Fuimos inmigrantes

La inmigración es un fenómeno reciente en España, de hace 25 años. En el pasado, durante generaciones, los españoles fuimos inmigrantes, y ese hecho ha de ayudarnos a comprender nuestra historia y parte del presente.

Quiero señalar que no me refiero a la invasión de Ceuta. Eso no es inmigración, sino un test de Marruecos, que algunos pretender ceñir al fenómeno migratorio. Es una ingenuidad o una maldad, porque no se puede hablar de una invasión de más de 72.000 personas en un día, en una ciudad como Ceuta que tiene un poco más de esa población. 

Bastantes familias ceutíes sacaron a sus hijos de la ciudad, para que vivieran en una ciudad cercana con familia o amigos. Miedo, inseguridad, pánico. Colapso sanitario. Y con el temor de que se haga realidad el próximo día 15 una nueva invasión, que ojalá no se produzca.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, hubo mucha inmigración de gallegos a Sudamérica. Argentina, Uruguay… Muchos se dedicaban a la pesca. Buscaban una nueva vida para ellos y sus familias: muchos no regresaron, se casaron allí –entre gallegos, conozco historias– y se integraron en la sociedad uruguaya o argentina.  Aún ahora, en esos países se habla de los españoles como los “gallegos”, por lo notable que fue esa inmigración y ese arraigo.

Un aspecto no pequeño es que la inmensa mayoría, casi todos los españoles que emigraban, iban porque tenían un trabajo obtenido desde España o prometido por conocidos y parientes. Es un planteamiento radicalmente distinto de la inmigración que nos viene a España ahora.

Otra época de emigración española muy considerable fueron los años 50 y 60 del siglo XX. España era paupérrima, todavía destrozada por la Guerra Civil. Muchos españoles iban a Francia para tareas agrícolas, pasando muchas penalidades –vivir en almacenes, o dormir en el suelo-, que evitaban relatar a sus familias que vivían en España. Pasaban hambre.  Algunos –conozco casos– pagaron con su salud esas condiciones duras en Francia.

La emigración interna española, de los pueblos a las ciudades –a Madrid, Barcelona, Valencia, etc.-, fue de otro tipo, del campo a la ciudad. Es un fenómeno muy distinto, por humanidad, integración, prosperidad. La España de los tecnócratas, a partir de 1957, se pone en la rampa del desarrollo y lanzamiento económico.

Un caso original sucedió en Villarquemado (Teruel). Ese mismo año 1957 un buen grupo de ese pueblo turolense emigró a Canadá, para trabajar en granjas situadas en los alrededores de Montreal (Canadá). He de reconocer que me he acordado de este hecho por el torneo de tenis que ahora se está jugando en esa ciudad canadiense, y que ojalá gana Rafa Jódar.

Fue la “Operación Bisonte”, por la que 130 jóvenes españoles  -algunos de Villarquemado- se embarcaron en esa aventura en Canadá, impulsada por el Gobierno de Franco. Algunos regresaron y otros se quedaron para siempre en esas tierras tan distintas a las turolenses.

Fue el primer programa de emigración, que en total envió a 260 campesinos a Canadá. DE un pueblo de 1.000 habitantes, llegó a haber en Canadá 200 de Villarquemado.  Fernando, un buen amigo de Villarquemado, tiene muchos recuerdos de su infancia que hacen referencia a la “Operación Bisonte”.

Algunos vecinos de Villarquemado advirtieron duramente a los que se marchaban, o mostraban deseos de marcharse: “Os matarán los indios en cuanto ganéis dinero”, “allí hay mucha selva”, “os comerán los osos”. Amedrentarlos no servía de nada. 

En mayo de 1957 cuatro aviones españoles despegaban de Barajas con destino a Canadá repletos de los primeros emigrantes organizados. Cuentan que con lágrimas, con un nudo en el estómago, tanto los que marchaban como los que se quedaban. No tenían ni idea de francés ni de inglés. Era la primera vez que viajaban en avión.

¿Se puede alabar algo bueno de lo que hizo Franco durante 40 años? Aparte de los pantanos, de las viviendas de protección oficial, del nuevo cauce del río Turia en Valencia,  y de otras cosas, si no hay ceguera o sectarismo y aun teniendo en cuenta que las circunstancias actuales son muy distintas tas a las de hace 60 años, estos recuerdos familiares y sociales como turolense me sirven para tener un poco de perspectiva con la emigración. Fuimos inmigrantes.

La gran diferencia de esa primera expedición de 1957 en pleno franquismo a Canadá con la inmigración que ahora tenemos es que iban con trabajo. Menuda diferencia, crucial.

Otro tanto sucedía con los que iban a Francia: iban con trabajo, en duras condiciones pero dispuestos a afrontarlas por sacar adelante la familia.

El recorrido de estas líneas es, necesariamente, parcial, tanto familiar como geográficamente. Son un mero botón de muestra. Sin embargo, sirven para una sugerencia que me hizo hace poco un amigo sobre la emigración en España: que vengan con un contrato de trabajo, o un tiempo hasta que consigan un contrato de trabajo, pero sin subsidios nada más llegar. 

Así no haría falta una regularización masiva de inmigrantes como la que ha hecho Pedro Sánchez, con precipitación, mal hecha: que podamos contratar a un extranjero y darle de alta en la Seguridad Social, un particular –por ejemplo, para tareas domésticas– sin más burocracia ni manipulaciones políticas o demagógicas, muchas veces en perjuicio de los inmigrantes y de los propios españoles.

No habría mafias. Quien contrate a un extranjero responde de él.

Ahora también hay muchos españoles que siguen emigrando a Estados Unidos, Alemania, Finlandia, Gran Bretaña, pero es otra emigración muy distinta. Son ingenieros, enfermeras, médicos, que allí obtienen un sueldo cuatro veces mayor que aquí, tienen una preparación profesional buena y “se los rifan” en esos países. ¡Y van con un contrato de trabajo y expectativas de crecer profesionalmente! 

  • Javier Arnal Agustí es Licenciado en Derecho y periodista.
    Escribe, también, en su web personal.