Érase una vez...

Érase una vez… Así comienzan en mis recuerdos infantiles los cuentos y las historias. Pues bien, he querido empezar estas líneas con esa frase, tan familiar para muchos, porque no quiero crear falsas expectativas en el posible lector. Lo que voy a relatar a continuación es una historia, un cuento o una fábula, como prefieran. La denominación es lo de menos.

El protagonista de esta historia es el cuco. Este pájaro, entiéndase en el sentido ornitológico y en el peyorativo del término, tiene un comportamiento, no generalizado, pero que practica con cierta frecuencia, un tanto peculiar y desde luego nada ejemplarizante.

El comportamiento al que me refiero tiene que ver con su nada edificante facilidad para depositar sus huevos en el nido de otras aves de menor tamaño. Con esta acción se libera de la obligación de la incubación, del cuidado y de la alimentación de su progenie. Él puede depositar el huevo en un nido ajeno. Los propietarios del nido lo asumen como propio y le dedican todos los cuidados. Llegado el momento de la incubación se beneficia del calor de unos padres responsables que, llevados por su instinto, lo cobijan junto a los suyos.

En el momento de la eclosión el invasor huevo suele hacerlo antes que sus compañeros de puesta. Con esa estrategia empieza a alimentarse antes que los demás y por consiguiente se desarrolla más tempranamente. Por si esta ventaja no fuera suficiente su tamaño, recuerde el lector que los nidos elegidos suelen ser de pájaros de menor tamaño, le confiere una fuerza muy superior que sus supuestos hermanos. El resultado de todo esto es que la comida que los sufridos padres aportan al nido termina, en la mayoría de los casos, en el insaciable pico del intruso. Casos ha habido en los que incluso el parásito ha llegado a arrojar, físicamente, del nido a sus legítimos ocupantes haciéndose con el monopolio de la siempre escasa alimentación que unos confiados padres siguen aportando, de manera inexplicable, a un supuesto hijo que ni se les parece lo más mínimo.

El paciente lector se preguntará a que viene esta infumable explicación sobre el supuesto comportamiento de un ave tan vistosa. Abusando de su paciencia le ruego que haga un ejercicio de sustitución. En lugar de cuco ponga nacionalismo. El huevo intruso, y su posterior fruto, podría ser el independentismo. El vulnerado nido, una nación consolidada. Por último, los sufridos padres proveedores incansables de alimentos y de cuidados serian el Estado.

Hecha la abstracción una segunda lectura, tal vez, dé un poco de sentido a una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Es lo que tienen las historias que unas veces son verídicas, otras son fruto de una imaginación calenturienta y, en un tercer supuesto nada desdeñable, una mezcla de ambas.

En esto último debemos estar en España de lo contrario no se explica la desidia, el egoísmo, el abandono, la dejadez de funciones, la falta de ética, la carencia de principios, la adulteración de la vida pública y, sobre todo como ya he dicho en alguna ocasión, esa ausencia, a todos los niveles, de un objetivo común que es lo que se merece una nación como la nuestra, depositaria del esfuerzo de generaciones que nos precedieron y que, con muchos menos medios, sentaron las bases para convertirla en una de las potencias económicas del mundo y en un lugar envidiable para vivir. Pareciera que actualmente estemos empeñados con ahínco en cercenar dichos logros. Espero y deseo que un día mis hijos en ese juicio, que de forma inexorable realizarán al comparar nuestra generación con las anteriores, no salgamos perdedores.

En esta querida nación hemos pervertido, y degradado, hasta límites insospechados la parábola del hijo pródigo. El Estado español no hace otra cosa que sacrificar los terneros mejor cebados para intentar saciar el egoísmo de unos pocos sin darse cuenta, o eso parece, que esos pocos nunca se darán por satisfechos. Ellos siguen dilapidando la herencia que entre todos hemos generado y, en muchos casos, utilizando esos recursos siempre escasos para los demás, para difamar la casa paterna y sin la más mínima intención de regresar a ella, manifestando de manera contumaz su deseo de romper todo aquello que hicimos como nación.

En la parábola original, al menos el hijo pródigo reconocía su error. En nuestro caso, lejos de reconocerlo, se nos exige, una y otra vez, a los que nunca abandonamos el hogar común, que pongamos la otra mejilla y el dinero, que es de lo que se trata fundamentalmente, para financiar el mejor vivir de una élite que, escudándose en una etérea voluntad popular, inventa patrañas que justifiquen unos intereses bastardos.