Mao Zedong, monstruo entre los monstruos

Tal día como hoy en 1893 nace en Shaoshan (Hunan, China) Mao Zedong

“La muerte de un hombre es una tragedia, la muerte de millones es una estadística”, atribuida, con no poca controversia, al dirigente comunista ruso Joshef Stalin. Aunque quien la inventara es lo de menos, lo verdaderamente terrible es que hubo quienes la aplicaron, y entre ellos destacó el Presidente Chino y del Partido Comunista Mao Zedong. El Siglo XX produjo varios de estos grandes monstruos, Hitler provocó 22 millones de muertes entre 1933 y 1945, a Stalin en la URSS, se le atribuyen otros 22 entre 1929 y 1953, a los “jemeres rojos” camboyanos con  Pol Pot al frente se le atribuyen 2 millones entre 1975 y 1979. Y aunque no se trate de una competición de cifras, ninguno se acerca a Mao Zedong, el líder de la China comunista, que según los más recientes estudios fue responsable de por lo menos 70 millones de muertes a lo largo de su borrascosa vida. Quiero poner el acento en que no solo con estas cifras podemos observar que de cuatro grandes genocidas del siglo XX, tres de ellos son comunistas, sino que si ampliáramos el listado a diez, nueve de ellos también lo serían.

El propósito de este artículo, no es solo informar sobre la vida y milagros de este oscuro personaje, que aún hoy goza de culto divino en China, sino que conociendo sus diabluras, reflexionemos un poco sobre lo comprensivos que hemos llegado a ser en Europa y sobretodo en España con la ideología que más terror y muerte ha causado en la humanidad. Y es que el comunismo siempre ha tenido buena prensa, tal vez porque siendo un lobo, viene disfrazado de oveja. Nos habla de democracia, de libertad, de igualdad social y de defensa de los trabajadores, y en cambio trae tiranía, muerte y miseria.

¿Cómo es posible que durante tanto tiempo e incluso en la actualidad se hayan ocultado los diversos genocidios comunistas, y no se cuente nada ni en colegios ni en universidades? ¿Por qué desconocemos que casi todos los jefes e ideólogos comunistas fueron hijos de papa, que vivieron del cuento gracias a la situación económica de sus familias, mientras holgazaneaban por tugurios y tabernas progresistas? ¿Por qué han gozado siempre del beneplácito de intelectuales, si cuando han  llegado al poder, han destruido patrimonio cultural y han asesinado a personas con cultura por considerarlo un signo burgués? ¿Por qué tantos trabajadores confían en una ideología, que cuando conquista el poder lo inunda todo de hambre y miseria y son los propios trabajadores los que al final se levantan contra el sistema, como Letz Walesa y el sindicato solidaridad en Polonia?.

Centrándonos en nuestro personaje y más concretamente en su gran mérito como primer genocida mundial, Mao fue el presidente del Partido Comunista de China, principal fundador de la República Popular China y máximo dirigente desde su creación en 1949 hasta su fallecimiento en 1976.

REVOLUCIÓN CHINA DE 1949

Su recorrido comienza con La Revolución china de 1949, en la que se enfrentaron los nacionalistas del Kuomintang, encabezados por el Generalísimo Chiang Kai-shek, y los comunistas del PCCh de Mao Zedong, y que se saldó con la victoria de estos últimos, que instauraron la República Popular China proclamada en Pekín el 1 de octubre de 1949—, mientras que Chiang Kai-shek y sus partidarios se refugiaban en la isla de Taiwán donde fundaron la República de China (Taiwán). Tras la Guerra Mao se convierte en Presidente y a partir de 1950 se inicia la campaña para la "eliminación de los elementos contrarrevolucionarios" y se desencadena una represión que hasta 1957 produce unos 800 mil muertos.

EL GRAN SALTO ADELANTE (curioso nombre para este plan de Mao)

En 1958, en plena ebullición del debate entre comunistas y progresistas, Mao escogió a los primeros y propuso “el gran salto adelante”, la quimera de convertir a China en líder de la economía mundial en 15 años. Colectivizó la agricultura y obligó a los campesinos a trabajar entre otoño y primavera en la industria. Fue un fracaso monumental pues sin el aliciente del beneficio personal, tanto la agricultura como la industria cayeron a los niveles más bajos de la historia, los hasta hoy conocidos en la memoria de los chinos como “los tres malos años”. Entre 1959-1961 se produjeron entre 20 y 43 millones de muertos, víctimas de una hambruna provocada en su totalidad por los proyectos aberrantes de Mao, incluso negándose a reconocer su error político aceptando que se tomasen medidas contra sus desastrosos efectos.

En 1959 -al contrario de dos años antes-, se produce un descenso de los ingresos estatales de cereales; se culpa a los campesinos, "que esconden el grano". En otoño, contra el conjunto de los habitantes rurales se desencadena una ofensiva de estilo militar: por lo menos 10 mil campesinos son encarcelados, y muchos morirán entonces de hambre. Se ordena romper todos los utensilios de cocina de los particulares, para impedir de este modo la autoalimentación, incluso se prohíbe hacer fuego, además de torturas sistemáticas a millones de detenidos (a algunos con hierro candente); niños muertos, puestos a hervir, luego utilizados como abono; enterramientos en vida... La mortalidad por hambre supera el 50% en ciertos pueblos; son numerosos los casos de canibalismo, en particular a través de permutas donde se intercambian los niños para comerlos.

LA GRAN REVOLUCIÓN CULTURAL (se le llamó así, no es una ironía)

En 1966 Mao organiza la Gran Revolución Cultural, represión dirigida contra altos cargos del partido e intelectuales a los que Mao y sus seguidores acusaron de traicionar los ideales revolucionarios, al ser, según sus propias palabras, partidarios del camino capitalista. “La Revolución Cultural” permitió a Mao recuperar el poder político, del que había sido apartado tras el fracaso del “Gran Salto Adelante”. Esta lucha por el poder daría lugar a una situación de caos y conmoción política que estuvo acompañada por numerosos episodios de violencia, en su mayoría protagonizados por los Guardias rojos, grupos de jóvenes, apenas adolescentes en muchos casos, que, organizados en comités revolucionarios, atacaban a todos aquellos que habían sido acusados de deslealtad política al régimen y a la figura y el pensamiento de Mao Zedong. Los guardias rojos condenaron a muerte, ajusticiando “por contrarrevolucionarios” a millones de personas –intelectuales, terratenientes, “malas influencias”-. Cualquiera podía caer en desgracia por una delación o por “delitos” como poseer antigüedades, instrumentos musicales o algo que los vinculara con un “comportamiento burgués”. Los guardias rojos cerraron colegios y universidades y para borrar todo vestigio del pasado destruyeron gran parte del patrimonio cultural -museos, bibliotecas, pinturas, esculturas, edificios, templos-. Uno de cada 9 chinos de la época fue víctima de la revolución cultural. En todas partes del país, hasta en la aldea más pequeña, la policía política abre mazmorras improvisadas, y el hacinamiento y las condiciones son de una dureza sin precedentes: hasta 300 detenidos en una celda de 100 m2.; raciones alimenticias de hambre, agotamiento por el trabajo; disciplina inhumana, con violencias físicas constantes, torturas variadas y sádicas. Las revueltas terminan en masacres: varios miles de los 20 mil prisioneros de los campos petrolíferos de Yanchang son ejecutados; en 1949, un millar de los 5 mil amotinados de un depósito forestal son enterrados vivos...

El comunismo en China ocasionó de 6 a 10 millones de víctimas directas, incluidos miles de tibetanos (unos 800 mil). Además, decenas de millones de los llamados contrarrevolucionarios pasaron un largo período de su vida en el sistema penitenciario (laogai) y tal vez 20 millones murieron sufriéndolo, de los 50 millones de individuos que hasta mediados de los años ochenta estuvieron presos. Finalmente sus políticas provocaron entre 20 y 40 millones de muertes por inanición. El genocidio social y étnico en China se calcula en unos 70 millones de muertos, “simple estadística”.