José Millán Astray Terreros, Caballero Legionario

A mis catorce años, el Delegado Provincial del Frente de Juventudes de Castellón, Javier Cerón Ayuela, me nombró jefe de la Centuria de flechas “Antonio de Leiva”, de Segorbe. La centuria llevaba el nombre de aquel soldado navarro que fue un brillante capitán de los heroicos tercios españoles. En el encuadramiento de la centuria una escuadra tomó el nombre del mítico general José Millán Astray –mandada, por cierto, por el hijo de un miliciano cenetista muerto en Lucena durante la guerra civil- De aquel entonces procede mi admiración por este legionario tuerto, cojo y manco que tanto recuerda a otros soldados, a otros héroes de la historia de España: al marino Blas de Lezo y Olavarrieta –el medio hombre– y al escritor Miguel de Cervantes –el manco de Lepanto-.

Recientemente una comisión del Ayuntamiento de Madrid, presidida por la polémica concejala Rita Maestre, acordó suprimir del callejero urbano la dedicación y el recuerdo a un héroe de España, me refiero al general José Millán Astray.

¿Rita Maestre?. Sí, claro, Rita Maestre, la irresponsable podemita que tiempo atrás encabezó el asaltó a la capilla de la Universidad Complutense al grito tan simple como extravagante y amenazador de “arderéis como en el año treinta y seis”, con el arma poderosa, para más intimidación, de unas diminutas turgencias mamarias al descubierto signo de la libertad feminoide. En contraste, aquella feroz Rita el día que se presentó en los juzgados madrileños de lo penal para responder del delito cometido, según la vimos en la pantalla de la televisión, con el semblante desencajado y atemorizado, daba la impresión de tener humedecida cierta prenda interior femenina.

Si esta chica tan progre como inculta, hubiera estudiado la personalidad del tan denostado legionario se habría enterado de que el gallego Millán Astray, natural de La Coruña, a los quince años -cuando los niños todavía juegan a las canicas y al marro en los patios de los colegios-  había ingresado en la Academia de Infantería de Toledo y que a los diecisiete destinado en Filipinas, como segundo teniente, defendió con coraje e inteligencia la población de San Rafael al mando de una guarnición de treinta hombres frente a unos 2.000 rebeldes tagalos por lo que le fue otorgada la Cruz de María Cristina y el reconocimiento de héroe nacional. Sería el inicio de una brillante carrera militar con tres ascensos por méritos de guerra.

Los desastres africanos de nuestro ejército exigieron crear un cuerpo de voluntarios, de soldados profesionales, que mitigase la sangría continua de los reclutas de reemplazo. En el año 1920 el general Villalba Riquelme autorizó crear el Tercio de Extranjeros también llamado la Legión, denominación más del agrado de su fundador. Millán previamente había estado en Argelia para estudiar la organización operativa de la Legión Extranjera. Extranjeros fueron los primeros legionarios en España en cuyos currículos no constaba, por cierto, que hubieran hecho los ejercicios espirituales de san Ignacio. Más bien todo lo contrario.

El padre de Millán Astray era abogado y funcionario de prisiones. Por esta circunstancia tenía su domicilio en la misma prisión. Y allí convivió el pequeño José con los reclusos, con quienes jugaba en el patio y quienes, como su mismo padre le había enseñado, a pesar de ser, algunos, delincuentes confesos todavía conservaban en sus corazones restos de cierta humanidad, lealtad y generosidad. Restos que había que recuperar para conseguir su reinserción social, de acuerdo con las enseñanzas, entre otros, del criminólogo y médico italiano Lombroso que por aquel entonces tenía una gran actualidad (en la década de los sesenta todavía lo estudiábamos en el Rodríguez Devesa, de segundo curso en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia).

Su estancia en Filipinas le permitió conocer la cultura nipona e interesarse por los samuráis, los legendarios y ancestrales guerreros del Imperio del Sol Naciente, cuyo código de honor, el Bushido, (traducido del inglés al castellano por el mismo Millán) se transformó en un libro de meditación espiritual militar que siempre tenía en su mesita de noche. Lo mismo que muchos católicos en nuestros días hacemos con “Camino” de san José María y antaño con la “Imitación de Cristo” del agustino Tomás del Kempis. Bushido significa “el camino del guerrero” (es decir, el camino de la lealtad, del honor hasta la muerte, coraje, compasión, sacrificio, austeridad, compañerismo, esfuerzo,..) y ese camino es el que Millán Astray quiso enseñar a sus legionarios. Con un espíritu similar, Millán redactó el Credo Legionario, cuyas doce máximas los legionarios recitaban, y siguen recitando de memoria: el espíritu de combate y la feroz acometividad legionaria, el cuerpo a cuerpo con la bayoneta; el compañerismo (especialmente no abandonar a ningún legionario en el campo de batalla) ni dejarlo solo en cualquier circunstancia ante la invocación del grito legionario “¡A mi la Legión!”). Morir en combate es un honor, la bandera de la legión será la más gloriosa; todos los legionarios son valientes.

No deja de ser curioso que los primeros legionarios fueran anarquista catalanes, y los que vinieron detrás, en su mayoría eran chulos de prostíbulos, carteristas de oficio, estafadores, administradores con pocos escrúpulos, refugiados políticos, ladrones de guante blanco, criminales de oficio, enamorados desengañados, etc… Lo mejorcito de cada casa que diría el castizo. Con razón, el hermoso cuplé nacido en un cabaret –dicen- se transformó en una canción de redención:

“Nadie en el Tercio sabía
Quien era aquel legionario
Tan audaz y temerario
Que a la Legión se alistó.

Nadie sabía su historia
Más la Legión suponía
Que un gran dolor le mordía
Como un lobo el corazón”

Millán participó en sesenta y dos combates y recibió cuatro heridas graves. Herido en el pecho cuando preparaba el asalto a Nador; le amputaron el brazo por amenaza de gangrena; un disparo en la cara le destrozó el ojo derecho; al asumir el mando de la Legión, en Cerro Redondo, perdió el ojo derecho, etc. Por méritos de guerra recibió diecinueve condecoraciones entre ellas la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo.

La Legión ya tuvo una intervención destacada en el Desembarco de Alhucemas; y su palmarés es muy dilatado: 22 caballeros laureados individuales; 221 medallas militares individuales y 10.000 muertos en combate.

La vida militar de Millán Astray es muy dilatada. En el año 1927 ascendió a general de brigada. Su último puesto militar en activo sería como jefe del Distrito Militar de Tetuán. En el año 1932, con Azaña en la presidencia del Gobierno, pasó al Cuerpo de Inválidos. Mas adelante, en plena guerra civil, fundaría Radio Nacional de España.

Su vida militar fue gloriosa y legendaria. Describirla con cierto detalle y honestidad sería perder el tiempo con la consabida Rita y, por empatía, con otra pacifista llamada Ada Colau. No comprenderían la vida de Millán Astray. Ni hace falta. Para ellas, conceptos como el honor y el servicio a la Patria son trastos viejos, inútiles, instrumentos dialécticos utilizados por los ricos para engatusar a los pobres. Pero si que vale la pena insistir un poco en que mientras las cárceles hasta la fecha no han dado resultados satisfactorios para la reinserción social y humana de los delincuentes, a pesar de los ingentes y meritorios trabajos realizados en la materia (ya lo hemos citado el médico Lombroso, fundador de la Criminología, escribió en el año 1876 su “Tratado de Antropología Experimental del hombre delincuente”). Solo por ello, Millán Astray merecería constar en todos los callejeros urbanos de España. Y espero que nuestra dignidad nacional le ofrecerá el merecido acto de desagravio. Como se merecen todos los heroicos soldados cuya memoria ha sido mancillada por Rita y por sus comisionados. Me apunto.

El general José Millán Astray Terreros falleció en Madrid a los setenta y cinco años de edad. Dispuso que no se le rindieran los honores militares reglamentarios. Una sencilla ceremonia fúnebre; escoltado el cadáver por sus legionarios, quiso imitar los entierros legionarios en el mismo campo de batalla. Enterrado en el cementerio de la Almudena.

En la sencilla lápida únicamente se grabaron las siguientes palabras. “José Millán Astray Terreros. Caballero legionario”.