La inquietud radical humana

La filosofía sobre el hombre es el tema recurrente de la mitología griega, y en el Mito de Sísifo, título de un famoso ensayo de A. Camus, podemos ver una dramática alegoría de la inquietud y trabajos de la condición humana. Sísifo fue condenado por los dioses a perder la vista y a empujar perpetuamente un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y empujarlo nuevamente hasta la cumbre, y así indefinidamente. Tal es la condición humana: con el fin de alcanzar la ansiada paz y felicidad, hacemos de nuestra vida un esfuerzo y sacrificio constantes hacia esa meta; pero nunca lo logramos, y nuestra inquietud jamás queda saciada. El ser humano es radical y constitutivamente un ser inquieto, esto es, un ser cuyos pensamientos y deseos se orientan a una meta inalcanzable en este mundo, y aunque seamos conscientes de ello, estamos condenados a seguir anhelando y trabajando hacia ese objetivo.

Y así es la vida, la vida humana de la que tanto hablamos por experiencia. Vida es sinónimo de movimiento, de ilusión, de trabajo, pero también de preocupaciones, de frustraciones y de sufrimientos. Por debajo de los muchos objetivos que nos proponemos, fluye el río continuo de una inquietud insaciable. Todos y cada uno de los humanos tenemos, en nuestro interior, esta experiencia dramática de lo que es la vida como inquietud constitutiva: siempre preocupados por uno u otro motivo, siempre soñando y proyectando distintos horizontes, siempre ansiando y anhelando algún objetivo, siempre trabajando y sufriendo por múltiples causas; pero a la vez, nunca descansando en las metas alcanzadas, nunca satisfechos por lo que hemos logrado, nunca seguros después de tantos trabajos, nunca felices por la ilusión realizada. Esta experiencia universal hace justificada esta definición: la vida humana es una cadena de deseos en el que cada eslabón se une a otro sin hallar nunca el enganche final.

La inquietud radical humana manifiesta que nuestros deseos conscientes, cuando los realizamos, nunca coinciden con el deseo constitutivo de nuestro espíritu en busca de la felicidad y la plena realización de uno mismo, y por eso estamos siempre insatisfechos. El filósofo M. Blondel, en su obra La acción (1898), nos frece una explicación de esta dinámica del deseo humano. En el espíritu humano, dice Blondel, hay un doble deseo; por una parte, el deseo consiente de un objetivo determinado, que el pensamiento nos presenta como nuestra satisfacción y realización; y por otra, el deseo profundo de otra clase de felicidad y realización completa, que siempre está más allá del bien concreto alcanzado. Según esto, el espíritu humano se define como una inadecuación continua, como un desajuste irremediable entre lo que queremos conscientemente y lo que queremos radicalmente, y es esa desproporción la que nos vuelve inquietos y nos impulsa a buscar la felicidad ignorada e imposible.

Vivir hacia el futuro

En su famosa obra Ser y Tiempo, el filósofo Heidegger define al hombre como el ser preocupado, porque, en efecto, todos nuestros pensamientos y deseos, cualesquiera que estos sean, giran en torno a preocupaciones sobre el futuro, sea esperando, sea soñando, sea temiendo, sea preparándonos y trabajando para algo que no está en el presente. Y ello no es un defecto que se pueda corregir, sino la dinámica constitutiva del espíritu humano, y que explica por qué la vida humana es inquietud radical. A diferencia del animal que vive sólo el presente, el ser humano vive interiormente y a la vez el pasado, el presente y el futuro, y estos tres momentos de la temporalidad hacen muy complicada nuestra psicología: lo que hacemos en el presente está siempre condicionado por las experiencias pasadas, por una parte, y cargado de expectativas hacia el futuro, por la otra. En definitiva, nunca vivimos en nosotros mismos, sino siempre más allá, hacia el porvenir, en el temor, el deseo y la esperanza.

Si la vida humana es vivida como un vector hacia el futuro, se comprende que sea la esperanza nuestro impulso fundamental. La vida sana es ilusión de bienes que están por venir y de objetivos que esperamos alcanzar, y cuando perdemos la ilusión caemos en la enfermedad existencial de la depresión, tan frecuente en nuestro tiempo. Vivir es esperar, y mientras vivimos nuestro pensamiento está puesto más allá de lo que hacemos, en el horizonte hacia el que caminamos, y por eso Heidegger dice que el hombre es el ser de la lejanía. En efecto, lo que soñamos y anhelamos nunca está al alcance de la mano, sino que siempre está más lejos de lo que creíamos, convirtiendo nuestra vida en un continuo caminar sin descanso. Y es esta esperanza de mayor bienestar y felicidad la que ha transformado nuestro mundo, porque los infinitos inventos que ha fabricado y fabrica la inteligencia del hombre son instrumentos o medios para este supremo fin; es el reino de la razón instrumental.

En la inquietud humana animada por la esperanza radica el ideal del progreso, una de las palabras claves y más repetidas de la modernidad. Progreso quiere decir movimiento hacia arriba, deseo de cambio, búsqueda de mayor perfección; todos ellos conceptos que se incluyen en su definición y que encontramos tanto en la vida personal de los individuos, como en la vida social de los pueblos. En nuestra vida individual, los seres humanos siempre estamos impulsado y animados por la inquietud hacia nuestra mayor perfección, buscando progresar en conocimientos y en bienestar, y este ideal de progreso es inseparable de la condición humana. Y en la vida social y política, el progreso es la palabra talismán, cada día pronunciada por todos los políticos en su deseo de cambio social, de mayor justicia y de mayor libertad; la historia de la humanidad en su conjunto es la historia de un progreso constante en todos los órdenes, es la historia de la inquietud radical humana.

El ser eternamente insatisfecho

Cuando al nacer salimos del seno materno, lo hacemos siempre llorando -somos los únicos entre todos los animales que nacemos llorando- como si nuestro destino en la vida fuese la insatisfacción y el sufrimiento. El nacimiento biológico, en efecto, no es sólo nacer a la vida humana física, sino entrar en un mundo en el que nos esperan estas cosas: sufrimientos, luchas, insatisfacciones…, inquietudes, en una palabra. En el nacimiento de cada persona comienza el punto de partida de un caminar en el que no hay descanso sino en la muerte. (Es significativo que digamos “descanse en paz” cuando alguien muere, porque en esa palabra ya va dicho que la vida humana es, bien miradas las cosas, inquietudes y trabajos). El hombre se distingue del animal no sólo por la razón y la libertad, sino también por la profunda dinámica de su deseo; el animal encuentra en la naturaleza el objetivo pleno de su deseo, pero el hombre nunca se sacia con los bienes de la naturaleza: es el eterno insatisfecho.

Esta inquietud de eternos insatisfechos la manifestamos los humanos tanto en las contrariedades, como en los éxitos. En las contrariedades, no sólo experimentamos la frustración de una necesidad natural o el dolor producido por un mal físico, tal como ocurre en los animales, sino que junto con el cuerpo sufre nuestro espíritu; y con frecuencia el dolor del alma es más fuerte que el dolor del cuerpo; se puede decir que los animales tienen dolor, pero los hombres tenemos sufrimiento, pues esta experiencia tiene una hondura anímica que no existe en el mero dolor físico. Y en los éxitos, sólo encontramos un descanso momentáneo y fugaz en la dinámica de nuestros deseos, pues la consecución de un objetivo, por bueno que se le suponga, es siempre un nuevo punto de partida hacia otro objetivo, y éste hacia otro, y así sucesivamente en la carrera interminable hacia una felicidad desconocida e imposible; nos consideramos “felices” cuando no tenemos sufrimientos importantes.

La insatisfacción constante en nuestro ser es también la causa de una buena parte de los problemas humanos que nos complican la vida. Hay problemas objetivos ajenos a la voluntad del hombre que pueden hallar solución- la enfermedad, la penuria económica o las circunstancias sociales, por ejemplo -, pero hay problemas que radican en el modo de ser y de comportarse de las personas, para los que no hay solución posible, y son éstos los más desesperantes. En su dimensión interna, el hombre es un problema para sí mismo, y en su dimensión social, el hombre es un problema para los demás, y la causa de ello no es otra que la insatisfacción de su corazón inquieto. No encontramos sentido a las cosas que tenemos porque no logran calmar nuestra inquietud, y por eso caemos en la angustia existencial y la desesperación, y no nos sentimos felices en la convivencia con los demás; y por eso somos tan propensos al enfado, las riñas y la agresividad, muchas veces sin causa que lo justifique.

Peregrino hacia la Verdad y el Bien

Las características totalmente singulares que el hombre tiene en comparación con todos los demás seres de la naturaleza, obliga a la reflexión a dar dos afirmaciones sumamente importantes. Por una parte, si el hombre es un ser radical y constitutivamente inquieto, de tal manera que jamás logra satisfacer sus deseos en los bienes que le ofrece la naturaleza, tal como ocurre en los animales, sino que siempre está en desarmonía con su mundo físico, se debe concluir que además de ser un cuerpo con sus necesidades específicas, también es espíritu con las características propias del mismo. Y por otra parte, si el hombre busca siempre la verdad como respuesta a los grandes enigmas de la vida sin poder encontrarla, y desea la felicidad como plena realización de sí mismo sin poder lograrla, se debe concluir que su fin último no está en este mundo, sino en Dios, Verdad total y Bien infinito hacia el que se encamina sin saberlo. Somos peregrinos hacia lo Absoluto.

Digan lo que digan los materialistas y los ateos, es ésta la conclusión filosófica más razonable, porque su posición implica, correlativamente a lo dicho, dos grandes absurdos. Por una parte, ¿cómo explicar que entre los millones de especies animales sólo la especie humana, justamente la más tardía en el proceso de la evolución, tenga una manera de pensar y de desear esencialmente distinta a la del animal?; ¿no es el hombre una excepción inexplicable para las leyes generales de la naturaleza?. Y por otra parte, ¿cómo es posible que la naturaleza haya producido un ser que no encuentra acomodo en la propia naturaleza, sino que está en perpetua desarmonía con ella?; ¿hemos de admitir que el hombre, como dice Sartre, es -una pasión inútil- porque desea lo imposible, o es más razonable afirmar que el destino final de su ser no es este mundo, sino Dios?. No hay, no puede haber explicación convincente alguna del drama humano si lo circunscribimos al ámbito exclusivo de la naturaleza.

Si se estudia en profundidad la cuestión, vemos que el tema del hombre va unido al tema de Dios, en el sentido de que no se puede comprender la dinámica del espíritu humano sin referencia a un Absoluto que sea la Verdad y el Bien, objetivo final de su radical inquietud. A Dios se puede ir a través de la naturaleza, que es incomprensible sin un Creador y un Ordenador, y a través del hombre, que es incomprensible sin una Verdad y un Bien absolutos como destino final de su espíritu. S. Agustín resume la gran cuestión del hombre, con todos sus problemas e inquietudes, en una famosa frase: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón sólo descansa en Ti”. Todas las antropologías modernas que estudian al hombre sin incluir a Dios en su dinámica se ven condenadas, o bien a convertirlo en un drama sin sentido, olvidando su grandeza, o bien a hacer del hombre una especie de dios que no necesita a nadie, olvidando su miseria. Sólo la teología cristiana comprende en sus justos términos lo que es el hombre.

Isaac Riera

Isaac Riera Fernández es sacerdote Misionero del Sagrado Corazón, licenciado en filosofía por la Univ. Gregoriana de Roma, doctor en filosofía por la Univ. de Valencia y escritor.