Quejicas

Dos hechos recientes pueden ilustrar lo que pretendo expresar. Uno de ellos es el de un taxista en Valencia, venezolano, ingeniero, que trabaja 16 horas al día, para sacar adelante la familia: quien me lo contaba me expresó su inicial incredulidad, pero a la vez que pudo conocerlo y es real. Y lo más llamativo: que no se queja.

El otro hecho es el de una española, que ha escrito en redes sociales que, con tres carreras y tres másters, no tiene trabajo. No voy a defender que los estudios universitarios españoles sean ideales, coordinados con el mundo laboral, pero pensé que, si ha podido estudiar tres carreras, es porque alguien la ha mantenido, aunque no hay que descartar que ella se ha haya sufragado los gastos o una parte de ellos con trabajos variados. Tal vez hay más inmadurez en los padres que en los hijos.

El contraste entre el taxista venezolano que trabaja 16 horas al día y la frustrada por no encontrar trabajo con tres licenciaturas y másters es evidente. La queja es el recurso fácil ante lo que nos cuesta, nos contraría, y es síntoma de inmadurez. Lo llamativo es que me parece que va en aumento la queja en nuestra sociedad española, con actitudes variopintas que parecen eliminar la responsabilidad personal y el esfuerzo –sinónimos también de madurez– para hacer recaer toda la culpa en los demás, en deficiencias estructurales. La queja dificulta el ejercicio de nuestras capacidades, frena, extiende sus efectos negativos en nuestro cerebro y en nuestro ánimo, y en quienes nos rodean fomenta actitudes similares de pasividad, ira e inmadurez, en la familia y en el trabajo.

Vuelvo a la queja de quien tiene tres licenciaturas y másters, y se encuentra sin trabajo. Me viene a la memoria el dato de que hay miles de plazas sobrantes en FP. Destacan títulos que permiten trabajar en sectores con alta empleabilidad, como la industria o la informática. Miles de plazas libres en 1º de ciclo superior, medio y básico. Los jóvenes evitan la FP, porque socialmente viste mejor una carrera universitaria.

Faltan trabajadores en la industria y en diversos sectores. Soy muy partidario de la formación académica de altura, exigente. Sin embargo, cada uno ha de conocerse a sí mismo, valorar sus posibilidades reales y familiares, y desde luego no ser un eterno estudiante. Además de que esa situación genera insatisfacción y estrés, porque supone estar en babia y no afrontar la realidad, es muy cómodo prolongar la vida estudiantil, con unos tres o cuatro meses de vacaciones. Por el contrario, estudiantes que trabajan en verano o compatibilizan los estudios y el trabajo suelen ser más realistas.

 

  • Javier Arnal Agustí es Licenciado en Derecho y periodista.
    Escribe, también, en su web personal.