La civilización decadente (4ª parte)

El signo más claro de la decadencia moral de una sociedad es la decadencia de sus ideales, y tal parece ser la actual situación de las sociedades de Occidente. Ese aparente dinamismo, esos cambios bruscos en las ideas y en las costumbres que todos experimentamos no son signo de vida y de crecimiento, sino de todo lo contrario. Pocos se paran a meditar sobre tan formidable cambio social, y es muy importante que lo hagamos. ¿A dónde vamos, qué horizonte vamos a encontrar tras la implacable destrucción de principios y de costumbres? Las revoluciones destruyen para construir de nuevo; pero si sólo nos ofrecen en recambio un horizonte vacío, hemos de concluir que nos llevan al suicidio. Porque es esto lo más importante a la hora de juzgar el tan traído y llevado «progreso» de nuestra sociedad: se puede progresar hacia arriba, hacia una superación histórica, y se puede progresar hacia abajo, hacia la muerte por inanición del espíritu. La revolución cultural que se ha emprendido lleva todas las trazas de abocarnos a esto último. Está siendo, sin duda, muy eficaz en destruir, pero se ve impotente para ofrecer valores sólidos que orienten el sentido de una nueva vida. La enorme desorientación en que hoy está sumida nuestra sociedad es debida a que se va quedando sin ideales.

Estamos aniquilando los ideales y, por tanto, el sentido de la vida, porque nos hemos empeñado en implantar los sagrados derechos del egoísmo, tanto por ley como por práctica. Este es, y no otro, el significado de muchas conquistas de las que neciamente nos ufanamos. Cuando los Estados legislan a favor del divorcio, del aborto o del amor libre; cuando echan abajo los últimos baluartes de la moral pública, están declarando implícitamente, y con universal anuencia, que todos tenemos derecho a ser egoístas. Pero esto es firmar sentencia de muerte a los ideales morales de una colectividad. La vida de ideales se define, justamente, por una superación moral del hombre, por una elevación sobre los intereses decadentes del egoísmo. Occidente apenas tiene ya ideales que ofrecer porque ha emprendido una loca carrera hacia el egoísmo universal reivindicando falsos derechos. Uno tras otro, van cayendo la mayoría de los valores éticos, y llegará el día, no muy lejano, en que no nos quede ya nada por destruir. En ese día nuestra civilización será consciente de que ya no tiene horizontes para despertar ninguna ilusión colectiva. Nos quedan, es cierto, los ideales de justicia social y de libertad política, pero lo importante es saber qué sentido se le da a estas bellas palabras. Porque tras la palabra libertad puede esconderse la renuncia a cualquier sacrificio, y tras la palabra justicia, la renuncia a asumir el propio deber. Y esto ya no es un ideal, sino su caricatura. Vivimos sólo de palabras altisonantes a las que el universal egoísmo les está privando de todo contenido.

La ilusión colectiva tiende a disminuir, por otra parte, a causa del excesivo protagonismo que todos le estamos dando al Estado. No tenemos que hacer nuestra vida guiados por un ideal; nos la dan ya hecha. El poder público está asumiendo la orientación y la organización de nuestra vida casi en su totalidad. Y es un hecho perfectamente comprobable —piénsese en la tristeza de las sociedades nórdicas— que a medida que el Estado va solucionando casi todos los problemas prácticos, disminuye el afán de superación de la gente, es decir, disminuyen los ideales. Todas las responsabilidades las hemos trasladado al Estado para no sentirnos responsables. Así se explica que nuestra sociedad se comprometa cada vez menos en la orientación de su vida y que la pasividad y la inercia hayan ocupado el lugar de la actividad ilusionada.

El realismo egoísta

Nuestra sociedad se va quedando sin valores ideales, sin afán de superación moral, porque impera por doquier el realismo pragmático ante la vida. Los pocos idealistas que aún quedan son como extranjeros en tierra extraña; no se les admira, se les compadece. Si de algo quiere estar prevenido el hombre moderno es del fracaso del quijotismo, y todo el que persigue elevados ideales es considerado un quijote, un loco ingenuo. Y es que el criterio que se viene utilizando para el ordenamiento moral de la vida tiende a ser el mismo que el criterio universal de una sociedad tecnificada: la eficacia práctica, la utilidad, la solución rápida de los problemas. Pero no hay postura más opuesta a la moral que la que busca el interés en la relación con las personas. La moral es, por definición, un ideal, es decir, una visión no utilitaria de las cosas, y si queremos aplicar a la vida el cálculo realista, corremos el peligro de vivir la vida al margen de la moral.

Tan arraigado está este criterio pragmático en el alma de nuestros contemporáneos, que incluso la vida íntima del amor se ve sometida al cálculo, como si de un negocio práctico se tratara. Al amor se le ha privado del idealismo romántico, que es su forma esencial, porque está viciado de precaución y de desconfianza. Amar es comprometerse y ser fiel al que se ama, y no hay verdadero amor si no está animado por ese idealismo que nos hace ser superiores a nosotros mismos. Pero tan elemental principio suena hoy a literatura trasnochada. Se ha conseguido, por práctica y por ley, ejercer la tendencia natural del amor sin necesidad de atarnos con compromisos, porque, se dice, así lo aconseja una visión realista de las cosas. El amor y el matrimonio, sin embargo, quedan destruidos en su misma esencia si se va a ellos con recelo, con ánimo de guardarnos bien las espaldas ante el previsible fracaso. El hombre moderno se ve incapacitado de asumir las responsabilidades y sacrificios de la entrega total a otra persona, porque, a fuer de realista, ya no puede asumir un elevado ideal.

El criterio pragmático ante la vida es consecuencia del escepticismo, de una desilusión profunda acerca de las personas y de las cosas, y es esto lo que nos ocurre en mayor o menor medida a todos. Estamos de vuelta de muchas cosas, de casi todas las cosas. Nuestra generación tiene experiencia excesiva de fracasos y prefiere curarse en salud no comprometiéndose en nada. Pero sobre el pesimismo jamás puede florecer una vida de ideales. Luchar por un ideal requiere una fe ilusionada, y el hombre moderno no tiene fe ni siquiera en sí mismo. Esa crítica implacable y corrosiva a la que son sometidos todos los principios y valores morales ha tenido como efecto, entre otras cosas, hacer imposible un ordenamiento ilusionado de la existencia. Y no es difícil descubrir cierto sentimiento de desesperación bajo la vida de placer frenético a la que se ha lanzado el hombre moderno. No es una expansión de la vida, sino la convulsión de una enfermedad; no es un objetivo que se persigue, sino una huida. Cuando las ilusiones faltan, la vida de placer es el recurso al que se acude para no enfrentarnos con la derrota y el vacío.

Por otra parte, ese realismo o pragmatismo de que hoy se hace gala es el más claro indicio de que se adopta una postura de egoísmo consciente ante la vida y ante las personas. Si el hombre de ideales es el hombre de la generosidad y de la entrega confiada, el realista, por el contrario, es el hombre interesado, conscientemente interesado en sacar el máximo provecho de las relaciones humanas. Y es triste saber que esta actitud mezquina tiene en nuestros días innumerables partidarios. Se puede comprender el egoísmo inconsciente, que es patrimonio común de la miseria mana; pero resulta inaceptable hacer del egoísmo, voluntariamente elegido, la mejor fórmula para andar por la vida. No queremos vivir de ideales, porque no queremos la superación y el sacrificio; y no queremos sacrificios, porque hemos elegido con premeditación y alevosía ser egoístas. La disolución de los ideales nos lleva necesariamente a eso, al cinismo inhumano. Ninguna relación humana puede ser auténtica si está condicionada por las prevenciones del realismo egoísta.

La libertad vacía

La afirmación paradójica de Sartre —«estamos condenados a ser libres»— pudiera tomarse hoy como una descripción bastante exacta de la situación moral de Occidente. Una libertad sin ideales que realizar, más que una gozosa posesión, es, en efecto, un peso que debemos arrastrar hacia el horizonte vacío. Porque nuestra situación es ésta: sabernos libres y no saber qué hacer con nuestra libertad. Son ya muchos los que, en lo más íntimo de su ánimo, se formulan esta terrible pregunta: libertad… ¿para qué? Tal situación, sin embargo, no es propia de la condición humana, como creía Sartre, sino que es resultado directo de la destrucción de valores que hemos consumado. En nombre de la libertad hemos destruido principios, valores e ideales; pero, una vez consumada la destrucción, esa libertad es un movimiento hacia ningún fin. La tragedia de Occidente ha consistido en conquistar la libertad para todos y, a la vez, en destruir los valores ideales que la guían y le dan contenido. Estamos bastante equivocados sobre la filosofía de la libertad, a pesar de que siempre la tenemos en la boca. Cuando estamos privados de ella, la libertad es, ciertamente, el más alto ideal que se puede conquistar; pero, cuando ya se tiene, se convierte en angustia si no se le ofrece ningún horizonte a realizar. Nuestra generación pide y proclama la libertad por la libertad misma, sin más; pero no sabe que con ello está pidiendo y proclamando una libertad vacía.

La libertad desorientada y vacía es el origen de esa contestación agresiva que invade el ánimo de nuestra juventud con tanta frecuencia. No es una libertad «para» algo, sino una libertad «contra» todo. La libertad orientada es la que busca la propia realización sobre valores firmes, la que asume el deber responsable y la que es exquisitamente respetuosa con los derechos de los demás. Siempre es creadora y nunca destructiva. La juventud actual, por el contrario, no sabe en realidad lo que quiere: da palos de ciego impulsada por el deseo de algo, imposible de concretizar. Pero no hay mayor fuerza destructiva que la fuerza desorientada. Si no existen cauces para la libertad, esa fuerza se gastará inútilmente en gestos, en protestas y en grandes contradicciones, pero nada positivo saldrá de una ilusión confusa que no sabe a qué aplicarse. El grito agresivo de nuestra juventud —«queremos ser libres!»— ha de interpretarse como una petición angustiada de horizontes —«queremos ideales para nuestra libertad!»—. El mal, por tanto, no está fuera de nosotros en las estructuras que es necesario eliminar, sino que está dentro de la libertad misma, en la conciencia de su vacío.

La libertad que carece de ideales produce siempre actos gratuitos, sin ninguna razón sólida que los justifique: se hacen las cosas porque sí, con la única finalidad de demostrar que se es libre. De actos y de posturas gratuitas está llena nuestra vida colectiva. Pensemos en tantos movimientos y modas de irracional protesta que son ya como la fisonomía de la época. Si preguntásemos por qué protestan, probablemente nos darían una respuesta desconcertante, pero no falsa: por todo y por nada. Esa imposibilidad de determinar qué nos pasa o qué queremos es la mejor prueba de que la libertad sin ideales nos resulta incómoda. Y el disgusto ante la vida se traduce en gestos de provocación y de desafío. Es bien sabido que los caprichos de «enfant terrible» sobreabundan donde sobreabunda la libertad, pero la libertad ociosa, sin contenido. Cuando no hay nada por qué luchar, la libertad disfraza su frustración con postura de desenfado que a nada conducen. El «hago tal cosa, porque es razonable» se convierte en «hago tal cosa, porque me da la gana». La libertad sin rumbo ya no es constructiva, sino pasión anárquica que hace imposible la convivencia; ya no es un afán de defender la propia dignidad espiritual, sino dar rienda suelta a la espontaneidad pura de los instintos.

La decadencia de las ideologías

En el sentimiento de la gente, particularmente entre los jóvenes, se puede detectar un creciente escepticismo y desconfianza hacia las ideologías, hacia todas las ideologías. Cualquier visión de la vida en términos de ideas —sean morales, religiosas o políticas— no despierta más que desdén o indiferencia. Las posturas «pasotistas», como hoy se dice en plástico barbarismo, no son una simple moda, sino que revelan una filosofía profundamente escéptica hacia cualquier doctrina que intente explicar y orientar la vida. «Pasar de todo» quiere decir que no tiene cuenta comprometerse por ideas y concepciones mentales que, al fin y al cabo, nada arreglan y todo lo complican. Al parecer, hoy en día existen innumerables partidarios de una vida no condicionada por el fastidio de las ideas; quieren vivir, simplemente, al ritmo espontáneo que marcan las cosas.

Es evidente que el fenómeno social y cultural del «pasotismo», al ir en contra de las ideologías, va también a favor de una vida sin ideales elevados. Lo uno va implícito en lo otro. Todo ideal, en efecto, surge de una determinada explicación, de una determinada filosofía sobre el hombre y sobre la vida. Se tiene un ideal comunista o cristiano, por ejemplo cuando aceptamos la visión de la vida que nos da una u otra doctrina. Por eso, querer estar al margen de las ideas y de las filosofías puede, tal vez, estar justificado por un desencanto, pero indica que hemos optado vivir al margen de los ideales. Las ideas no son un lujo superfluo del que podamos prescindir cuando queramos.

¿A qué se debe este expandido escepticismo y animadversión hacia las ideologías? Muy probablemente, a la confusión y desencanto que han causado. Circulan demasiadas ideas, demasiadas doctrinas de uno y otro signo por nuestra sociedad. En culturas abiertas a todos los vientos, como la nuestra, es inevitable que una doctrina venga desmentida por otra, y ésta por otra, causando la confusión y el desconcierto. Por otra parte, el alud de críticas que cada día se vierte contra los principios doctrinales que ayer parecían sólidos, pero que tampoco dan una solución de recambio, contribuyen a la expansión del relativismo. Estamos inundados de palabras, sólo palabras, y no es extraño que la algarabía que produce tanto doctrinario nos suene a música celestial. Las palabras y las ideas —se dice— van por una parte, pero la vida real va por la otra. Y se prefiere vivir sin complicaciones, aunque la vida sea pobre, que vivir preocupados con ideas que nada solucionan.

Que ya no hay ideales colectivos lo demuestra, sobre todo, la decadencia de las ideologías políticas. La política, en su sentido más elevado, es siempre un ideal colectivo llamado a aunar esfuerzos e ilusiones y, de hecho, la mayoría de las ilusiones históricas son de carácter político. Hubo un tiempo, todavía no lejano, que la ideología de la izquierda despertaba en Europa todos los alicientes de un verdadero idealismo. Una buena parte de la ilusión renovadora de la juventud era canalizada por esa ideología. Pero el famoso «mayo francés» del sesenta y ocho fue como el canto de cisne del idealismo político. Hoy pocos creen en la política y en los políticos, y es la juventud, precisamente, la que da más muestras de apoliticismo. La implacable realidad ha sido la encargada de demostrar que ciertos idealismos son pura utopía, porque la calidad de vida sigue siendo la misma, o casi la misma, en un régimen político o en otro. Todo el mundo parece darse cuenta de que la política, más que un ideal, es el arte de lo posible —y cada día hay menos posibilidades—, y de que, más que una ideología, es una ciencia que obedece a las leyes implacables, aunque esas leyes no nos gusten. Tal vez sea esto un gran descubrimiento para hacernos más moderados, lo cual siempre es bueno en política; pero, desde el punto de vista que tratamos, es un fenómeno preocupante. La falta de ilusión política —y hay muchas lecciones en la historia que lo demuestran—puede ser un signo claro de que nuestra civilización ha entrado en la decadencia.

Isaac Riera

Isaac Riera Fernández es sacerdote Misionero del Sagrado Corazón, licenciado en filosofía por la Univ. Gregoriana de Roma, doctor en filosofía por la Univ. de Valencia y escritor.