Libre mercado vs Libre comercio. Análisis de un TIMO

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¡Qué difícil es luchar contra algo que lleva la palabra “libre”! ¿Qué objetivo tacticista puede existir, para bautizar con el nombre de “libre” algo que no lo es? Lo “libre” va más allá de lo políticamente correcto, nadie se atreve a cuestionarlo y mucho menos, organizaciones, sindicatos agrarios y partidos políticos que se valen de lo políticamente correcto para tener a la desinformada y manipulada masa social de su lado.

Los partidarios del Libre Comercio Internacional procuran, intencionadamente, que los ciudadanos confundan este término con el Libre Mercado o Economía de Mercado, que constituye la base de nuestro progreso económico y rige, como modelo económico incuestionable, nuestro mundo occidental.

Con los Tratados de Libre Comercio Internacional, Europa se ha saturado de productos agrícolas externos a la UE, lo que provoca una caída de precios inasumible por los agricultores europeos: los agricultores se están arruinando y el campo europeo está en un proceso claro de desaparición.

Si el problema es que hemos abierto el mercado, la solución obvia es cerrarlo o al menos limitarlo, regresando a las defensas comerciales de los aranceles compensatorios y las limitaciones en volumen de entradas. Pero curiosamente nadie quiere hablar de esta solución: asociaciones, organizaciones y sindicatos agrarios y, como no, nuestros políticos nos dicen que estamos en un mundo globalizado; que no se puede ir contra el Libre Comercio; que el mercado es de todos y lo que tenemos que hacer, según ellos, es evolucionar y hacernos más competitivos ofertando más calidad. Como mucho, las organizaciones agrarias se atreven a reivindicar una supuesta igualdad de competencia exigiendo reciprocidad fitosanitaria a los países terceros y tratamiento en frio durante el transporte para evitar que nos traigan plagas endémicas de sus países.

La trampa ha sido tendida, el agricultor traga el anzuelo y no protesta, solo se lamenta y se muestra confundido.

Pero no sucumbamos a la falsedad de los oscuros intereses que se esconden tras la cara amable del Libre Comercio. Metámonos en el barrizal de este confuso y enmascarado concepto, analicemos que hay detrás de él y descubramos la dictadura del poder de grandes inversores multinacionales que consiguen extraordinarias ventajas esclavizando a los ciudadanos de países pobres y arruinando a los negocios familiares de los países más avanzados. Veamos pues como el Libre Comercio Internacional, no solo no tiene nada que ver con el Libre Mercado, sino que, por el contrario, va contra el principio de libre y justa competencia que caracteriza a este.

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LIBRE MERCADO

El Libre Mercado o Economía de Mercado, es aquel en donde los precios de los bienes y servicios se rigen por la denominada ley de oferta y demanda en un entorno de libre y justa competencia, de modo que no exista la coacción, ni el fraude, ni ayudas estatales distintas a unos que a otros, ni ningún tipo de ventaja económica o legal; todos juegan con la misma baraja, y para que no haya trampas, las cartas están sin marcar. Es decir, que para que exista libre competencia todo debe de moverse en un entorno: económico, legal y jurídico, igual o, como poco, parecido.

El medio natural donde todas las características son iguales es dentro de un mismo estado-nación, en donde los salarios y costes de producción son iguales; se juega con una misma divisa y todo el mundo queda sujeto a un mismo marco normativo y legal.

Los teóricos más ultraliberales afirman que el mercado se regula solo, siendo beneficioso tanto para los consumidores, por la bajada de precios consecuencia de la competencia, como para los productores, que consiguen mayores beneficios a base de una activación del consumo, que les reporta mayores ventas y la optimización de su producción, fruto de esa misma competencia.

Pero en la práctica, en la economía de mercado aparecen ciertos peligros que obligan a la intervención de los estados para regularlos y limitarlos, por lo que, en realidad, debemos hablar de economía mixta Libre Mercado/Mercado regulado. Enumeremos algunas de estas amenazas:

  1. Aparición de Monopolios y Oligopolios: Como en cualquier competición, puede ocurrir que alguien consiga vencer en esa carrera de calidad-precio, eliminando a todos sus competidores, momento a partir del cual los precios pasan a ser impuestos por el vencedor o vencedores. Nacen de este modo los Monopolios y los Oligopolios, y con ellos, ante la falta de competencia, el Libre Mercado muere.
  2. La Especulación: Pueden existir bienes que generen un gran interés para la inversión, y debido a una gran demanda, comiencen a subir progresivamente hasta cotas muy por encima de su valor real a la vez que se genera una innecesaria sobreproducción muy por encima de las necesidades reales del mercado. Esta burbuja aumenta y aumenta, hasta que alcanza su límite de resistencia, y la burbuja revienta; muchos inversores sienten la necesidad de vender para recuperar su inversión y, ante la fuerte oferta, el valor del producto se desploma. En España, esta experiencia la hemos vivido con la denominada “burbuja inmobiliaria”, que fue subiendo y subiendo hasta que se pinchó.
  3. Mundo laboral: Por último, para impedir los abusos laborales y los salarios esclavos, los estados y los agentes sociales también regulan mínimamente el mundo del trabajo, estableciendo el Salario Mínimo Interprofesional y pactando convenios laborales.

Al final, vemos que el Libre Mercado puro no existe, y los estados, con sus leyes y con sus impuestos, intervienen en la economía regulando lo que consideran conveniente, existiendo estados más o menos intervencionistas, por lo que el mercado será más o menos libre en función de dicha intervención.

EL LIBRE MERCADO DE LA UNIÓN EUROPEA

La Unión Europea nace principalmente con un espíritu económico en 1959 con el Tratado de Roma con el nombre de Comunidad Económica Europea (CEE). En su concepción teórica, entre los países miembros se establecía el transito libre de personas, mercancías, servicios y capitales.

La libre circulación de mercancías se basa en la eliminación de los derechos de aduana y de cualquier otra restricción comercial en las relaciones comerciales entre países distintos.

Como las diferencias en el nivel de vida podían suponer ventajas comerciales de unos países con respecto a otros, en la CEE se estableció:

  1. Que para el ingreso se debían de alcanzar unos mínimos económicos nacionales que permitieran la confluencia con el resto de países.
  2. Se estableció una moneda única a los efectos de que los estados no pudieran jugar con el valor de la suya y así conseguir ventajas comerciales
  3. Para proteger el mercado más sensible, el de la alimentación agropecuaria, se estableció una política Agraria Común (PAC) y dentro de ella se establecieron unas ayudas a los productores (pago único) que, para compensar la menor competitividad comercial de los países con costes de producción más altos, debido a mayor nivel de vida y mejores salarios, estas ayudas serían distintas en función del país y del producto.
  4. Por último, la legislación europea debía de ser adoptada por todos los países miembros,

Es decir, que para establecer un único libre mercado con todos los países miembros de la Unión, era necesario que las condiciones económicas fueran las mismas y las reglas de juego también; condicionantes básicos de la libre y justa competencia que caracteriza un Libre Mercado

EL PRINCIPIO DE PREFERENCIA COMUNITARIO

¿Y cómo debía de defenderse el Libre Mercado Europeo de las diferencias económicas abismales de países externos y de las terribles fluctuaciones del Mercado Mundial? La respuesta la encontramos en el mismo Tratado de fundación de la Comunidad Económica Europea (CEE) de Roma en 1957, con el denominado Principio de Preferencia Comunitario.

En el Tratado de Roma se fijaron las bases de lo que sería la Política Agraria Común (PAC), en los artículos 38 a 47 del Tratado. La base del Principio de Preferencia Europeo lo encontramos implícito en el artículo 39 en el objetivo 1 c) <<estabilizar los mercados>>, y no verse, en consecuencia, sometidos a las erráticas oscilaciones de los mercados externos; y en el artículo 44.2, al disponer que los precios mínimos impuestos por los Estados miembros para garantizar el respeto de los objetivos del artículo 39 «no han de ser aplicados de manera que obstaculicen el desarrollo de una preferencia natural entre los Estados miembros».

Pero, además, el Principio de Preferencia Comunitario se establecía de forma expresa en la Conferencia Agrícola de Stresa celebrada en dicha localidad italiana del 3 al 12 de julio de 1958, en donde, en cumplimiento del artículo 43 del Tratado, los países miembros debían celebrar una conferencia para establecer una Política Agraria Común. Esta conferencia supuso, una vez aprobado el Tratado de Roma, el punto de partida para el desarrollo de la Política Agrícola Común. Quiero destacar que uno de los objetivos que se señaló en Stresa es la de Preservar la agricultura familiar

En Stresa se establecieron los tres principios básicos de la PAC:

1.- Unidad de Mercado

2.- Principio de Preferencia Comunitario

3.- Solidaridad Financiera

El Principio de Preferencia Comunitario establecía la preferencia de los productos agrarios de los países comunitarios sobre los de terceros países. Con él, se defendía al agricultor europeo de las ventajas comerciales de países terceros con costes de producción mucho más económicos, por tener salarios muy bajos y monedas muy devaluadas que hacían imposible la justa y libre competencia. Este principio autorizaba a establecer defensas comerciales con los productos externos que habían quedado eliminadas para el comercio interior por el principio de Unidad de Mercado, cumpliendo de este modo uno de los objetivos del artículo 39.

Posteriormente, en la fase inicial de la PAC, el principio de la preferencia comunitaria fue recogido formalmente en la Resolución del Consejo de diciembre de 1961 y en los Considerandos de los Reglamentos-base adoptados en los años 60 para la constitución de las primeras Organizaciones Comunes de Mercado (OCM,s) que sustituían a las Organizaciones Nacionales de Mercado.

 

EL LIBRE COMERCIO INTERNACIONAL

Pero llegó el fin de la estabilidad: Con la excusa de la necesidad de crecimiento económico de la UE, los iluminados de la comisión europea se cargaron la necesaria y más que justificada regulación del mercado.

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Según sus partidarios, el libre Comercio Internacional supone la eliminación de cualquier barrera comercial (aranceles; contingentes; cupos; requisitos sanitarios o fitosanitarios; ventanas de importación (...)), destinadas a obstaculizar el intercambio de productos entre países que funcionan como unidades económicas separadas por efecto de su legislación, de su fiscalidad, de su moneda, de sus instituciones económicas, etc. El libre comercio es la vía opuesta al proteccionismo, el cual, según los defensores del Libre comercio, tiene un efecto negativo en el crecimiento y el bienestar económico, mientras que el libre comercio activa el comercio internacional y, por tanto, tiene un efecto positivo en el crecimiento económico.

¿Es en la práctica tan bueno el Libre Comercio? Acojámonos a la galleguísima respuesta de “depende”. Va a depender fundamentalmente de con quien se hagan los acuerdos y de la necesidad real de hacerlos; se hacen con quien interesa y nadie compra lo que ya tiene. Es decir, el Libre Comercio en sí no es bueno ni malo; como en todo acuerdo, nadie te obliga a realizarlo y solo debiera de formalizarse si al menos desde tu parte el acuerdo es beneficioso.

Bajo mi punto de vista, no existe problema alguno en que las barreras comerciales desaparezcan, creando por tanto una situación de Libre Comercio, cuando se trata de países con niveles de vida parecidos: salarios, costes de producción y valor de la divisa. Igualmente, tampoco debe de existir ningún problema en eliminar los aranceles en el comercio de aquellos productos inexistentes en el país de destino. En el caso de Europa, a falta de un estudio de viabilidad más serio, podrían ser beneficiosos acuerdos de libre comercio con Japón, EEUU, Canada, Australia y países de nivel económico parecido.

En los demás casos, como demostraremos, no deja de ser una autentica anarquía comercial que solo beneficia a grandes exportadores, grandes inversores y grandes empresas multinacionales que, oliendo el negocio, invierten en los países pobres: comprando sus tierras, cultivando grandes fincas con mano de obra esclava, con escasa o nula normativa medioambiental y fitosanitaria y, finalmente, exportando masivamente sus productos a Europa (a más cantidad mayores beneficios), hundiendo con la sobreoferta los precios del mercado y arruinando las economías familiares de los países europeos, que con los elevados costes de producción propios del nivel económico de sus países y la exigente normativa ecológica y fitosanitaria de la UE., no solo ven imposible competir con ellos, sino que incluso tienen que vender por debajo de esos costes de producción, perdiendo dinero.

En el Libre Comercio, las características económicas y legislativas son las propias de cada país, por lo que se producen ventajas comerciales que, en ocasiones, serán difíciles o incluso imposibles de superar. Además, al no existir límites a la exportación, el mercado se satura y los precios irán bajando hasta alcanzar el límite de no rentabilidad del país exportador, el cual es inasumible para el productor local que malvende por debajo de los costes de producción o simplemente le es más rentable dejarlo en el campo sin recolectar.

En esas condiciones, el Libre Comercio y el Libre Mercado son conceptos opuestos, ya que ese Libre Comercio es contrario a la justa y libre competencia; las reglas de juego son distintas: a los agricultores locales se les obliga a competir con las manos y los pies atados, mientras el de fuera juega con todo.

Vimos cuando expusimos el Libre Mercado que este, a pesar de estar inmerso en las mismas condiciones socioeconómicas y legislativas, no existía en estado puro. Que ante ciertos peligros económicos y ciertos elementos sensibles, el Estado intervenía marcando cierta regulación. ¿Por qué entonces, el Comercio Internacional que se encuentra sumergido en un mundo de diferencias socioeconómicas abismales, no debiera de tener ninguna regulación?

¿Por qué, además, debemos de traer productos que nosotros producimos aquí, trasportándolos con buques ultra contaminantes? ¿Por qué, al menos no les imponemos la misma normativa medioambiental y fitosanitaria que rige en la UE? ¿Dónde está ese temor de los políticos europeos por el cambio climático? ¿Tan fuertes son los intereses que mueven el Libre Comercio que nuestros políticos hipócritas lo apoyan a sabiendas del daño medioambiental que producen? No olvidemos tampoco como quedará el paisaje en Europa cuando tras la ruina de los agricultores todos los campos queden abandonados: un yermo y desértico páramo deforestado.

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Pues a pesar de toda esa lógica, la mayor parte de los acuerdos de Libre Comercio que firma la unión Europea se están firmando con países que perjudican a la agricultura mediterránea ya que son países eminentemente agrícolas y especialmente citrícolas, con monedas muy devaluadas y con salarios mínimos interprofesionales muy bajos (Egipto 84€, Marruecos 209€, Sudafrica 221€, Egipto 422€, Argentina 264€ y Brasil 240€)

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Por el contrario, la UE se negó a incluir a la agricultura en un acuerdo de libre comercio con EEUU que hubiera beneficiado a la agricultura mediterránea, pero el Señor Juncker pensó que este acuerdo podía perjudicar a los cereales, la carne y los lácteos de centro Europa. Concretamente, el 25 de julio de 2018, el presidente norteamericano, Donald Trump, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, se reunieron en la Casa Blanca para sellar un pacto que frenara la escalada de aranceles y medidas de represalia mutuas que amenazaba con bloquear el comercio transatlántico. El desacuerdo se produce porque Donald Trump reclama incluir en el acuerdo a la agricultura y curiosamente Juncker se negó.

¿Son acaso poderosos magnates europeos los dueños de las tierras de Marruecos, Egipto y Sudáfrica y en cambio no lo son de las tierras de EEUU? (esta pregunta es retórica, en esos países existen grandes fincas de europeos) ¿Por qué hay que proteger los productos de ciertos países centroeuropeos y no hay que proteger el aceite, la aceituna, el vino, los cítricos, las verduras o la miel, productos todos ellos de los países mediterráneos? ¿Y qué dice nuestro ministro de agricultura Planas y nuestro Gobierno en funciones de estas discriminaciones con España?

No se trata, por tanto, de que estemos en un mundo globalizado y de que no haya más remedio que aceptar el Libre Comercio internacional; un acuerdo solo se firma si se está de acuerdo. Y, desgraciadamente, en la UE se hacen o no, en función de a quien benefician sin importar lo más mínimo a quien perjudican.

En definitiva, lo único libre de un acuerdo de libre comercio es la libertad para realizarlos. Beneficiar a unos en detrimento de muchos no es libre, ni ético, ni democrático. No es libre aquello que, gestándose en secreto, se le impone al afectado. No es democrático aquello en lo que interviene la presión de Lobbies trabajando en pro de sus intereses. Y, por último, no es ético aquello que beneficia a unos pocos para perjudicar a muchos.

Hay que regresar a las defensas comerciales en los casos que lo requieran, ya que el agricultor local paga sus impuestos aquí y genera trabajo aquí. Abandonarlo es una injusticia social y una irresponsabilidad, el agricultor merece esa defensa del mismo modo que la tienen otros sectores y del mismo modo que la tiene todo ciudadano en el mundo laboral.

Los aranceles compensatorios forman parte de esa defensa. No eran un capricho comercial, sino una necesidad de defender a los productos propios de productos procedentes de países en donde los costes de producción son más bajos, imponiendo, por tanto, una tasa adicional que las compense. El comercio solo se ve dificultado en su justa medida para no dañar lo propio.

El mercado también debe de protegerse de la sobreoferta que, igualmente, va a tener un efecto negativo sobre los precios; por ello hay que ser prudente y tras un estudio de mercado adecuado, hay que establecer cupos de volumen ajustados a las necesidades reales del mercado.

Por último, no es lógico y es un auténtico despropósito que, en plena campaña de un producto europeo, entren en el mercado esos mismos productos procedentes de terceros países a competir con él. La forma de solventar este problema es estableciendo unas ventanas de importación adaptadas a los calendarios reales de producción europea.

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En definitiva, hay que rescatar y aplicar el Principio de Preferencia Comunitaria como principio jurídico de alcance general y absoluto en todos aquellos acuerdos comerciales internacionales que nos afecten.