La crisis de la evangelización

La presencia activa de la Iglesia en el mundo contemporáneo ha sido, como ya es fama, el gran principio inspirador del Concilio Vaticano II. Es decir, el Concilio quiso una Iglesia comprometida de la cabeza a los pies en el gran desafío de la evangelización de nuestro mundo. Por eso fue eminentemente un Concilio pastoral. Todos los cambios operados en la Iglesia, tanto de mentalidad como prácticos, no han tenido más fin que obtener un mayor dinamismo evangelizador y una mayor pureza en la presentación del Mensaje. Y es obvio que, a la hora de evaluar la actuación de la Iglesia, se ha de tener bien presente esta intención programática. ¿Cuál es el resultado obtenido? ¿Hay, en verdad, más dinamismo apostólico que antes, se lleva el Mensaje a los hombres de hoy con más profundidad y eficacia?. He aquí una pregunta muy seria a la que debemos responder con realismo y sinceridad, dejando aparte disquisiciones y posturas. Porque sucede con frecuencia que las ideas partidistas nos hacen ser ciegos o que los árboles nos impiden ver el bosque. Tan clara es hoy la situación y tan reacios son muchos católicos en admitirla, que hemos de acudir a los datos puros de los sociólogos, y no ya a los directamente interesados, para salir de discusiones y de dudas. Es suficiente una visión global y neutral de las cosas para obligarnos a admitir, mal que nos pese, que la evangelización está hoy en crisis, en una grave crisis. No se trata, por supuesto, de una crisis de formas o métodos de apostolado, sino de una crisis del mismo ideal evangelizador que se encuentra hoy inhibido o, lo que es peor, desvirtuado y desviado.

La situación interna de la Iglesia, de los propios católicos, no permite hablar de la intensificación de la fe y de la práctica cristiana que nos prometíamos, salvo en pequeños grupos. Los datos de la sociología nos hablan, más bien, de un serio retroceso. Los católicos estamos hoy más divididos que nunca en cuestiones de fe y de principios, porque nos han presentado un evangelio también dividido, un evangelio contradictoriamente anunciado. Y la responsabilidad recae, naturalmente, sobre los protagonistas directos de una equívoca predicación. Tampoco se ha conseguido, no ya elevar las costumbres, sino ni tan siquiera detener su degradación, porque los evangelizadores han insistido en todo, salvo en el saneamiento y prevención de la moral íntima. Y ha descendido, en fin, la práctica religiosa, porque el mensaje que se ha comunicado a los católicos ha sido muchas veces, preciso es reconocerlo, poco o nada religioso. Si ha existido un mayor dinamismo evangelizador, no nos lo podrán demostrar, ciertamente, por resultados constatables…

De puertas afuera, hacia el mundo, tampoco la situación es la esperada. El gran desafío de iluminar el mundo laico queda, en eso, en desafío, porque no vemos por ninguna parte una extensión más larga y efectiva del Evangelio. El fervor misionero ha disminuido considerablemente y, en el ámbito cultural donde la Iglesia está implantada, han ido cayendo una tras otra las pocas leyes que eran residuos de la civilización cristiana sin apenas oposición. Es cierto que los católicos están hoy más activamente presentes en los problemas de nuestro mundo que antes. Pero, bien miradas las cosas, esa presencia se reduce a unir su voz a otras voces, a asumir posturas que la misma sociedad asume desde una perspectiva laica: lucha por los derechos humanos, por la justicia social, por la paz, etc. La mayor parte de la actuación de la Iglesia hacia el mundo es sobre valores humanos, no sobre valores específicamente cristianos. Y cuando esto ocurre, o se hace con timidez o cobardía por temor a las reacciones, o bien, conscientes de la inutilidad del esfuerzo, tienen un valor puramente testimonial con influencia íntima o nula sobre el sentir social. En cualquier caso, no se ponen los medios ni se movilizan las fuerzas para extender eficazmente el Mensaje. Parece como si los católicos, derrotados y resignados de antemano, hubiésemos renunciado a los grandes ideales evangélicos que impulsó el Concilio.

La crisis de la evangelización proviene de la crisis de los evangelizadores fundamentalmente. No se puede atribuir a las condiciones negativas de nuestro mundo, porque a un mundo parecido se enfrentaron los primeros cristianos y, sin embargo, su dinamismo apostólico fue inmenso. Algo ve, que afecta a las ideas y al espíritu, les ocurre a los evangelizadores de hoy. Y las causas principales que han determinado resultados tan negativos no son, creemos, difíciles de señalar.

La pérdida del sentido de Iglesia

Cuando los evangelizadores se desvinculan del sentir de la Iglesia, no cabe esperar que su actuación, por comprometida que sea, tenga eficacia alguna en la extensión del Reino, porque va sin fundamento. Todo auténtico evangelizador debe tener claro un principio teológico incuestionable: que es enviado por la Iglesia para predicar el mensaje de la Iglesia y para hacer Iglesia. Esta es, ante el mundo de los hombres, su única credencial. Pero si ello es cierto como principio teológico, se debe asumir sin reticencias como principio del actuar, para no incurrir en una fatal incoherencia. Y son dos los supuestos irrenunciables de los que debe partir el evangelizador, como recuerda la «Evangelii nuntiandi» de Pablo VI. Uno, que la doctrina de la Iglesia institucional, la visible, coincide con el contenido del Evangelio; y otro, que no se cumple la evangelización sin ella, ni mucho menos contra ella. Si no se asumen firmemente estos dos supuestos, la evangelización corre un serio peligro de ir sin fundamento, de no ser evangelización. No se puede, pues, «ir por libre» a cristianizar a las gentes; cuando alguien toma esta postura, ya no predica el Evangelio, sino que «se predica a si mismo» (2 Cor. 4, 5). Es decir, deja de ejercer el «ministerio» de la transmisión del Mensaje y sólo actúa a título particular, mal que le pese.

Ahora bien, preciso es reconocer que muchos evangelizadores más de los que se cree han puesto en tela de juicio este doble supuesto. No se han sentido identificados con la Iglesia institucional y, en consecuencia, no han actuado de acuerdo con ella. A nivel teórico, no sólo no se ha admitido el nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización, sino que se ha llegado incluso a contraponer el Evangelio a esta Iglesia visible, resucitando, pero con un sentido todavía más radical, posturas de los reformadores de antaño. Y a nivel práctico, son muy pocos los evangelizadores que siguen las directrices doctrinales y pastorales de la Iglesia en materias de fe, de disciplina sacramental o de costumbres. Los hechos están ahí y no cabe negarlos. A la hora de actuar, cada evangelizador hace su propio discernimiento. Partiendo del principio de que hay mucha doctrina dura y espuria en la Iglesia institucional, se han dedicado a silenciar, a interpretar o a eliminar todo aquello, y es mucho, que a su juicio resulta «inaceptable» para el hombre de hoy. Y partiendo también del principio de que el «aparato» institucional es ineficaz, se han lanzado con osadía a «cristianizar» haciendo caso omiso de las normas eclesiásticas y poniendo, en su lugar, los propios inventos. El fundamento mismo de la evangelización queda, de esta suerte, en entredicho. Ya no es la Iglesia la que evangeliza a través de sus ministros, puesto que no se reconoce a sí misma en ellos.

No se puede esperar nada positivo de una postura que, ya en sí misma, encierra una formidable contradicción. ¿Cómo, en efecto, hacer Iglesia, sin confiar en la Iglesia y sentirse Iglesia? Los resultados no pueden ser otros que los que son: lamentables. No se ha iluminado la fe de las gentes, sino que se la han confundido; sin la guía del magisterio de la Iglesia, ya no hay garantía alguna de la pureza e integridad del Mensaje, y es inevitable su adulteración en manos de las interpretaciones subjetivas. Y no se ha construido con solidez, sino que más bien se ha destruido con gravísima ligereza; sin el respaldo de la iglesia, «experta en humanidad», es inevitable que el celo innovador, creyendo hacer lo mejor, vaya hacia lo peor. Y en esto estamos. Para explicarnos tanto fracaso deberíamos tener presente esta verdad de fe: que la fuerza y fecundidad del Espíritu está prometida por Cristo, no a los individuos que actúan por su cuenta, sino a la Iglesia, a esta Iglesia visible en la que muchos no confían.

La primacía de la acción pragmática

Es muy significativo el hecho de que, al asumir el ideal evangelizador, apenas se hable hoy de «celo por las almas», como antes, sino de «servicio al hombre». Ello indica un cambio de espíritu y, por tanto, un cambio de objetivo en la acción apostólica, porque estos dos aspectos van interrelacionados. La toma de conciencia determina las preocupaciones, y éstas determinan el sentido de la acción. Los evangelizadores de hoy parecen no estar muy preocupados por la «salvación» de las almas. Sí lo están, y mucho, por la promoción económica y social de los hombres. Esta polarización de intenciones y de energías hacia lo social ha hecho que las funciones teológicas del apóstol profeta, pastor y sacerdote se vean desvirtuadas al tomar un nuevo signo. En lugar de ser predicador del Mensaje, tiende a ser «denunciador» de injusticias; en lugar de pastor de almas, «líder» social y político; y en lugar de sacerdote que imparte vida sobrenatural, «trabajador» que intenta solucionar problemas. Es inevitable, por tanto, que la evangelización entre en crisis, al menos en su aspecto primordial de la salud de las almas. Hay una razón profunda de este cambio que tiene sus raíces en la propia filosofía de nuestro tiempo. Y es ella la primacía de la acción sobre la contemplación, del hacer sobre el ser. La transmutación de valores en la orientación de la vida también ha afectado a los hombres de la Iglesia. En lo que atañe a su propia identidad, el evangelizador de hoy se siente y se quiere, ante todo, como hombre de acción que se compromete con problemas concretos y que trabaja para solucionarlos.

Aunque se diga lo contrario, es más «profesional», que busca una preparación práctica, que «profeta», que manifiesta la fuerza del Espíritu. Piensa que lo que es válido y eficaz en el orden humano, también es eficaz en el orden del espíritu. Y todo su interés se encauza a pertrecharse de técnicas y metodologías de trabajo, esperando de las propias leyes de la psicología o de la sociología felices resultados. Hay aquí, sin embargo, una ingenuidad que delata un error teológico. Las técnicas de evangelización son útiles, pero ni las más perfeccionadas pueden reemplazar la acción del Espíritu que el mismo evangelizador debe poseer. Pero ello, por desgracia, no es así, y el evangelizador, sólo hombre de acción, se ve arrastrado en una dinámica cuyos resultados reales son, al menos en el orden del espíritu, muy exiguos y que se revelan pronto desprovistos de valor.

La primacía de la acción pragmática es, por otra parte, una de las causas de que la evangelización de hoy se oriente en exceso hacia lo temporal. En efecto, la acción tiene eficacia en sí misma cuando hay problemas concretos que resolver, no hombres que cambiar. No hay ninguna acción, ninguna técnica que consiga transformar el corazón de los hombres; pero sí hay acciones que solucionan eficazmente sus problemas materiales o sociales. He aquí cómo la primacía de la acción determina un giro total de finalidades y propósitos. El evangelizador de hoy busca más «soluciones» que «conversiones». El ser del hombre, su transformación espiritual, pasa a un segundo plano. Y así, ya no se dedicará a formar almas, un trabajo lento y oscuro, porque los hombres cambiamos muy lentamente, sino que se dedicará a solucionar problemas concretos, donde los resultados son visibles y palpables.

La adecuación que desvirtúa el Evangelio

Acercarse al hombre para hacer el Mensaje más comprensible y persuasivo es el gran principio de toda acción pastoral. El corazón del hombre ha de encontrar en la Palabra la respuesta esperada a sus necesidades espirituales más profundas, es decir, la respuesta de salvación. El evangelizador, por consiguiente, ha de saber discernir y comprender las auténticas exigencias humanas, por una parte, y ha de presentar el Mensaje positivamente atractivamente, por la otra. Porque en definitiva, evangelizar no es imponer ni tan siquiera convencer, sino responder. En esto se funda la necesidad, tantas veces invocada, de la adecuación pastoral, de «hacerse todo todos» (1 Cor. 9, 22). Nunca se puede esperar, sin embargo, que todos comprendan y acepten todo el Mensaje como ocurrió con Cristo y los Apóstoles, serán muchos los que rechacen ciertas exigencias del Evangelio, cuya dureza les parece «necedad y escándalo» (1 Cor. 1, 23). La adecuación pastoral, sin embargo, ha sido mal entendida y peor aún practicada por muchos evangelizadores. Adecuar el Evangelio no es ceder en sus principios; comprender al hombre de hoy no es condescender a sus pasiones. Cuando se hace esto, no sólo se desvirtúa la acción apostólica, sino que se desvirtúa el mismo contenido del Evangelio. El mundo de hoy es adverso a muchas doctrinas cristianas, y pocos son los que, para acercarse a él, están dispuestos a ser «piedra de escándalo» (1 Petr. 2, 8) por defenderlas. Son muchos más los que sucumben a un complejo de inferioridad, los que, con su postura de condescendencia, «se avergüenzan del Evangelio» (Rom. 1, 16). Sin confianza en la fuerza misma de la Palabra, hacen una selección de ella y sólo proclaman aquellas doctrinas que tienen un eco seguro y universal en el sentir colectivo: necesidad de amor, de libertad, de paz; el Evangelio, mutilado e interpretado, se convierte en una buena filosofía humana. Sin pararse a discernir cuáles son las aspiraciones buenas del hombre de hoy y cuáles son aspiraciones de su egoísmo, tienden a secundar y a consagrar las iniciativas todas de la espontaneidad humana; el Evangelio ya no es luz que guía, sino sólo palabras que acompañan. Y sin valor para hacer frente a la filosofía hedonista de nuestro tiempo, presentan palabras que no ofrecen excesiva dificultad para ser admitidas, porque poco o nada exigen; se ha hecho un Evangelio acomodaticio, a la medida del hombre.

Es fácil comprender que, con esta postura de condescendencia a ultranza, se viene abajo el sentido mismo del mensaje revelado. En efecto, el Evangelio pierde su carácter de Buena Noticia, de novedad esperada, porque nada aporta a los hombres que los hombres no sepan ya. Y pierde, sobre todo, su carácter de palabra y de fuerza salvadora, porque deja al hombre tal como está, sin elevarlo sobre su propia condición hacia una vida nueva. No se ha entendido bien en qué sentido el Evangelio responde al hombre; no se ha entendido la «paradoja» de que el negarse a sí mismo es condición para que el hombre se encuentre en Dios, de que la renuncia a muchas dimensiones de lo humano es necesaria para un nuevo nacer en la luz de la fe. La adecuación del Evangelio, por tanto, no puede ser hecha eliminando el Misterio de la Cruz, porque se elimina con ello el sentido mismo de la Redención cristiana.

El oscurecimiento del auténtico apóstol

La crisis de la evangelización proviene, ciertamente, de ideas y posturas erróneas, pero también de la crisis espiritual del mismo evangelizador. Tal vez sea esta la causa más radical y profunda.

El abandono de la vida en Dios no sólo puede llevar al evangelizador a una crisis de identidad, sino que vuelve su acción, por generosa que se la suponga, completamente ineficaz en las cosas de Dios. Nunca se meditará bastante que la acción apostólica es, ante todo, «fuerza del Espíritu» (Luc. 4, 14), y que, si la vida del apóstol no está transformada en el Amor, sus palabras y trabajos serán como «campana que suena o címbalo que retiñe» (1 Cor. 13, 1). Y hay una razón profunda de que esto sea así: el auténtico apóstol no «hace», sino qué comunica espontáneamente, vitalmente, el Amor que él mismo tiene. Porque, propiamente hablando, no es él el protagonista y autor de la salvación, sino que sólo es el «instrumento» del Espíritu; por eso la eficacia de sus actos depende directamente de la unión, que, como instrumento, tenga con el Autor de la salvación.

Si tal es la condición del apóstol, es fácil entender que su propia vida interior, su unión con Dios, es la «preparación» fundamental que le es necesaria. Todo lo demás es puramente complementario. Vemos sin embargo que toda la confianza se deposita en la preparación técnica o que, con frecuencia, la misma acción apostólica lleva al abandono de la oración. El evangelizador de hoy es, tal vez, un gran trabajador, pero no es un místico, no es un hombre de espíritu que tiene, en consecuencia, poca luz y poco amor de comunicar desde si mismo.

Se ha dicho, con razón, que el apóstol ha de ser un «testigo», porque el mundo de hoy ya no reacciona ante las meras palabras. Pero debiéramos preguntarnos si el apóstol vive lo que cree y si predica verdaderamente lo que vive. Porque ocurre que su «testimonio» es, con frecuencia, testimonie de gestos, de posturas y de acusaciones, pero no un testimonio del Espíritu.

Cuando el evangelizador no está unido a Dios, corre, además, un serio peligro de entender mal la eficacia del verdadero apostolado. Hay que esperarlo todo de la acción de Dios, y no del valor de la acción propia. De ahí que no se puede juzgar de avance y retroceso, de éxito y de fracaso como juzgamos de las cosas humanas. El bien sobrenatural se da siempre en lo invisible y en lo imprevisible y se cosecha, por supuesto, en lo eterno. Muchos evangelizadores, quizá los más comprometidos en cierta acción, han terminado por abandonar la brecha y la vocación, porque juzgaron el éxito y el fracaso desde unas coordenadas puramente humanas. Olvidaron que la función única del apóstol es sembrar con fe, con esperanza y con amor, pero sólo es Dios «quien da el fruto y el incremento» (1 Cor. 2, 6). Por eso, el auténtico apóstol debe saber esperar y debe, sobre todo, aceptar el sentirse impotente y no ser casi nunca comprendido. Su Maestro no le ha prometido éxitos brillantes, porque El mismo, humanamente hablando, no los tuvo. Ponerse a soñar con una Iglesia triunfante, comprendida y aplaudida, es una peligrosa tentación, porque entra en juego aquí otra sabiduría redentora. La eficacia, una vez más, viene a través del Misterio de la Cruz: «La Iglesia, como Cristo, debe estar en agonía hasta el fin del mundo.» (B. Pascal.)

Isaac Riera

Isaac Riera Fernández es sacerdote Misionero del Sagrado Corazón, licenciado en filosofía por la Univ. Gregoriana de Roma, doctor en filosofía por la Univ. de Valencia y escritor.