EL ARRIANISMO: HISTORIA de UNA HEREJÍA

Como aviso a navegantes, quiero señalar que no soy ni aspiro a ser teólogo. 

Tan sólo soy un católico que se hace preguntas y que en busca de respuestas procura conocer aquello que otros han dicho antes; alguien que, por mera ansia de conocimiento, profundiza en los asuntos procurando aplicar cierto carácter científico, y siempre con ánimo de aprender.

Y con ánimo de aprender me dio por estudiar las herejías; así, en general, y opté por estudiar una por una. Empecé con los cátaros, y se me abrió el abanico: adopcionismo, casianismo, jovinismo, pelagianismo, priscilianismo… y coincidió que en esos momentos tomó una fama inaudita un trabajo de José Antonio Pagola titulado “Jesús, aproximación histórica”. 

Picado de la curiosidad leí la obra y me pareció la herejía perfecta. Pero su nombre no sería el pagolismo. El motivo no es otro que la identificación de la doctrina de Pagola con la doctrina de Arrio. Acababa de descubrir, yo, que el arrianismo no era una herejía que había sucumbido en el siglo séptimo, como cándidamente tenía asimilado, sino que estaba plenamente vigente, y lo más importante: existía dentro de la iglesia católica, incardinada en altos estamentos de la misma.

No soy teólogo. Soy católico, y con mis cortos conocimientos de la doctrina no tengo ninguna duda al reconocer una herejía del calibre de la manifestada por José Antonio Pagola.

Llegados a este punto sólo me quedaba confirmar la fidelidad de mis argumentos, sin la existencia de posibles fisuras, a la doctrina cristiana, y para ello llamé a la puerta de teólogos que, desconocidos entre sí, confirmasen la rectitud doctrinal de mis argumentos.

Obtenido el “Nihil obstat” por el que, de manera independiente, cinco doctores en teología, tras haber revisado doctrinalmente el texto, certifican que no contiene errores doctrinales o morales, no dudo en salir a la palestra como adalid de la doctrina de Jesucristo, en unos momentos en los que se nos dice que todo vale.

Yo soy contrario a esa premisa, pero incluso los partidarios de la misma estarán de acuerdo conmigo que si todo vale, también vale mi denuncia. Y mi denuncia, que intrínsecamente es mucho más amplia, se centra en un personaje concreto, José Antonio Pagola, instrumento destacado de la herejía. 

Pero no podemos seguir adelante sin haber señalado que herejía no es otra cosa que la desviación manifiesta de la doctrina religiosa con la que se identifica el hereje; es ente caso, el cristianismo. 

Y debemos señalar que actualmente vivimos bajo un régimen de herejía que se distingue de los períodos herejes más antiguos tan solo en que el espíritu herético se ha generalizado y aparece bajo varias formas cuya finalidad es atacar al cristianismo, y junto al arrianismo hoy combate el espíritu cristiano el protestantismo, el islam y el modernismo, como quizás los más significativos. 

Pero nos vamos a centrar en el arrianismo, doctrina que nació en el siglo IV, y que tomó el nombre de su fundador: Arrio. 

El año 313, Constantino el Grande, que rendía culto a Mitra, promulgó el Edicto de Milán, por el que se concedía libertad de culto en el Imperio. En 318 surgía la herejía arriana.

Basado en el cristianismo, el arrianismo niega la divinidad de Jesucristo y entiende que la sociedad viene a ser un reflejo del orden divino en el cual el Hijo, y con él la sociedad entera, obedece porque es inferior por naturaleza, mientras el emperador es presentado como reflejo del Padre, con lo cual la estructura eclesial le resulta subordinada. 

La herejía alcanzó gran difusión, dándose lugar a crecientes enfrentamientos que señalaron la necesidad de convocar un concilio.

El año 325, Licinio, emperador de Oriente, fue vencido y ejecutado por Constantino, emperador de Occidente, pero el Imperio seguía inmerso en profundas convulsiones provocadas por la herejía arriana, lo que hizo que el emperador se plantease la urgente convocatoria de un Concilio Ecuménico, que finalmente tendría lugar en Nicea el mismo año 325. 

El Concilio de Nicea, así, no fue convocado por la jerarquía eclesiástica, sino por el emperador Constantino, que además no era cristiano sino seguidor del culto a Mitra, cuya preocupación era la desestabilización del Imperio, aspecto en el que influía directamente el ambiente de creciente enfrentamiento teológico, que inexorablemente acababa produciendo la desestabilización social.

Todos los medios del Imperio fueron puestos a disposición del Concilio, que convocó entre 250 y 318 obispos, entre los que se encontraban teólogos como San Atanasio y como Osio de Córdoba, que rebatieron y condenaron la doctrina de Arrio al tiempo que dejaban marcado el texto de la profesión de fe que hoy, mutilado el texto y el espíritu, es rezado en la Eucaristía.

Y en lo relativo al protagonismo del Imperio y del emperador Constantino el Grande, San Atanasio asegura que no existieron; que las actividades del Concilio no se vieron, de ninguna manera, perturbadas por la presencia de Constantino.

El ambiente siguió caldeándose tras el Concilio a pesar de las sanciones aplicadas por el Imperio, y Constantino acabó tomando partido por los herejes, rehabilitó la figura de Arrio y promovió su vuelta a Constantinopla al tiempo que San Eustaquio de Antioquía era depuesto y San Atanasio era enviado al exilio. 

Constantino se bautizó arriano, y otros emperadores siguieron su ejemplo, y para el año 340, el arrianismo se había expandido por el Imperio merced a la predicación del obispo Ulfilas. 

Al fallecimiento de Valente en la batalla librada en 378 contra los godos, sus correligionarios, el emperador de Occidente, Graciano, que era católico, nombró emperador de Oriente a Teodosio en el año 379, y este hecho sería fundamental para el desarrollo del conflicto arriano, ya que el 27 de febrero del 380, promulgó el conocido como Edicto de Tesalónica, en el que el cristianismo alcanza el grado de religión del Imperio.

Muerto Teodosio en 390, los godos invadieron Grecia. Esto tendría grandes inconvenientes cinco años después, cuando, con la división del Imperio, el emperador de Oriente, para que aquellos abandonasen Grecia, ofreció a Alarico la regencia de Iliria, que era del Imperio de Occidente.

Luego, los principios arrianos, promotores de iglesias estatales acomodadas al poder, arraigaron en los vándalos y en los visigodos, sirviendo como elemento de cohesión social que les resultaba imprescindible en el devenir de sus avances militares y políticos, en los que se vieron convertidos en élite dominante de unos pueblos mayoritariamente católicos, religión que fue tolerada, pero cuyos miembros tenían tasado su crecimiento social y político.

Tradicionalmente se adopta el año 476 como el de la caída del Imperio romano de Occidente.

Siete décadas antes se ultimaba el entramado que posibilitaría ese hecho. El año 409, y tras haber atravesado el Rin, tropas bárbaras —suevos, vándalos y alanos— llegaron a los Pirineos y entraron en España, encontrando franca la entrada gracias al apoyo de Constantino III. Traían el arrianismo, que perduraría hasta el año 589 con el III Concilio de Toledo. 

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Pero el fin del arrianismo en la Edad Media no fue finalmente definitivo, hasta el extremo de que ha ido apareciendo en distintos lugares de la geografía europea. Hoy su expresión política es hegemónica, y su influencia en la concepción religiosa, pervive en la actualidad entre las herejías protestantes, especialmente presente en su rechazo a la Santísima Virgen en cuanto Madre de Dios.

Conceptos que aparecen disimuladamente bajo el astuto rótulo de Teología de la Liberación, donde se confunden diversos aspectos de categoría teológica, filosófica, sociológica o económica, que a partir de los últimos años del siglo XIX, penetraron en la Iglesia y fueron condenados por San Pío X bajo la denominación de modernismo

Su desarrollo, que había quedado aletargado a lo largo de la Edad Media, tomó cuerpo en las doctrinas de la Ilustración, después de haberse manifestado en la generación de las herejías nacidas en el siglo XVI y han ido tomando posiciones de poder en el mismo seno de la Iglesia Católica, desde donde se pretende adaptar la doctrina a los errores propios de la Ilustración, sistema de pensamiento que se muestra adaptado, o incluso generado, por los mismos principios arrianos. 

Durante siglos, el mundo cristiano tendió a ver al islam como una forma de arrianismo, y al amparo de la Ilustración se han desarrollado principios arrianos que quedan manifiestos en la cristología de los Testigos de Jehová, herejía curiosamente promovida desde ámbitos de otra herejía, la anglicana, siendo alarmante la semejanza existente entre el arrianismo y el anglicanismo, manifiesta en lo relativo a la relación que anglicanismo y arrianismo tienen con el poder político. 

Ampliando lo desarrollado por el arrianismo primitivo, los Testigos de Jehová sacan de la Biblia afirmaciones como que Jesús no fue Dios-hombre, Dios en la carne, sino Hijo de Dios, inferior a Dios. Se refiere a él (a Jesucristo) como Dios Poderoso, pero no como el Dios Todopoderoso, Jehová.

Como hizo Arrio en el siglo IV, afirman que el Logos no puede ser verdadero Dios, porque tiene principio al ser Hijo de Dios, mientras que el Padre es eterno, y, al fin, dejan al descubierto la relación doctrinal que les une con Arrio.

Pero el arrianismo, hoy, no se encuentra sólo en los Testigos de Jehová. También se encuentra encriptado dentro de la propia Iglesia católica, y uno de esos encriptados, a juzgar por la lectura de los textos por él producidos, es el popular José Antonio Pagola, quien desde 1979 hasta 2001 fue vicario general del obispo de San Sebastián, José María Setién, de triste recuerdo para la Iglesia y para España, que junto al cardenal Enrique Tarancón, el cardenal Jubany, Uriarte, Larrea y otros, fueron bastión principal para la consolidación de la democracia en España, que acabaría pasando por encima de los principios cristianos que decían defender los citados. 

Merced a su colaboración se descristianizó España, y merced a su colaboración se dio pie a la imposición de leyes como la del divorcio, del aborto o de la eutanasia, y ellos posibilitaron la legalización de la masonería, organización cuya existencia tantas veces nos había sido negada.

Esos mismos obispos, y concretamente José María Setién, el obispo del que José Antonio Pagola fue vicario general, se mostraban complacientes con la actuación de la banda terrorista ETA, hasta el extremo de negarse a oficiar responsos por los asesinados por ETA, mientras sí lo hacían por terroristas muertos, y protestaban públicamente por la muerte de un terrorista que había fallecido en la cárcel por bronconeumonía. Tal hecho sucedía el 13 de febrero de 1981.

Esa era la actuación de la jerarquía eclesiástica española, y el vicario general de José María Setién no iba a remar en contra de lo que marcaba su jefe inmediato.

En 2001 publicó “La llamada de Cristo resucitado a su Iglesia”, “Hacia una muerte más digna”, y ya en 2007 ¿A quién iremos?, y la que resultó más que polémica, manifiesto de pura obediencia arriana y objeto de esta respuesta, Jesús, Aproximación Histórica, que contó con el nihil obstat del obispo de la diócesis, Juan María Uriarte, un personaje que cuenta con una trayectoria similar a la de su antecesor. En 2001 se negó a oficiar una liturgia por los asesinados de ETA, al tiempo que, como manifestación de la caridad, abogaba por el bienestar de los asesinos, y en abril de 2002 comparó el sufrimiento de las víctimas del terrorismo con la dispersión de presos etarras.

Los obispos señalados participaban en actos políticos y reivindicaban la memoria de catorce sacerdotes que, durante la Guerra de Liberación, fueron fusilados por las Fuerzas Nacionales, no por motivos de persecución religiosa, sino por activismo terrorista. Pero como contrapartida, no se celebró ningún acto por las 344 personas, entre ellas 39 sacerdotes, que se encontraban presas y fueron asesinadas entre 1936 y 1937, siendo responsable de Gobernación el nacionalista Telesforo Monzón. 

En ese mismo periodo también fueron asesinados 13 obispos, más de 7.000 religiosos y muchos más fieles por el hecho de ser cristianos, pero justamente estos no fueron objeto de la preocupación de estos obispos.

Es en este ambiente donde el libro de José Antonio Pagola fue divulgado y doctrinalmente apoyado por esos mismos obispos que lo presentaron como ejemplo que “combina rigor histórico-crítico con un lenguaje pastoral y accesible”, logrando que tuviese influencia en catequesis, grupos de estudio bíblico y formación de laicos, y fue considerado un referente de teología bíblica aplicada a la vida cristiana contemporánea. 

Dio lugar a acciones como la iniciada en enero de 2011, por la cual la Vaticana Congregación para la Doctrina de la Fe abría una causa contra Pagola que se alargó hasta 2013, cuando se cerró sin sanción al autor, si bien señalaba que padecía de “omisiones y ambigüedades peligrosas para la doctrina”, mientras el presidente del Consejo Pontificio de la Cultura del Vaticano, elogiaba la obra, contrariando la aclaración de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, que aseveraba que la obra , adolecía de tres deficiencias principales: la ruptura que establece entre la fe y la historia; la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios; y la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos que acaban tergiversándola.

Además, señala seis deficiencias doctrinales: presentación de Jesús como un mero profeta; negación de su conciencia filial divina; negación del sentido redentor dado por Jesús a su muerte; oscurecimiento de la realidad del pecado y del sentido del perdón; negación de la intención de Jesús de fundar la Iglesia como comunidad jerárquica; y confusión sobre el carácter histórico, real y trascendente de la resurrección de Jesús.

La obra de Pagola fue considerada por la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe como una aproximación a la historia de Jesucristo, pero de un Jesucristo desprovisto de su naturaleza divina y basada en una desconfianza manifiesta de los evangelios, y su herejía es combatida por teólogos católicos, cinco de los cuales han dado fe de la ortodoxia de este alegato contra Pagola, y callan su nombre.

Pagola manifiesta de manera críptica su adscripción a la herejía arriana cuando en su “Volver a Jesús” dice:

La idea que parece estar en el trasfondo es que los dieciséis siglos transcurridos desde “el giro constantiniano” hasta nuestros días han consolidado una estructuración de la Iglesia que es prácticamente imposible cambiar. (Volver. Pagola)

Ese “giro constantiniano” no es otro que el Concilio de Nicea, que no se limita a combatir teológicamente, sino que además lo deja manifiestamente expresado. Y el Concilio de Nicea es base indiscutible de la doctrina católica; en ningún caso “giro constantiniano”, porque Constantino era mitraico y finalmente se bautizó arriano.

La acción arriana de Pagola es continuación de los esfuerzos exitosos que por revitalizar el arrianismo se iniciaron particularmente en el siglo XVI y se reforzaron en el siglo XVII con el Racionalismo. Con la Ilustración los últimos tres siglos han significado el fin de la Era Cristiana y la implantación de la Era Ilustrada, donde proliferan las herejías en el mismo seno de la Iglesia, siendo que no es sólo Pagola, aunque a Pagola nos queremos ceñir.

3

Citando a Pedro Casaldáliga, otro hereje y pilar de la teología de la liberación, Pagola defiende un principio contrario a la fe:

El Dios en quien creemos, el Abbá de Jesús, no puede ser de ningún modo causa de fundamentalismos, de exclusiones, de inclusiones absorbentes, de orgullo proselitista. Ya basta con hacer de nuestro Dios el único Dios verdadero. (Volver. Pagola) 

¡Está negando los principios del Credo!

En Creer ¿para qué? señala, citando a Martín Lutero, que “religión es lo que hace uno en su soledad”.

¿Qué quiere decir con semejante afirmación? ¿Tal vez dormir es religión? ¿Tal vez cualquier acto cultural o fisiológico es religión?

¿Es asumible que un alto funcionario de la Iglesia católica se atreva a escribir, refiriéndose a Dios: «Eres Padre de todos. No vives encerrado en los templos, mezquitas o sinagogas»?

Por otra parte, siembra la duda en sus lectores al afirmar que Dios no es Todopoderoso porque no puede hacer el mal. 

Afirmación con clara intención torticera, porque facultad física para hacer el mal, sin lugar a dudas, la tiene. Otra cosa es que esa omnipotencia sea controlada y anulada por la magnificencia, que en ningún momento señala Pagola en Dios.

Pero es que, esa afirmación puede llevar a la creencia que quien sí puede hacer el mal, y por supuesto lo ejerce, no tiene por qué ser de menor categoría que el propio Dios. Es otro dios que, sin ser más inteligente, es más listo, y sus actuaciones perversas quedan justificadas.

Es constante en Pagola el repiqueteo de negar la dignidad divina a Jesús; así dice, citando a Friedrich Novalis, autor romántico de finales del siglo XIX:

Jesucristo sabía que, para Dios, nada hay más importante que las personas. (Creer. Pagola) 

Pagola se niega a definirse con sus propias palabras como arriano, pero lo hace reiteradamente con sus juicios; utiliza las artimañas que los sofistas han venido utilizando desde hace siglos; a saber: primero, dejaron de llamarse sofistas (sabios) y pasaron a integrar nominalmente el número de sus enemigos, los filósofos, hasta el extremo de que se les estudia en la “historia de la Filosofía”.

Desde esa posición, Pagola no duda en proclamar que la verdad no es hindú, ni cristiana, ni mahometana, sin caer, o cayendo, en que esa afirmación tiene un nombre: sincretismo.

Y en aras de ese sincretismo no duda en suscribir que la teología política significa la salvación común de todos los hombres, porque, afirma, nadie puede salvarse solo. La fe no es un negocio particular. La fe personal, existencial, es como la propiedad privada. Marx, en sus Manuscritos económico-filosóficos, habla de la «esencia subjetiva de la propiedad privada». (Creer, ¿para qué?) 

Definitivamente, el trato que Pagola da a la figura de Jesucristo no es cristiano; como muestra, veamos nuevas citas de su obra:

¿Te has preguntado alguna vez cómo vivía Jesús a Dios? (Creer. Pagola) Dios conduce a Jesús a acoger a los excluidos. (Creer. Pagola) 

Pero, hablando del perdón, ¿qué entiende Pagola al respecto?:

Los jueces, cuando imparten justicia, tienen que atenerse a las leyes vigentes. Pero Dios no está sometido a ninguna ley. Solo se atiene a su amor infinito por sus criaturas. DIOS PERDONA SIEMPRE. Su perdón es incondicional e inmerecido. No tienes que hacer nada para lograrlo. Solo una cosa: dejarte perdonar. (Creer. Pagola) 

Afirmación que es la sublimación de la herejía. Sí, es cierto que Dios perdona siempre, pero no lo hace contrariando la voluntad del pecador. Para alcanzar el perdón, es necesario, no dejarte perdonar, sino tener sentido de la culpa, arrepentirse de corazón y hacer firme propósito de no volver a errar. ¿Dónde quedaría la libertad humana si Dios perdonase al pecador contra la voluntad del pecador? 

Pongamos los términos en otros parámetros: supongamos que alguien se manifiesta enemigo del sistema democrático. ¿Tiene perdonada la democracia el pecado democrático? Sin embargo, parece evidente que nada desearía más la democracia que el arrepentimiento y la vuelta al seno del sistema de quien reniega de ella y, con toda seguridad, si llegase a arrepentirse, la democracia lo acogería en su seno. Sí, parece ejemplo fuera de lugar, pero, en definitiva, también la democracia es el dios de muchos.

No obstante, es necesario reconocer que hay sectores sociales que apoyan las tesis del señor Pagola, entre ellos los auto denominados “cristianosgays.com”, con quienes coincide ampliamente en afirmaciones genéricas como que la vida y el mensaje de Jesús son patrimonio de la Humanidad. 

Afirmación que se hace necesario matizar. El mismo Jesús mandó difundir su mensaje urbi et orbi, pero circunscribir el mensaje a un derecho patrimonial es una nueva afirmación alegre que parece destilar veneno, ya que de la misma se deduce que ese patrimonio es ajeno a la voluntad del Padre y más acorde con una exigencia hecha por la Humanidad a Dios que de un don que Dios hace a la Humanidad.

Pagola diferencia a Jesús histórico del Jesús de la Fe, y lo hace, como no podía ser de otro modo, que tergiversando la historia y tomando del Evangelio lo que le interesa, al tiempo que rechaza y ridiculiza el resto. 

Muestra de esa permanente actuación la encontramos en el relato de la matanza de los inocentes (Mateo 2,1-18), a la que señala como “relato legendario”.

¡Trata de fabulista a San Mateo! Pero no solo a él. Los cuatro evangelistas entran en liza.

También San Marcos es objeto de tergiversación cuando en la parábola de los viñadores, cuya cita exacta es:

Un hombre plantó una viña. La rodeó con una cerca, cavó un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se fue lejos. 

La refiere como un terrateniente que “arrendó su viña a unos labradores” y de los conflictos que tuvo con ellos al negarse a entregar la parte convenida de la cosecha (Marcos 12, 1-9.). (Jesús. Pagola)

Así son los sofistas. 

Ciertamente tal acción puede ser llevada a cabo tanto por un terrateniente como por alguien que no lo sea. ¿A qué viene tildar de terrateniente cuando la escritura no dice tal cosa? Además, aun conviniendo que se tratase de un terrateniente, la parábola es, según la R.A.E. 

Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral.

Y eso es lo que utilizaba Jesús. ¿A qué viene la tergiversación del sofista? Pero el sofista sigue:

Los tributos servían para alimentar a las legiones que vigilaban cada provincia, para construir calzadas, puentes o edificios públicos y, sobre todo, para el mantenimiento de las clases gobernantes. (Jesús. Pagola) 

¿Sobre todo para eso? Veamos… los impuestos públicos consistían en modestas liquidaciones de las propiedades. La tasa de impuesto bajo circunstancias normales era de 1% y, en ocasiones podía elevarse tanto como al 3%. 

Y el sistema impositivo incrementó el volumen de comercio en el imperio. 

A la vista de esta explicación, la expresión de Pagola se nos presenta como un exabrupto basado en la lucha de clases para describir el entorno familiar, social, económico, político y religioso. 

Y ahondando en la herejía, aprueba o rechaza, a conveniencia, cualquier expresión del Evangelio. Así, pone en duda el lugar de nacimiento de Jesús, y afirma que 

Jesús tiene cuatro hermanos que se llaman Santiago, José, Judas y Simón, y también algunas hermanas a las que dejan sin nombrar, por la poca importancia que se le daba a la mujer. (Jesús. Pagola)

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Pero el señor Pagola sabe bastante mejor que quién hace esta crítica, que en el mundo judío en que vivió Jesús los nombres de “ah” (hermano) y “ahoth” (hermana), designan parientes de grado mucho más lejano que el de hermano y hermana carnal. En cualquier caso, ese es un debate que siempre ha existido entre el catolicismo y el arrianismo. 

Pero si comprobamos el asunto en el Antiguo Testamento podemos encontrarnos con lo que Isaac dijo a Jacob: Que los pueblos te sirvan, y las naciones se postren ante ti. Sé señor de tus hermanos, y póstrense ante ti los hijos de tu madre (Gen 27.29). Quizás pueda aclarar el señor Pagola cuantos hermanos uterinos tenía Jacob.

La familia es combatida por Pagola con terminología hembrista. ¿En base a qué se atreve a formular esos principios sacados de los pensamientos posmodernos de la militancia radical feminista de estos años? 

Vamos entresacando aspectos de la obra de Pagola, pero no son sólo esos fragmentos los llamativos. Es toda la obra del heresiarca un intento de desmontaje del cristianismo en toda regla, y de acuerdo a la herejía ilustrada, connivente con el claro sentido arriano del autor, que se esfuerza en tergiversar la figura de Nuestro Señor Jesucristo.

Con un lenguaje medido, calculado, sin exabruptos, se muestra como buen servidor del Gran Mentiroso. Con palabras suaves, no dice, pero apunta a que él conoció personalmente las situaciones vividas por Nuestro Señor. 

Y utiliza otros textos históricos, como la historia de Flavio Josefo, pero sin ruborizarse. Después de tildar de leyenda el relato de Marcos sobre el Bautista, señala que en lo fundamental encaja con la información que ofrece Flavio Josefo.

El evangelio de Marcos (6,17-29) recoge una leyenda popular que corría entre la gente sobre la ejecución del Bautista. En lo fundamental encaja con la información que ofrece Flavio Josefo.

En su permanente cuestionamiento de la doctrina y de los hechos de Jesús, Pagola saca a colación la curación del siervo del centurión, que tiene reflejo en Lucas 7,1-10 y en Mateo 8,5-13 y afirma que es inverosímil históricamente la presencia de una centuria de legionarios romanos en Galilea, con la clara intención de marcar como falso el Evangelio, pues si no obedece a un acontecimiento histórico constatable, la verdad del Evangelio queda cuestionada. 

El hereje utiliza hábilmente un hecho cierto, cual es la imposible presencia de una centuria de legionarios romanos en Galilea en este momento de la Historia, ya que Galilea no conoció la presencia permanente de legiones romanas hasta el año 67.

Pero debemos considerar que Cafarnaún se encuentra en el camino entre Jerusalén y Damasco, y que estamos hablando de una provincia romana que no se romanizaba. Es cuando menos dudoso que no existiese presencia militar, máxime encontrándose ubicada Cafarnaún en el lago de Tiberíades, distante 15 km de Cafarnaún. Por otra parte, existen excavaciones que confirman la presencia romana: casas construidas en la hilera que va de la sinagoga a la llamada "ínsula sacra".

Esa relación no nos presenta legionarios romanos en el lugar, pero el ejército romano no se componía exclusivamente de legionarios, que estaban acantonados en Siria, a una distancia de Galilea que variaba entre los sesenta y los 450 kilómetros.

Las tropas romanas de Galilea eran cohortes auxiliares compuestas presumiblemente por gentes de otras partes del Imperio y por contingentes de reinos clientelares, como el de Herodes. Y estas cohortes tenían centuriones.

El centurión que pidió ayuda para sanar a su siervo, que se encontraba gravemente enfermo, ¿era romano?, ¿era judío? Lo desconocemos, y para el caso parece una cuestión irrelevante.

Lo que no es irrelevante es la equiparación que hace de Jesús con los magos, señalando que utilizaba sus mismos procedimientos.

Contra los magos predicó San Isidoro de Sevilla, y en el año 633 recibieron la condena de la Iglesia en el IV Concilio de Toledo.

Pero, como el mismo tema del arrianismo, justamente condenado en el III Concilio de Toledo, perdura el problema de los magos, que vuelve a sembrar la alarma en los siglos XII-XIII y, más concretamente, en Toledo, centro cultural donde reaparece entre textos relativos a astrología judicial, alquimia y medicina.

La preocupación secular de la Iglesia por el problema de los magos se basaba en que éstos negaban el libre albedrío, cualidad estrictamente cristiana, y defendían un determinismo fatalista que se señalan marcado en el firmamento.

Pero todo en Pagola es comprensible si atendemos al hecho de que está adscrito a la organización conocida como “Jesus Seminar”, organismo liberal que reunió a cien elegidos para juzgar el Nuevo Testamento, habiendo determinado por votación democrática con cuentas de colores que el 82% de los Evangelios no responde a la vida de Jesús, siendo dudoso que el dieciocho por ciento restante responda algo a la realidad. 

Posiblemente sea esa adscripción lo que motive la aparición de un sesgo racista, sionista, anti romano, que refleja reiteradamente, y que le hace decir: ¿Había alguna relación entre la opresión que ejercía sobre Palestina el Imperio romano y el fenómeno contemporáneo de tantas personas poseídas por el demonio? 

Elucubraciones que son despejadas por Flavio Josefo, que es un testigo de excepción, y que coincide con Pagola en que los delegados del Imperio sometieron a Judea a cierta opresión.

Pero, contrariamente a Pagola, Josefo, que era judío, analiza esa opresión en sus distintas vertientes —militar, política o fiscal— y señala que la misma era respecto al sistema impositivo, que, siendo similar al resto del Imperio, topaba con un impuesto local, el diezmo religioso, que era exigido no por el Imperio, sino por las autoridades religiosas locales.

La situación dio lugar a la Primera Guerra Judía, que Flavio Josefo, judío de raza y fariseo, señala que fue provocada por las ineptitudes de las diversas autoridades, ya que Roma no tenía interés en destruir Judea.

Una guerra que duró siete años es presentada por José Antonio Pagola como librada sobre gentes absolutamente impotentes para defenderse de su crueldad. 

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Todas las vertientes anticristianas son acometidas por Pagola, y por supuesto aborda el feminismo, fenómeno del siglo XX que lo presenta vigente en la predicación de Cristo, a quién en la práctica señala como machista al hablar de “pecadores” y no de “pecadoras”, y de una forma manifiesta se enfrenta a la doctrina cristiana afirmando que Jesucristo rompió su familia y que creó en derredor suyo algo similar a una comuna.

Ninguna cuestión tratada por Pagola es una minucia. Tampoco ésta lo es. Se trata de la ideología de género, una faceta más de los ámbitos sofistas que se encuentran implicados en la desestructuración de la sociedad, y en concreto a través del divorcio, sobre el que afirma que Jesús no se pronunció tal como se plantea en la actualidad, sino sobre el privilegio exclusivo de los varones de repudiar a sus mujeres.

En ese mismo ámbito, la obra de Pagola es una lectura del Evangelio a la luz del materialismo histórico, claro aliado del arrianismo.

Pagola, evidentemente, no cree en la resurrección de Nuestro Señor. No lo manifiesta así de claro porque es un sofista completo, pero lo deja sibilinamente manifiesto cuando al referirse a los testigos de Jesús resucitado dice que experimentaron a Jesús resucitado, con lo que pretende transmitir la duda, ¡y nada menos que la duda sobre la real resurrección de Jesucristo!, y ¡claro!, si Cristo no ha resucitado, ya nos lo dice San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, capítulo 15, versículo 14: vana es nuestra predicación; vana también es vuestra fe.

La experiencia es referente en el mensaje de Pagola; una experiencia que abona la negación de Cristo. Señala que la experiencia de Dios fue central y decisiva en la vida de Jesús, a quién como hace Mahoma, reconoce, no como Dios, sino como profeta, curador de enfermos y defensor de pobres, creador de un movimiento nuevo al servicio del reino de Dios.

Convierte la que denomina “experiencia de Dios”, en base de un estatus superior de Jesucristo al que, lejos de reconocerle naturaleza divina, relega al estatus de criatura, y se refiere a Él como profeta, siendo que a lo largo de su obra lo hace en 137 ocasiones, lo que contrasta con las 29 que, para referirse a Jesús utiliza la expresión “Hijo de Dios”. 

La verdad es que en varias ocasiones reconoce justamente esa filiación, llegando a manifestar expresamente “que es su Hijo y viene del seno del Padre”, si bien se encarga de señalar que “ni Jesús ni sus seguidores en vida de él utilizaron el título de “Hijo de Dios” para confesar su condición divina.”

El texto de Pagola, en fin, no deja espacio a la concordia con el cristianismo, y nos invita a vivir a Cristo “en la intimidad”, pero en una intimidad que conduce a la clandestinidad; nos pide una mansedumbre que convertida en pacifismo se asemeja más al sometimiento.

Un sometimiento que con Pagola ha sido predicado por los autodenominados pacifistas, que en los momentos protagonizados por Pagola exigían paz y concordia y protestaban por la condena a muerte de algún terrorista, pero callaban cuando ese terrorista posibilitaba que hoy podamos confeccionar un calendario en el que casi no hay día del año en que no se conmemoren asesinatos cometidos por terroristas entre 1975 y 2011. No se escuchó nunca una queja proveniente de los “pacifistas” en ninguno de los 829 asesinatos de la ETA ni de los 94 de los GRAPO o 6 del FRAP, y sí practicaron la resistencia no violenta cuando morían terroristas.

Y en esos momentos estaba el obispo de San Sebastián, Uriarte, que al tiempo que se negaba a oficiar una liturgia por los asesinados por la ETA, se quejaba del trato infligido a los terroristas y concedía el “nihil obstat” a la obra de José Antonio Pagola “Jesús, Aproximación Histórica”, objeto de la presente disección.

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