Señera de dos barras del Tratat d'Almirra, los blaveros y Sentandreu (I)

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(A la periodista Mercedes Pérez Ruzafa)

 

En el último tercio del siglo XX, las organizaciones catalanistas triunfaron en su estrategia de cambiar la Historia y exaltar públicamente las virtudes del proyecto anexionista hasta Orihuela. Se crearon premios para la redacción de obras en catalán (en Benidorm , por ejemplo, con Zaplana y su asesor Eliseu Climent) y se erosionó cualquier rasgo o hecho diferencial que situara a los valencianos a un nivel superior a los catalanes. Así, usar el título de Principado de Cataluña era sofisticado, progresista y culto; mientras que el de Reino de Valencia era fascista, retrógrado e inculto. Poco a poco, la Corona de Aragón pasó a llamarse de Cataluña y Aragón, y detalles tan significativos como que el Maestrazgo del Sur catalán, Sureste aragonés y Norte valenciano dependía de la valenciana Orden de Caballeros de Montesa eran silenciados (su sede, el Castell de Montesa, es tabú, mientras que al del Camp de Mirra le diluvían cientos de miles de euros para su restauración); hasta la singularidad de poseer una compañía militar para defensa de la Real Señera, algo que nunca soñó Cataluña, también se echó al foso del olvido. En el colmo de lo abyectó, el topónimo Valencia se catalanizó en València, con -è- abierta, tal como ordena Cataluña y pronuncian en catalán, no en valenciano.

Estamos en 2017 y, tras 40 años de adoctrinamiento anexionista, nadie accede al estudio o funcionariado sin aprender catalán, no valenciano; y esta suplantación lingüística ha sido acompañada por la imposición de las cuatro barras hurtadas por Cataluña a Aragón. Los métodos y argucias para que esa simbología inundara colegios, ayuntamientos y universidades fueron abundantes e ingeniosos. Así, por ejemplo, las fiestas de Moros y Cristianos que rememoraban los constantes desembarcos de delincuentes islámicos hasta el 1800, fueron poco a poco alejadas al tiempo de la reconquista del siglo XIII, pero falseadas al modo que Hollywood fabrica decorados y argumentos en películas de serie B. En esta política de ficción, la representación del Tratat d'Almirra1 es otra de las mojigangas ideadas por los colaboracionistas. El acuerdo auténtico, el pactado el 26 de marzo de 1244, no fue tan solemne como pregonan los actores de la farsa que se celebra... el 25 de agosto, no en marzo. Es decir, comienzan por alterar la fecha para que llegue el turista agosteño, ahíto de sol y cerveza, y obvian detalles como que el rey de Castilla Fernando III, que tenía 44 años, no quiso acudir al evento y mandó a su hijo Alfonso. Tampoco está  claro el  lugar donde sucedió. Nadie pondría la mano en el fuego afirmando rotundamente que fue en el Camp de Mirra; aunque tampoco hay argumentos contrarios y, en consecuencia, no hay razón para no llamarlo Tratat d'Almirra, en valenciano moderno.

1 En 1736 el gramático Ros ya escribía la voz 'Tratat', en valenciano, sin el arcaico grupo consonántico - ct-. Y el arabismo cast. 'Almizra' correspondería por etimología popular al valenciano Almirra, más acorde con nuestra fonética y el topónimo actual de Camp de Mirra.

Los anexionistas que idearon este espectáculo en 1976 deseaban apabullar al espectador. El acto más impactante sería la irrupción de Jaime I, acompañado de un heraldo que enarbolaría las cuatro barras. El lavado de cerebro es muy eficaz en este lifting quirúrgico que elimina lo opuesto a la anexión. Así, al pueblo se le hace creer que Jaume I era catalán, gentilicio prácticamente desconocido en 1244. Nacido en Montpellier, Jaume I tenía raíces orientales (su abuela Eudoxia Comnena era bizantina): y si aparece Cataluña en algún escrito, no aludía a ninguna baronía, marquesado, condado, principado o reino; sólo era el nombre de una comarca similar a las actuales Hurdes, la Mancha o las Batuecas. En la documentación cancilleresca no falseada, Jaime I jamás alude a Cataluña, inexistente para un monarca que se titulaba rey de Aragón, Valencia, Mallorca y territorios menores; entre los que, por supuesto, no aparecía Cataluña.

No sucede así en la representación del Tratat d'Almirra, donde se llama 'Conqueridor' a Jaume I, cuando en valenciano decimos Conquistador (o decíamos, por aquello de la inmersión en catalán). Seguro que el 99 % de lectores, esbozando sonrisa, habrá pensado: ¿Pero 'Conquistador ' no es castellano? La manipulación ha logrado que se considere no valenciana cualquier palabra que sea también castellana, olvidando que al ser lenguas hermanas tenían y tienen léxico común el valenciano, castellano y catalán:

“e conquistador del mon (…) conquistador de la fama” (Martorell: Tirant, 1460)
“conquistador de tres ciutats” (Roig: Espill, 1460)
“rey  En  Jaume  conquistador  del  reyne  de  Aragó  y  de Valencia  (…)  fill del rey En Jaume lo Conquistador” (BRAH, Dietari Porcar, 1600)
“veus a tot lo Rey En Jaume, gloriós Conquistador” (Ros, C.: Epítome, 1734)

En valenciano moderno, anatematizado por los anexionistas, lo tenemos con la característica supresión intervocálica:

“mal conquistaor” (Vidal, Vicent: La llangosta, estrená en Castelló, 1928)
“en lo de conquistaor... Tóquem les mans” (Puig: Pantomima, 1928)

El fascismo anexionista nos prohibe la apócope. No quieren que digamos, por ejemplo,vesprá o esprá, sino 'Bona vesprada', como los apesebrados presentadores de la 13, la  6, la 5, la 4, la 3, la 2 y la I. El idioma de nuestros abuelos es dañoso para la política de ampliar Cataluña, con la lengua como punta de lanza.

 

La masmarruga, los banzos de bordar, las basílicas y el conopeum

Desconozco quien ha engañado al Ayuntamiento del Camp de Mirra. En su página web, donde publicitan la celebración del Tratat, arrinconan a los valencianos mientras dan baza a unos catalanes que, en el tratado de1244, no figuraban para nada:

“ante la gravedad de la situación, se impuso plantear una entrevista entre aragoneses-catalanes y castellanos, con el fin de resolver las diferencias existentes, próximas a una guerra abierta entre los dos reinos cristianos” (Web Ayuntamiento Campo de Mirra, Representación del Tractat d'Almirra, 12 febrero 2017)

Afirman que fueron protagonistas Aragón-Cataluña y Castilla, obviando un detalle: en el manuscrito del tratado no se cita a Cataluña, y sí al Reino de Valencia. Igual escoramiento observamos en las banderas exhibidas cada 25 de agosto ante unos turistas que, la mayoría, son de la casta que opíparamente vive de catalanizarnos: maestros engreídos, pícaros académicos, desaprensivos animadores culturales, corruptos políticos con sus familias, progres despistados y aborregadas víctimas de la inmersió. Todo patético. Presumen de ser héroes, y son la hez del más despreciable colaboracionismo. Hace años estuve en los actos del 25 de agosto y no pienso volver. Tras la aparición de un payaso disfrazado de heraldo de Jaime I, con enorme bandera de cuatro barras, el Camp de Mirra se transformó en histérico Palmar de Troya sardanero,  con  energúmenos y tiasnurias que gritaban ¡Soc català, català, català...!. Hubo hasta intentos de erigir torretas humanas, pero la poderosa 'aigua de Biar' frustró la ignominia.

Aquí entramos en el mundo de la traslación semántica e iconológica. Nada es lo que parece a simple vista. Así, los niños valencianos (ahora tendrán 30 o 40 años) que padecieron la inmersión dirán, por ejemplo, que la preposición 'amb' es de toda la vida; y nadie les explicará que sólo es una imposición del expansionismo catalán del siglo XX. Nunca hubo un escritor nacido en el Reino (incluido el notario del Tratat d'Almirra en 1244) que la conociera y usara antes de la prostitución floralista.

¿Qué quiere decir esto? Que somos víctimas del esperpento colaboracionista que distorsiona la realidad para hacernos creer que somos catalanes. Así, cada 25 de agosto, en la charlotada del Camp de Mirra incrustan el concepto de las cuatro barras en el visitante, sea con panfletos editados por las instituciones o, visualmente, con la propia bandera de cuatro barras que domina la representación desde cualquier ángulo. Ellos saben que falsean la realidad y, con ejemplos, trataremos de explicar el enredo de estos anexionistas. Debemos tener en cuenta que, sin pretenderlo, el ser humano mantiene símbolos, frases o simples palabras que han perdido o transformado su significado a través de los siglos. Así, el sacerdote Martí Gadea, nacido en 1837 entre las montañas de Balones, usaba un modismo valenciano, desconocido en catalán:

“tráureli la masmarruga al home de be” (Gadea: Tipos, apéndix, 1908, p. 73)

El significado que tenía en el siglo XIX lo recogió el lexicógrafo Escrig en 1851:

“trau la masmarruga del llom:... que una persona saca de otra toda la utilidad posible, haciéndola trabajar con demasía” (Escrig: Dicc. 1851)

Ni uno ni otro conocían que 'masmarruga' era alimento básico en galeras valencianas de la Edad Media. Hacer vomitar la masmarruga a golpes de látigo a un galeote suponía condenarlo a muerte. En tiempos de Escrig y Gadea, la navegación usaba otros medios para desplazarse; pero la voz medieval pervivió en el idioma con semantismo similar: era inhumano quitar la 'masmarruga' al hombre honrado; es decir, obligarle a trabajar hasta la extenuación. El étimo griego, a través del árabe, dejó variables en el it. mazzamurro, antiguo cast. maçamorro, fr. machemoure, port. massamorda, etc. Hay más usos traslaticios en el valenciano moderno. Así, desde tiempos medievales, entre los artesanos se había transmitido oralmente una denominación para los listones de madera del bastidor de bordar:

«Les barres d'Aragó: las barras de Aragón: Dos listones de madera delgados con agujeros que entran en los banzos del bastidor de bordar, y que por medio de clavijas que se ponen en los agujeros, sirven para tenerlos tirante. En valenciano, llámanse así también los banzos” (Escrig: Dicc. 1887)

En español, según la RAE, un banzo es:

«Cada uno de los dos largueros paralelos o apareados que sirven para afianzar una armazón, como una escalera de mano, el respaldo de una silla» (Dicc. RAE)

Igual que sucedió con la 'masmarruga', cuyo semantismo alteró el valencianohablante moderno, la heráldica medieval del soberano perduró hasta tiempos de Escrig en un reducido círculo del habla gremial que, sin pretenderlo, reflejaba una arcaica realidad: las barras de Aragón eran dos, no cuatro, en el siglo XIII y gran parte del XIV, aunque el innato horror vacui o miedo al vacio provocara que el tallista o pintor multiplicara el número de barras en túnicas, doseles o sepulcros.

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San Pedro Apóstol en las catacumbas de Domitila

¿Cuál fue el origen de las dos barras? Nadie ha aclarado el misterio, aunque existe un hilo conductor que nos llevaría al latus clavus, dos ostensibles  franjas púrpuras en las túnicas de los senadores, símbolo indicador de estatus social. Al ser producto caro y escaso —extraído del molusco marino Murex brandaris—, las túnicas de los cristianos enterrados en las catacumbas reflejarían un sustituto económico delcolorante, con cromatismo del violeta al rojo intenso. Los murales paleocristianos que ilustran las catacumbas  de  San  Calixto    o  Santa Domitila muestran la pervivencia de un símbolo que ya no era pagano. Aquellas dos barras o franjas rojizas, que fueron de púrpura en origen, figuraban en las túnicas de paleocristianos que —tras el edicto de Milán promulgado por Constantino en el 312— , comenzarían a utilizar las basilicas romanas como templos y, de perseguidos, se erigieron en perseguidores.

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De origen oriental esta variedad de palio, llamada conopeum en Roma, fue distinción de poderosos como el asirio Assurbanipal (668 a. C.), aunque con la simbología de rosetas asirias, no de franjas rojas y amarillas que muestra este mural, donde el emperador Constantino traspasa al papa Silvestre la umbela y mitra del poder terrenal.

Las enmarañadas conexiones heráldicas entre las dos Romas, la vetusta pagana y la naciente cristiana, con el nuevo César o Papa, las expuse en 1993 en el Tratado de la Real Señera (cuya segunda edición, aprobada, fue impedida por Tarancón y Rita Barberá). Hay un hecho histórico fundamental: el clásico conopeum heráldico de barras rojas y amarillas se entregó por parte del emperador Constantino al papa Silvestre y, desde el siglo IV, cuando se inauguraba una basilica para el culto, el papa concedía la autoridad para lucir junto al altar mayor el conopeum o umbráculo. El honor ha perdurado y, en basílicas como la de Santa María de Elche, pervive el testimonio de aquella entrega de poder de la Roma Imperial a la Papal; aunque el actual de Elche no es del año 1672 (cuando se comenzó a edificar el templo), sino el renovado después de la normalització que los progresistas practicaron en 1936 al quemar el templo, incluida la Virgen de la Asunción. En 2017, los anexionistas de Elche divulgan que esta insignia es huella heráldica de la Conquista de Jaume I. Nada de eso. En la misma Roma, en la basílica de los Santi Quattro Coronati, un fresco medieval muestra al papa Silvestre y al emperador Constantino en el acto de entrega del clásico conopeum de barras rojas y amarillas al pontífice. El conopeum, por tanto, era una realidad 1000 años antes de que Jaime I entrara en Elche.

Lo que siguió a la lenta desmembración del Imperio Romano fue el caos, aislacionismo y ruralización de la sociedad. Inexorablemente, una infinita plaga de interesados teólogos y plomizos exégetas pasaron por el túrmix normalizador de la Iglesia cualquier resquicio del  paganismo clásico; así el Panteón de Roma, templo de todos los dioses, fue trasformado en el año 608 en la Iglesia de Santa María de los Mártires por el papa Bonifacio IV; y las franjas rojas sobre la túnica de lino eran símbolo de “la passione di Cristo Signor nostro”, en palabras del abad Vecchia. Y según Martigny,  la franja de la vestimenta de Cristo estaría relacionada con la 'benda incarnata”  que Raab situó en la puerta de su casa en Jericó, que simbolizaba a la Iglesia. Estas elucubraciones, repetidas en sermones, eran consideradas verdades divinas por los ágrafos mandatarios del Medievo.

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En 1990 estuve en el archivo de la Basílica de Santa María de Elche, donde se custodiaba el ancestral conopeum que el papa Silvestre, en el siglo IV, otorgaba a los templos con esta categoria. En la mediocre fotografía que saqué no pude captar la intensidad del rojo y amarillo. Su buen estado era comprensible por ser réplica del desaparecido a manos de los progresistas que, en 1936, incendiaron el sagrado recinto. En territorio valenciano hubo basílicas como la visigotica de Valencia, trasformada en mezquita y, tras la reconquista, en la actual catedral. En todas ellas, el conopeum estaba unido a la condición basilical del edificio y, evidentemente, la simbología de franjas rojas y amarillas era anterior, muy anterior, a la formación de cualquier reino hispánico, incluido Aragón.​​​​​

 

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Ricart G. Moya

Ricart Garcia Moya es Llicenciat en Belles Arts, historiador i Catedràtic d'Institut de Bachillerat en Alacant.