La repugnancia natural ante el aborto

1.- Un militante socialista y segundo teniente de alcalde del Ayuntamiento de Paradas (Sevilla), ha tenido el valor y la coherencia de participar en la magna manifestación celebrada ayer en Madrid a favor de la vida. No creo que haya sido el único. Y lo hace en base a un razonamiento muy sencillo: Si la izquierda siempre ha estado a favor de los más débiles ¿cómo no voy a estar a favor de los concebidos no nacidos que ahora son los seres humanos más indefensos?.

2.- Otro socialista francés, ginecólogo de Rennes (Bretaña francesa), llamado Maurice Caillet, ex masón, en su libro titulado “Yo fui masón”, editado por Libros Libres, nos cuenta su experiencia personal desde la óptica de un agnóstico, de un no bautizado, y, en cierto modo, en aquellos momentos desde una posición beligerante contra la Iglesia Católica. La ley francesa del aborto fue promulgada en el año 1975. Según Caillet, “¡Los diputados masones de derechas y de izquierdas votaron como solo hombre!”, esta nueva ley “que había deseado con todas mis fuerzas y que se había preparado (sic) en las logias”.

3.-La citada ley francesa –sigue Caillet- en su artículo primero, afirmaba “el respeto al ser humano desde el comienzo de la vida”. y solo autorizaba la interrupción voluntaria del embarazo en casos muy excepcionales y después de dos entrevistas disuasorias (como puede apreciarse en este eufemismo de la interrupción voluntaria del embarazo no deseado ni siquiera nuestras feministas son originales). La mayoría de las mujeres que acudían a la clínica de Caillet argumentaban razones sociales y económicas, que hubieran justificado soluciones psicológicas, sociales y económicas, pero no quirúrgicas, según el entonces Maestro de la Logia La Perfecta Unión de Rennes.

4.- Claude, la mujer de Caillet, enfermera de profesión y su ayudante clínico, se encargó de escuchar a las jóvenes “que acudían a la clínica [y por muchos medios], se le reprochó que mostrara a las jóvenes con un propósito disuasorio, embriones o fetos en diferentes estadios de desarrollo conservados en frascos de formol, que procedían de embarazos frustrados de forma espontánea”. “A pesar de mi ateísmo, pronto comencé a considerar odioso y antinatural este acto quirúrgico: bastaba con ver en el frasco de la aspiración los fragmentos de embriones o de fetos que ya tenían forma humana, aunque nunca sobrepasamos el límite legal de las diez semanas.” (…) “El personal médico, con independencia de sus convicciones, experimentó el mismo rechazo que yo, aun cuando logramos limitar a una docena por semana el número de intervenciones. Comprendimos rápidamente que nuestra vocación y nuestra formación estaban dirigidas a cuidar y, de ser posible, a curar a los pacientes, no a matar a pequeños seres inocentes”.

5.- Alguien ha llegado a decir que si las mujeres tuvieran el vientre de cristal ninguna abortaría. Y en ese momento, dice Caillet me acordé de la enfermera Claude, agnóstica como su marido y me acordé del doctor Bernard Natahnson -un ginecólogo norteamericano que llegó a practicar más de 75.000 abortos- y que comprendió los crímenes que estaba cometiendo cuando por medio de los modernos métodos ecográficos descubrió la dimensión humana fetal de tan inofensivos seres. Escribonio Largo, médico de los tiempos de Tiberio y Claudio, afirmaba que el rechazo de los médicos de entonces al aborto se basaba en el respeto a la vida humana, uno de los principios fundamentales de la medicina.

6.- Hoy la genética nos dice que desde el momento mismo de la concepción, en el vientre materno late la vida de un ser distinto a sus progenitores, único e irrepetible. Desde el comienzo hasta el final de los tiempos ya no habrá ningún ser humano como él.

¿En virtud de qué legitimidad se puede negar qué su código genético, maravillosamente instalado, pueda desarrollar todo su potencial humano? Por supuesto, nunca será la legitimidad de Zapatero, que no incluyó esta propuesta en su programa electoral, ni será el radicalismo irracional de las feministas abortarias (“Nosotras parimos nosotras decidimos”) ni mucho menos el lucrativo negocio de los médicos desleales con su juramento hipocrático.