Insumisión

Luther King

“Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda” (Martin Luther KING).

Como decía anteriormente al hablar de la “indiferencia”, muchos piensan si en la actualidad hay bastante gente que se pregunta si la indiferencia es la solución, el gran escudo que con frecuencia el hombre se da a sí mismo para “pasar” y protegerse de los problemas de su tiempo, para no resolverlos, para no complicarse la vida ni comprometerse con nadie, para disfrutar plenamente de su libertad.

La sumisión, el sometimiento o acatamiento al “poder”, a otra persona, a sus palabras o mandatos –a excepción hechas por imperativo legal, moral o profesional- pueden llevar también al debilitamiento de nuestra inteligencia y voluntad, y como consecuencia a la perdida de nuestra libertad. Hay dudas si la indiferencia nos conduce a la sumisión o si ésta nos lleva a la indiferencia; lo cierto es que con frecuencia van unidas, son como lágrimas de nuestros ojos que nos acompañan en nuestras vidas, pudiendo afectar muy negativamente a las conductas sociales y sobre todo a nuestras conciencias, adulterándolas.

Así, si no hubiesen habido hombres insumisos que no se hubieran doblado ante el poder impuesto –incluso dando su vida- al no someter su voluntad; si no hubiesen acatado el pensamiento único enfrentándose a ideologías tiranas, dictatoriales o paternalistas, mostrándoles su insubordinación manifiesta, es evidente que la Humanidad estaría con menos derechos y libertades que las actuales, con menos progreso y justicia, con más abusos y desigualdades, hubiéramos avanzado bastante menos en nuestra historia. Nos preguntamos si estaríamos todavía en la Inquisición del medievo, si Europa sería nazi o comunista todavía, o si Estados Unidos tendría algún día un Presidente negro.

Para los negros de todo el mundo, especialmente americanos, Martin Luther King fue modelo de insumisión y testimonio; hizo que sus compatriotas se irguieran y “cesaran de doblar la espalda”, consiguiendo la igualdad de derechos y dejando de ser ciudadanos de segunda clase en la sociedad norteamericana. Gracias a él –como decía anteriormente.- Estados Unidos tiene hoy el primer Presidente negro de su historia. Martin Luther King murió asesinado por los radicales de siempre.

La India actual no sería lo que es sin Mohandas Karamchad GANDHI, tenaz defensor de la “no violencia”. Con su testimonio e insumisión defendió la dignidad del pueblo hindú, logró la independencia de su país ante la presión colonialista inglesa sin pegar un solo tiro; aunque encorvado por la edad, las huelgas de hambre y la enfermedad, jamás dobló la espalda ante la injusticia y la indignidad de su pueblo. Fue asesinado, también por los de siempre, por los populistas sin razón, por radicales musulmanes de la oposición política fanática.

También en la India, en una de las regiones más pobres y deprimidas del mundo, Anantapur, un español Vicente Ferrer Moncho, dedicó toda su vida “luchando” por trasformar el nivel de vida de miles de personas, dando amor en su duro trabajo diario a los seres humanos más pobres y necesitados, creando escuelas, hospitales, pozos de agua, cultivos, viviendas… Hoy, Anantapur es una realidad, tiene un esperanzador futuro y se ha realizado una profunda transformación después de intensos años de luchas y dificultades. La Fundación que lleva su nombre es conocida en todo el mundo. Pocos días antes de su muerte le escuché en una entrevista en TV3. Decía que su “insumisión le había llevado al amor por los más necesitados y abandonados, su forma de oración diaria con Dios era el trabajar por ellos, especialmente por los niños, mujeres y enfermos, lográndoles alimentación, salud y educación”. Hoy más de 500 jóvenes de la región de Anantapur estudian con becas en diversas universidades europeas y americanas, todos en origen, se alfabetizaron y estudiaron -quince años atrás- en las escuelas de la Fundación. A su funeral asistieron más de 30.000 personas cristianas, musulmanas y de otras creencias, todas unidas en señal de agradecimiento y gratitud como respuesta única y común a la insumisión ante la pobreza, la enfermedad y la incultura por las que siempre luchó.

En el mundo occidental, por delimitar el tema en Europa, muchos son los que piensan que vivimos en sociedades libres y democráticas, que tenemos la suerte de tener líderes, Consejeros, Directores Generales, Secretarios y Subsecretarios, Diputados y Senadores… convencidos y entusiastas con la democracia, defensores –al menos teóricos- de la separación de los poderes del Estado, que deciden, legislan y resuelven nuestros problemas; son los grandes colectivos que viven en el poder, a la sombra del poder o en espera del poder, es la Europa oficial con unos privilegios y unas nóminas excelentes, sin ningún problema. Posiblemente necesarios pero indudablemente en cuanto a su número, excesivos. (El Parlamento Europeo lo componen 751 Eurodiputados)

Existe otra mayoría de ciudadanos que no se sienten tan complacidos, satisfechos y optimistas como los anteriores, ven que la democracia tiene bastantes lagunas vacías que llenar; no ven con tanta claridad la separación de poderes; son la gente que no entiende de política y lo ve todo politizado, gente que no se siente defendida en sus orígenes, principios y valores en los que siempre creyeron, es el pueblo llano, son los que formamos las grandes bases sociales de la “Europa real”; en nuestro caso la “España real”, la de las Autonomías enfrentadas y endeudadas, con muchos parados o con una deuda y un déficit del Estado escalofriantes que hipotecarán a las generaciones futuras durante décadas.

Con solo la escasa autoridad que me dan los años, como un observador más sin ningún deseo por mi parte de dar sermones o lecciones morales a nadie y con la sola intención al escribir, de expresar y ratificar mi pensamiento, debo decir con todo respeto que no tenemos tantos líderes como antaño, como los citados anteriormente y otros que nos defiendan con la misma rectitud y eficacia que ellos. En su defecto y ante tantas crisis y desigualdades deberíamos abandonar con urgencia nuestra indiferencia y sumisión personal, siendo menos pasivos con nosotros mismos, más solidarios con los demás y más exigentes y críticos con nuestros dirigentes y representantes, mostrando nuestra protesta y defensa viva de nuestros intereses o lo que es lo mismo una positiva, activa y pacifica insumisión sobre ellos, exigiéndoles más eficacia en sus actuaciones y responsabilidades.

Si importante es lo anterior, también lo son y con mayor relevancia, la defensa de los principios, derechos y valores que afectan directamente al espíritu, a la moral y a la dignidad humana, y que solo al hombre exclusivamente corresponde decidir. Mucha gente pensamos que materias y matices que afectan a la vida, a la educación a la familia y a las creencias, en definitiva a la libertad, poco o nada ningún poder nos puede reemplazar o imponer.

Soy, Señor, vuestro vasallo, vos sois mi rey en la tierra; a vos ordenar os cumple de mi vida y de mi hacienda. Vuestro soy, vuestra es mi casa; de mí disponed y de ella; pero no toquéis mi honra y respetad mi conciencia” Así hablaba el Conde de Benavente a su emperador Carlos I de España. El Conde de Benavente recordaba a su emperador que en las fronteras de la conciencia debe detenerse todo poder. (“Los límites del poder” De Ignacio Martínez Eiroa, en “Tierra Mar y Aire” nº 299).

No es necesario –guardando las distancias- que alcancemos los niveles de Martin Luther King, de Gandhi, de Vicente Ferrer u otros. Sería suficiente que esa gran mayoría de la sociedad dejara de ser un poco menos indiferente, sumisa y ambigua ante los problemas que nos rodean. Deberíamos defender también con idéntica seriedad y responsabilidad que la del Conde de Benavente los principios, derechos y valores citados que el ser humano lleva dentro de sí, y que solo a nosotros nos incumben. “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, se dijo hace dos mil años y hoy es de plena actualidad en todo el mundo. El problema que se plantea es cuando el poder del César intenta desplazar o reemplazar al de Dios, ante nuestra ambigüedad, indiferencia y sumisión, “permitiendo que nos doblen la espalda y que otros se nos monten encima”.