.

El mito siempre ha tenido una función muy importante en la vida social, incluso en aquellas sociedades que, como la nuestra, dicen caminar por la senda de la claridad racional. Los sentimientos colectivos no se manipulan con la crítica racional, sino acudiendo a las demagogias, y las demagogias utilizan siempre aquellas palabras cuyo impacto social está asegurado. Y son esas grandes palabras, siempre en boca de todos y muy especialmente de los políticos, las que han creado en el ámbito social y cultural una nueva mitología que desfigura y falsea la realidad, que suscita adhesiones enfervorizadas parecidas a las de la religión, y que se impone a la sociedad con la misma rotundidad con que se imponen los dogmas, sin posibilidad alguna de análisis crítico. Porque lo propio del mito es justamente eso: la irracionalidad de convertir lo que es relativo en valor y fin absoluto. Condenamos el fanatismo de las guerras de religión, por ejemplo, pero alabamos como héroes a los que luchan o mueren por la democracia, sin caer en la cuenta de que si irracional es lo primero, no menos irracional es lo segundo, y bien miradas las cosas, más razonable es morir por Dios, que morir por una palabra o una idea.

LA LIBERTAD FALSEADA

Las grandes palabras que todo el mundo pronuncia son, justamente, las menos entendidas en su auténtico significado y las más expuestas a errores graves en su interpretación o aplicación práctica. Así ocurre con la libertad, gran palabra y gran ideal de la sociedad moderna. Los políticos y los periodistas están hablando continuamente de la libertad, como si fuera su oficio, pero son muy pocos los que se toman la molestia de educar a la gente en esta cuestión capital; muy al contrario: se deja a un lado el análisis ponderado de las cosas, que es propio de la razón, para dar vía libre al mito, que es propio del sentimiento. La libertad se convierte en mito irracional cuando se presenta el orden como imposición dictatorial; la autoridad como opresión de la persona, a la ética como represión de los derechos de la vida. No se hacen matices ni distinciones, porque lo propio de la fabulación mítica es dibujar un mundo de luz contrapuesto al mundo de las tinieblas, y sobre este maniqueísmo hacen los políticos y propagandistas sociales sus arengas de luchas liberadoras, porque de lo que se trata es, en definitiva, no de convencer con razones, sino de suscitar adhesiones en el sentimiento colectivo.

Si se analiza con algún detenimiento el tema de la libertad en nuestra vida social, hallaremos que las cosas no son tal como se proclaman enfáticamente desde las tribunas políticas y los medios, porque si es verdad que hoy nos sentimos más libres para pensar y actuar como queramos en nuestra vida particular e íntima, también es verdad que cada día estamos más limitados en nuestro actuar por una legislación social y económica insaciable. No hay apenas leyes que limitan la vida sexual, por supuesto, pero sí las hay, y cada vez más restrictivas y minuciosas, en la mayoría de los ámbitos en que se ejerce nuestra ciudadanía. La idea de que todos los problemas que surgen en la sociedad deben ser solucionados por las autoridades políticas, ha hecho de la administración pública una maquinaria de emitir leyes y más leyes, en una carrera sin fin. El Estado se ha convertido en una especie de pulpo gigantesco cuyos tentáculos se introducen por todos los resquicios, atando las iniciativas y acciones de los ciudadanos. Dígase lo que se diga, lo cierto es que la sociedad moderna es una sociedad intervenida, y hoy en día resulta muy difícil ser liberal, esto es, ejercer la libertad personal del individuo al margen de las palabras.

La libertad se convierte en mito cuando la realidad es falseada por la fantasía irracional a la que los hombres somos tan propensos. Y es fantasía irracional hacer de la libertad la panacea de la realización humana destruyendo las ataduras morales, porque se termina por destruir al mismo hombre. La verdadera libertad, no la mítica, se adquiere más por una adecuada educación, que incitando a cometer rebeldías y transgresiones, y a este importante menester deberían dedicarse las instituciones y las personas responsables, empezando por la clase política. Deberían darse cuenta de que una libertad que no esté guiada por la razón ética es una libertad sin horizonte, que se destruye en su propio vacío y angustia; deberían hacer ver a la ciudadanía que la peor y más fuerte atadura en las personas es la atadura del vicio, el gran negocio de nuestra sociedad de consumo; y deberían saber que en el mundo globalizado en el que estamos inmersos, lo más importante y urgente es favorecer, no tanto la libertad exterior de hacer lo que nos viene en gana, cuanto la libertad interior de pensar con autonomía y tratar de salir del rebaño dirigido de los borregos.

DEMOCRACIA, PALABRA SUPREMA

Cada época de la historia tiene su palabra suprema en torno a la cual giran ideales, disputas y discursos; hasta hace algunos años y en muchos países, la palabra fundamental era “revolución”; después de la caída del comunismo, esa palabra es “democracia”. Es una palabra de signo político, evidentemente, pero el hecho de que esté presente en todos los ámbitos de la actual cultura nos indica hasta qué punto el discurso político infecciosa y condiciona el pensamiento de la gente. A tal extremo llega la fuerza mítica de esta palabra, que se ha erigido en referencia dogmática en cualquier tema a debatir, aunque no sea de carácter político. En los temas políticos, la cuestión no es si tal o cual ley es buena o mala para el conjunto de la ciudadanía, sino si se ajusta o no al espíritu democrático, y este es el único argumento que se esgrime; en los temas éticos, el planteamiento no es si una conducta determinada ha de ser prohibida por razones éticas, sino cuál es la opinión mayoritaria al respecto, aunque se atente a los valores más esenciales de la dignidad humana; y hasta en los temas de fe religiosa, la referencia no es lo que nos dice la palabra de Dios, sino el sentir de la mayoría de la gente, aunque vivan al margen de la religión.

Todas las cosas humanas, incluida la democracia, han de ser analizadas críticamente para no caer en la irracionalidad de la mitología. La democracia es un sistema político que los hombres hemos inventado para conseguir más libertad y más justicia, y en cuanto tal, no es un fin en sí mismo, sino un medio que ha de subordinarse a su objetivo, que es el bien común. Como todo lo que tiene carácter de medio, la democracia puede ser buena o mala, eficaz o ineficaz, justa o injusta, según los resultados de su funcionamiento; sería absurdo, por ejemplo, dejar en el hambre y la miseria a una sociedad porque no lo permiten las reglas de juego democráticas; en este caso y otros muchos, el bien común exige tomar medidas que quizá sean autoritarias, pero que proporcionan justicia, lo cual es un bien mayor y más alto que regirse por leyes democráticas. Por lo demás, el sistema democrático que se ha impuesto en occidente y en gran parte del mundo proviene de la revolución francesa, hecha por la burguesía para defender sus intereses; pero ni es el único sistema justo posible, ni tiene por qué ser intocable. Cuando esto ocurre, dejamos a un lado la razón y tendemos a vivir de los prejuicios y de los mitos.

El mito de la democracia, del que tan fervorosos se manifiestan los que buscan mantener sus intereses económicos o sociales, se desmorona cuando se descubre la realidad que esconden las grandes palabras. Se descubre, en efecto, que más que una verdadera democracia, lo que se ha impuesto en nuestra sociedad es una partitocracia, esto es, un sistema que está orientado a favorecer los intereses de los partidos políticos ya sea para mantenerse en el poder, ya sea para conquistarlo. La democracia se convierte así en un pugilato vergonzoso y lamentable, a sufrir diariamente, de acusaciones y de contra-acusaciones, de descalificaciones y de contra-ataques, de insultos y de agresiones verbales sin pausa y sin tregua. Si uno de los signos de la verdadera democracia es el respeto y la tolerancia de todos hacia todos, no cabe duda de que el comportamiento de los partidos políticos en la vida pública no es precisamente ejemplo de espíritu y de talante democrático. La democracia real, no la que se proclama, la están haciendo los partidos políticos a espaldas del pueblo, que cada vez se siente más alejado de sus representantes y cuya soberanía queda reducida a depositar, de tiempo en tiempo, una papeleta en las urnas.

PROGRESO, ¿HACIA DÓNDE?

El progreso es otra de las palabras que los políticos siempre sacan a relucir en sus discursos a favor del cambio, como si el mero hecho de romper con lo establecido fuese signo de un bien para la sociedad. El mito del progreso indefinido hacia una humanidad cada vez más libre, feliz y perfecta, surgió en el siglo dieciocho por obra de los mentores de la Ilustración; se presenta como la realización de la Razón a través de la historia en la filosofía de Hegel; y se convierte en uno de los principios fundamentales del marxismo, y que todavía pervive en las ideologías de izquierda. Esta idea de que todo va progresando hacia lo mejor con el paso del tiempo, viene avalada por el evolucionismo biológico que opera en la naturaleza, de una parte, y por el desarrollo impresionante de las ciencias tecnológicas que han cambiado la faz del mundo, de la otra. Y es natural que la gente tenga este convencimiento: si el progreso de la humanidad hacia cuotas cada vez más altas de bienestar es un hecho innegable, tal como vemos por el desarrollo de la ciencia y de las conquistas sociales, ¿cómo no admitir que todo lo que representa ruptura con el pasado y advenimiento de lo nuevo se ha de saludar como un progreso?

Cuando no se ejerce la reflexión y el análisis crítico, es muy fácil confundir planos y tomar por realidad lo que es un mito, y así sucede con la idea de progreso. Es verdad incontestable que la ciencia progresa indefinidamente en sus avances tecnológicos de los que deriva un mayor y más extenso bienestar de la humanidad; pero de ningún modo es verdad que el mundo progresa éticamente y que los hombres nos hacemos cada día más humanos por ley de la historia, tal como predican los ideólogos del progreso. La ética no depende de leyes evolutivas, sino del comportamiento personal, y los hombres nos hacemos mejores o peores según el buen o mal uso de nuestra libertad independientemente de la época que nos toca vivir. Los hechos, por lo demás, no avalan la idea progresista, porque las mayores atrocidades de la historia las han cometido los hombres, no en las épocas oscurantistas del pasado, sino en la época moderna precisamente. ¿Con qué fundamento se puede proclamar que la humanidad se hace mejor con el paso del tiempo, viendo los millones y millones de muertos de las dos guerras mundiales, los genocidios planificados de los regímenes comunistas, o el aniquilamiento sistemático de innumerables seres inocentes con la legalización del aborto? La realidad, la terrible realidad, es la que desmiente este mito.

Como ocurre con las grandes palabras, la ambigüedad es siempre el caldo de cultivo en el que se mueve la idea de progreso cuando está en boca de sus predicadores. Es obvio que todo el mundo quiere progresar hacia lo mejor y nadie puede discutir este principio; pero lo que hay que considerar es si la ruptura y el cambio que suponen ciertas leyes es progreso de lo auténticamente humano, o más bien conducen a un grave retroceso en los valores éticos de la vida individual y colectiva. Porque progreso significa avance hacia lo más perfecto partiendo de lo que ya existe, no ruptura y destrucción. Y aquí reside justamente la ambigüedad del mito del progreso: que destruye y no construye, que rompe con valores y principios y no presenta ideales de recambio, que va encaminado al nihilismo moral de las conductas dando vía libre a los derechos sin limitaciones de la libertad y a los deseos inmorales del placer. Hay progresos hacia el bien, pero también progresos hacia el mal, y no se deben confundir las cosas al amparo de palabras que manipulan las mentes. Por eso, ante la ambigüedad de este mito social que tanto se proclama, deberíamos preguntarnos: progreso, ¿hacia dónde?, porque a lo peor estamos progresando hacia el abismo…

Isaac Riera

Isaac Riera Fernández es sacerdote Misionero del Sagrado Corazón, licenciado en filosofía por la Univ. Gregoriana de Roma, doctor en filosofía por la Univ. de Valencia y escritor.