Señera de dos barras del Tratat d'Almirra, los blaveros y Sentandreu (III)

el magnanimo

El deporte progresista del desprecio al blavero

En San Juan de Alicante, cuando yo tenía el pelo negro en 1985, un engreído director de oficina bancaria que se dedicaba al arte de Luís Candelas, me dijo: 'Yo puedo perder mi prestigio si me ven con usted por la calle”. Nos dirigíamos a la exposición sobre la Real Señera organizada por mis alumnos. El hombre conocía las reglas del juego: él podía robar y repartir migajas en subvenciones a catalanistas, siendo respetado; ahora bien, si cedía una sala de la entidad a un blavero ¡puf, la que se podía armar! De hecho, salimos en El Temps de Eliseu Climent y lograron que la exposición no se celebrara en varios pueblos de la provincia de Alicante (Hubo una periodista independiente, Mercedes Pérez Ruzafa, que arriesgó su carrera al publicar en Información planas enteras sobre esta exposición. Siempre la recordaré agradecido).

Cuando un colectivo social es degradado por la mayoría intelectual que dicta lo correcto y lo inadecuado, las agresiones que sufren los disidentes son aplaudidas o juzgadas con benevolencia; sucedió con los judíos en Alemania, los negros en Norteamérica, los demócratas en la URSS, China, Chile, Cuba... y con los blaveros en nuestro Reino de Valencia (no, no soy monárquico; de igual modo que los que usan lo del falso Principat de Catalunya tampoco lo son). La caza al  blavero se fue gestando lentamente por los años 70 del pasado siglo, cuando estábamos ofuscados respecto a nuestra idiosincrasia colectiva. Nos hacían creer que éramos una parte de Cataluña que la africana España había usurpado. Igual que mis compañeros Arnal, Manuel Boix (que diseñaría la portada de El blau en la Senyera de Fuster), o Artur Heras, compraba discos de Raimon y creía que la cuatribarrada era nuestra enseña; y, la de la 'franja azul', un detestable producto falangista de los fachas botiguers de la ciudad de Valencia. La cosa funcionaba. Yo era un orgulloso progre de izquierdas que leía a Joan Fuster como los islamistas leen el Corán, costumbre que dejó secuelas. Ahora, en marzo del 2017, nos enteramos por la prensa de la denuncia a un tal José Mª Llastra Herranz -hijo putativo de Fuster— por comentarios ofensivos contra Manuel Broseta, asesinado por ETA. Entre otras lindezas, alardeaba de celebrar todos los años el aniversario de la muerte del blavero:

"Muy bien que mataran a ese degenerado blavero repugnante, cada año lo celebro".
“Qué bueno que lo eliminaron como si fuera una cucaracha inmunda!! Muerte a los blaveros!”

El desprecio de Llastra se cebaba en otro blavero, el que fue mi amigo González Lizondo:

“me congratula el hecho de que Broseta esté muerto, como el cerdo de Lizondo
 

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Cuando los catalanistas como Llastra Herranz llaman cucarachas y cerdos a los blaveros, se limitan a seguir la táctica que los nazis aplicaron profusamente con los hebreos, equiparándolos a puercos. En la fotografía, la pintada dice: «Cerdo judío, que tus manos se pudran». Ante un colectivo de inhumanos cerdos judíos o blaveros, ¿qué hacer?¿por qué no exterminarlos?

¿Quién o quiénes alimentaron intelectualmente a estos nazis que desean el exterminio de cerdos blaveros? Así como el Mein Kampf de Hitler se publicó en 1925 y fue sembrando la locura asesina, el fascista Joan Fuster publicaba El blau en la Senyera en 1977, que sería la Biblia de los agresivos vexilólogos colaboracionistas. En sus apenas 30 páginas se incita a odiar a los blaveros que levantaban obstáculos “miserables, ignominiosos”, que “amb el blau de la senyera volen establir una frontera amb la resta dels Països Catalans”. Fuster usaba catalán, no valenciano, de ahí que desde el primer párrafo nos dañe la vista corrupciones como 'avui'. Hijo del primer alcalde franquista de Sueca, Fuster degradaba a los que se oponían “al camí d'uns Països Catalans”, defendiendo que sin el “blau, la bandera valenciana és igual a la catalana. Com és el mateix idioma”. Los juicios de Fuster contra blaveros y la Real Senyera formarían el cañamazo ideológico de los Llastra, que anhelan aniquilar cucarachas blaveras:

“aquesta fauna, residus del feixisme, xovinistes rabiosos, la senyera amb el blau es convertía en una còmica anècdota, I els edils, a la llarga, s'inventaren la faixa blava”. Todo era producto del “centralisme de Valencia... maquinació infame del búnker-barraqueta... rèmores provincianes i genuflexes, folkloritzants i castellanitzants... bandol de l'obstinació sucursalista, mitja dotzena de paranoics...” (Fuster: El blau en la senyera, 1977)

Las feroces descalificaciones de Fuster contra los blaveros crearon entre los estudiantes, y yo era uno de ellos, la idea de que eran lacra a extirpar de la sociedad; de ahí que, en 2017, un discípulo  de Fuster recuerde eufórico el asesinato del 'degenerado blavero repugnante e inmunda cucaracha Broseta'. Lo sorprendente es que Fuster, en los años 70, al mismo tiempo que escribía en catalán para los valencianos, lo hacía en castellano para los catalanes, ¡y vaya contenido ético-etílico que destilaba el prosista de Sueca!. Referente a esto, los tres o cuatro párrafos siguientes los publiqué hace meses y, lógicamente, nadie se enteró de lo escrito; así que lo repito, por si en el Museu Joan Fuster de Sueca quieren añadir algo a su hagiografía fantástica; y, de paso, los promotores del Tratat d'Almirra dejan de ser ciegos, mudos y sordos al fascismo expansionista impulsado por el filósofo de Sueca.

Fuster había descubierto la piedra filosofal del éxito: atacar, burlar y descalificar a todo lo que pudiera reavivar el sentimiento de autoestima de los valencianos. Si nos descrimina al escribir “Principat i País Valencià” (Nosaltres, els valencians, p.145), la crítica alaba su incisiva sutileza, aunque todos sean conscientes de que Fuster falsea la realidad documental de los títulos territoriales. Las críticas favorables, copiadas de uno a otro plumilla, reconocen unánimemente su valía:

«...brillante carrera de ensayista de vasta amplitud temática, servida por un estilo incisivo, de adjetivación hábil y precisa» (Wikipedia: Joan Fuster)

La realidad es que fue fiel compañero de los vencedores de la guerra. Ocupó cargos en la Falange y, en la década de 1950, siguió publicando en 'Claustro', revista del sindicato falangista. Lo mismo hizo en el periódico 'Levante' del Movimiento Nacional. Pero, al igual que tantos otros fascistas, cuando el Régimen atenuó voluntariamente el control social, hacia 1960, las chaquetas de los  fachas cambiaron de color. Los que medraron con camisa azul y pistola humeante, daban lecciones de democracia y eran recompensados con la Creu de Sant Jordi, cátedras, doctorados, subvenciones, homenajes, rotulaciones de calles y centros de enseñanza con su nombre. La Generalidad Valenciana, amoral y suicida, editaba y reeditaba el catecismo colaboracionista 'Nosaltres, els valencians', donde Fuster aleccionaba en puro catalán de que no hay más salida que integrarnos en la Gran Cataluña o Países Catalanes:

«el País Valencià... la direcció que hauria d'ésser i es llur únic futur normal: els Paísos Catalans» (Nosaltres, Generalitat Valenciana, Barcelona, 1992, p.109)

Era ensayista admirable, genial, divino. Todo lo que trataba con su prosa adquiría nueva y profunda perspectiva; aunque... en fin, ¡ejem!, hay un desconocido articulista Joan Fuster en español, ¿eh? ¿cómo? ¿he dicho español? Sí, sí, escritos de Joan Fuster en la odiada, militar, seca y mística lengua de San Juan de la Cruz de Fontiveros. Eran colaboraciones semanales que trataban asuntos de actualidad: sexualidad, ecología, etc. El medio donde Fuster usaba la lengua del Imperio era La Vanguardia de Barcelona, la auténtica, la del Conde de Godó, el sutil espía de Franco. Ahora, con el único fin de aumentar la gloria de Fuster, pues sospecho que esta faceta ha pasado desapercibida para los devotos del humanista de Sueca, ofrezco una delicatessen cocinada cuatro años después de la muerte de Franco, y dos de la publicación de El blau en la senyera:

«Las familias no desean -y hacen bien en no desearlos- chicos maricas ni chicas viragos» (Joan Fuster: Juguetes y feminismo, La Vanguardia, domingo 7 de enero de 1979, p.9)

¿Sorpresa para lesbianas y gais fusterianos? Y no, no hay interpretaciones bizantinas ni segundas lecturas, pues recalca que “y hacen bien en no desearlos”. Fuster era un facha tan colosal como la pirámide de Mussolini. El soez suecano odiaba a 'maricas y viragos' por su ideología similar a la Himmler, el amigo del monasterio de Montserrat y exterminador de homosexuales. En el mismo ejemplar de La Vanguardia (p.10) encontramos a otro paladín de la democracia, Carlos Sentís, el llamado 'rata de alcantarilla' en la Barcelona de 1950, el ladrón de la casa de Zenobia y Juan Ramón Jiménez en 1939, cuando los Fuster de Sueca ocuparon el poder municipal tras la extraña muerte del alcalde republicano Ortells en la cárcel. Otra faceta ignorada de Fuster fue la de ecologista comprometido en, en... Mejor que saboreen su agudeza palabra a palabra, frase a frase, concepto a concepto. Capten, hagan un esfuerzo supremo, la vanguardista filosofía fusteriana del futuro ser humano y cómo debe interactuar con la naturaleza:

«que se extingan unas especies de pajaritos, de carpas o de matorrales... que se acaben los quebrantahuesos o los rinocerontes es algo que me tiene sin cuidado. No hemos venido a este mundo a contemplar bestias insignes, divertidas o exóticas. Lo que nos apremia, como 'especie' (sic) es ir tirando: sobrevivir. El hombre, con aerosoles o sin aerosoles, es la finalidad del hombre. Lo dijo Marx» (Joan Fuster: Los riesgos imperceptibles, La Vanguardia de Barcelona, 28 de julio de 1978, p. 7)

De esta olla podrida de exterminio de viragos marimachos, rinocerontes y blaveros nos nutríamos los jóvenes valencianos; pero la placidez de esta arcadia, donde se adoraba a la europea Cataluña y se despreciaba al disidente valenciano, era truncada por detalles documentales que nadie quería ver y analizar. Uno que inicio mi cambio de actitud fue el retrato de Alfonso III de Valencia, realizado por Pisanello en 1449 en Nápoles, donde residía el Magnánimo. Estuve meses perplejo ante esta joya del Renacimiento, hasta que asimilé lo evidente: la iconología de barras, corona y Rat Penat del casco real coincidía con las bordados de la corona y el Rat Penat cincelado de la Real Senyera que defendía el 'búnquer barraqueta', ingeniosa y despectiva forma de llamar a un estrato social que, igual que ahora, está indefenso ante los exquisitos del anexionismo. La franja azul no era ni más ni menos que uno de los siete colores heráldicos, el adecuado para hacer resaltar la corona bordada en la señera.

Pensando que sería un dato incontestable a tener en cuenta, publiqué el análisis de la figura de Pisanello y su mecenas Alfons el Magnánim en la prensa de Alicante y Valencia, donde recibí los primeros golpes bajos. Así, la periodista Pirula Arderius ofreció el titular “La cuatribarrada en el casco de Alfonso V” (Información de Alicante, 9 /12/ 1980, p.4). Yo le había insistido en que lo novedoso era la documentación de la corona real y el Rat Penat sobre las barras, pero ese detalle no era políticamente correcto para la periodista que trabajaba para la prensa catalana (Levante e Información). Desde febrero de este 2017, gracias al cambio de rótulos por la ley de Memoria Histórica, una céntrica calle de Alicante lleva el nombre de Pirula Arderius.
 

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En el gabinete de estampas del Louvre se custodia esta joya del Renacimiento: la efigie de Alfonso el Magnánimo dibujada en 1449, con casco de guerra e iconografía de la Real Señera: barras, corona real y Rat Penat.

 

Continúa...

Ricart G. Moya

Ricart Garcia Moya es Llicenciat en Belles Arts, historiador i Catedràtic d'Institut de Bachillerat en Alacant.