CONQUISTA DE CANARIAS

Noticias de Canarias existen desde la antigüedad, cuando eran conocidas como Islas Afortunadas, así denominadas por Plinio el Viejo y por Claudio Ptolomeo, y hasta se especula que Sertorio, en el siglo I antes de Cristo, y según refiere Plutarco, recaló en ellas cuando era perseguido por el general Cayo Annio.

Ya en el siglo XV eran conocidas como Canaria, Islas de Canaria o Islas afortunadas. Es a finales del siglo XV cuando Gran Canaria pasa a der denominada de tal modo.

El interés por las islas no alcanzaría la suficiente importancia hasta este mismo siglo, calentado por las referencias que a lo largo del siglo XIV dieron varios navegantes que habían recalado en  las mismas en busca de esclavos. 

Sus habitantes tenían desarrollado cierto orden social que era gestionado por diversos jefes que en Canaria eran denominados guanarteme, en Tenerife mencey, y en la Palma tinamala. Los tinerfeños eran guanches, y los de Canaria, canarios.

El poder del guanarteme se estableció en las postrimerías del siglo XIV, en dos demarcaciones: la de Gáldar y la de Telde, cada una con su guanarteme, siendo hereditario el cargo por vía matrilineal a través de la hermana del guanarteme fallecido. Hasta entonces el poder estaba diseminado en pequeños cacicatos.

En Tenerife, el territorio estaba dividido en nueve demarcaciones gobernadas cada una de ellas por un mencey, siendo cada uno de sus territorios conocidos como menceyato, que se extendían por Anaga, Güímar, Abona, Adeje, Daute, Icod, Taoro, Tacoronte y Tegueste, y la jerarquía de cada mencey abarcaba tanto el ámbito militar como el civil y el religioso.

En el primer cuarto del siglo XV, un comerciante veneciano, Alvise de Cadamosto, encomiaba la fortaleza tanto de la naturaleza como de los habitantes de las tres islas mayores, y relataba que estaban habitadas por unas quince mil personas Tenerife, por unas nueve mil Canaria, y por algo menos La Palma, y que la poligamia era común.

Fue en 1402 cuando, en nombre del rey de Castilla, Enrique III el doliente, tuvieron ocasión las primeras acciones de conquista, llevadas a cabo por el normando Juan de Bethencourt, quién, con Gadifer de la Salle como lugarteniente y dos esclavos tomados con anterioridad, completó la conquista de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro, de las que obtuvo el señorío por parte de Castilla.

La Gomera sería conquistada en 1404 por pacto llevado a cabo por Hernán Peraza, y la conquista de las islas mayores tendría lugar bajo el reinado de los Reyes Católicos, siendo que no se culminaría la conquista sino en 1496, con la toma de Tenerife.

Prácticamente se llevó un siglo la conquista, en el que se produjeron todo tipo de relaciones; así, Juan de Bethencourt recibió del guanarteme Guadarfía su beneplácito cuando desembarcó en nombre de Enrique III. Construyó en el sur de la isla, en la zona de Rubicón un castillo que llevó su nombre, y desde el cual coordinaría incursiones sobre Fuerteventura, que finalizaron en enero de 1405 con la entrega de la isla por los jefes locales, Guize y Ayoze. 

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Tras la conquista de Lanzarote, Bethencourt viajó a la corte dejando el mando a Gadifer de la Salle, quién sufrió la sublevación de parte de la tropa, que se alió con unos piratas que visitaban la isla en busca de esclavos; sublevación que comportó una revuelta de  los habitantes de la isla, denominados majos.

A la vuelta de la Corte, en octubre de 1405 Bethencourt llevó a cabo una expedición sobre Canaria. Desembarcó en Arguineguín, pero no permaneció en la isla.

A continuación conquistó El Hierro, donde sus habitantes, denominados bimbaches, se rindieron a las huestes de Bethencourt ante la imposibilidad de resistencia tras haber sufrido sucesivas incursiones de piratas y traficantes de esclavos normandos y bereberes principalmente.

Juan de Bethencourt marchó a Normandía y no volvió más a Lanzarote. Le sucedió su sobrino Maciot de Bethencourt, que infligió gravísimas acciones a los naturales, a quienes sometió a esclavitud, lo que le comportó sublevaciones a la par que serios enfrentamientos con Mendo de Viedma, obispo de San Marcial de Rubicón, que en 1417 denunciaba ante las Cortes de Castilla el comportamiento tiránico de Maciot, provocando que Catalina de Lancaster y Fernando de Antequera, regentes durante la minoridad de Juan II de Castilla, encargasen el control de la situación al obispo Pedro Barba de Campos, que sustituyó al obispo Mendo de Viedma, pero no sería sino en 1431 cuando un nuevo obispo, Fernando Calvetos, acabó gestionando del Papa Eugenio IV la bula Sicut dudum de 1431, que condenaba la esclavitud.

Consiguientemente, Calvetos publicó un decreto por el que prohibía la venta de canarios como esclavos y ordenaba la liberación de quienes se encontraban esclavizados. Pero Maciot, que tenía en sus manos la fuerza, despreciaba al prelado y sus denuncias, lo que motivó que el obispo plantease el asunto a Juan II de Castilla, a quién exigió el destierro de Maciot, lo que ocasionó que éste pidiese ayuda a Carlos VII de Francia, mientras vendía sus derechos patrimoniales, a la vez, al conde de Niebla, a Guillen de las Casas, esclavista y tío de Bartolomé de las Casas, y al infante don Enrique de Portugal, creando una discordia que tardaría en ser resuelta.

Discordia que en 1445 comportó el apresamiento de Maciot por parte de Fernán Peraza el Viejo, que actuaba como consorte de Inés de las Casas, hija de Juan de las Casas, pero en apoyo de Maciot desembarcaron tropas portuguesas enviadas por Enrique el Navegante, que permanecerían en Lanzarote durante dos años, cuando fueron expulsados por los naturales, los majos.

En 1454 Enrique IV confirmó los derechos de Inés de Peraza, hija de Fernán, al tiempo que Alfonso V de Portugal renunciaba a sus pretensiones sobre Canarias y Enrique el Navegante abandonaba Lanzarote y Fuerteventura, donde estaba destacado. En 1455 el rey Enrique IV el de las mercedes, concedía la merced de conquista de Canaria, La Palma y Tenerife a los nobles portugueses Martín de Atayde González de Castro, y a Pedro Meneses de Castro, que se limitaron a pleitear.

Hasta 1479 continuarían las acciones estériles; así, es de destacar la acción que Diego Herrera, casado con Inés Peraza, que ejerció sobre las cuatro islas menores, en las que elevó fortificaciones al tiempo que intentaba tomar posiciones en las islas mayores, consiguiendo tan solo tensiones tanto con la población como con la Corona.

En 1464 hizo tratados de paz con los guanartemes de Telde y Gáldar, en Canaria, de quienes confundió con sumisión los obsequios que le brindaron, lo que llevó a Diego Herrera a entender que había tomado posesión de la isla, extremo que puso en guardia a los guanartemes, que rompieron las relaciones con el mismo.

Ante esa situación, marchó con tres embarcaciones y quinientos hombres sobre la isla de Tenerife, donde los menceyes dijeron que estaban muy conformes en ser amigos suyos, del Rey de Castilla y de todos los reyes del mundo, y el 1 de junio de 1464, los menceyes de Taoro, Güímar; Anaga; Abona; Tacoronte; Icod; Adeje; Tegueste y Daute, reconocieron la soberanía de Diego Herrera, al tiempo que éste reconocía la soberanía de Castilla.

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La conquista por parte de Diego de Herrera parecía tener éxito cuando en 1466 emparentó con Diego de Silva al casar éste con la hija de Diego de Herrera. Por estas fechas, el infante Fernando de Portugal envió una armada contra Gran Canaria. A ella se uniría Diego de Herrera. Diego de Silva fue vencido en Gáldar por el guanarteme Tenesor que obligó a la retirada de las tropas.

Por su parte, Herrera se enfrentó al guanarteme Bentaguayre, que fue socorrido por Tenesor y amparado por Diego de Silva, acabando el enfrentamiento con una retirada.

En Tenerife, los guanches rendían culto a una imagen de la Virgen María que, antes de tomar tierra los marineros de Castilla, habían recuperado del mar.

En este punto entra en juego un suceso acaecido una década atrás, cuando un barco de expedición por la zona capturó a un niño que acabó en Mallorca, donde fue bautizado y aprendió castellano, mallorquín y latín, y por supuesto fue cristianizado.

Acompañando una expedición de misioneros mallorquines, volvió siete años después a Tenerife, donde se integró en la sociedad que le había visto nacer, y que quedaba admirada por la formación cultural de la que sin duda daba muestra.

En presencia de la imagen que sus compatriotas habían recuperado del mar, explicaba el significado religioso de la misma, y les decía que representaba a la Madre de Dios.

Se ganó la confianza y recuperó el cariño de su familia natural, con cuyas prendas se convirtió en protector de los misioneros, que transmitieron conocimientos de gran valor para los naturales, lo que les reportó la seguridad que les fue brindada por el mencey de Güímar, y que perdieron posteriormente, cuando el mencey de Taoro, Bencomo, asaltó la misión en 1493 y los asesinó despeñándolos por los barrancos.

Este hecho acabaría acelerando la conquista de Tenerife; justificaba la intervención ya que era elemento indudable de guerra justa, dando fin a la diplomacia que se había venido ejerciendo desde mucho antes, cuando se habían firmado pactos que garantizaban la protección de Castilla contra los cazadores de esclavos, y se facilitaron herramientas agrícolas y ganados desconocidos en la isla.

Y por supuesto se gestionaba la vuelta de guanches que habían sido secuestrados con anterioridad por traficantes de esclavos.

Estas medidas obtuvieron buenos resultados en el sur, pero los menceyatos del norte se mantuvieron esquivos a cualquier medida de acuerdo.

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Antón Guanche se sometió a Acaymo, mencey de Güimar, a quién predispuso a favor de Fernán Peraza, reconocido como su padrino y señaló como rey (o mencey) de las islas menores, por concesión del Gran Monarca de los españoles, a los que señalaba con gran fortaleza de soldados, navíos, caballos y armas de fuego.

Acaymo se vio inclinado a dar crédito a las explicaciones de Peraza, y con él arrastró los ánimos de su sucesor, Añaterve, que veían reforzadas sus inclinaciones por el hecho de que los castellanos veneraban la misma imagen, la de la virgen María, que ellos mismos veneraban.

Pero esa simpatía por parte de Acaymo no era compartida por los otros menceyes, que reforzaron la vigilancia que para prevenir la llegada de piratas y traficantes de esclavos ya efectuaban sobre la costa en previsión ahora de la llegada de naves con intención de conquista.

En medio de esos debates llegó una escuadra comandada por Sancho de Herrera, hijo de Diego  que para 1464 debía contar veinte años de edad y no tuvo otra ocurrencia que, después de haber sido recibido magníficamente, y tras haber sido llevado a ver la imagen de la Virgen, acabó robándola y trasladándola a Fuerteventura, de donde posteriormente sería devuelta.

Otras actuaciones negativas llevó a cabo Sancho Herrera, a quien se permitió construir un fuerte en Añaza. Convino con el mencey Serdeto entregarse mutuamente a quienes cometiesen alguna infracción. Los castellanos no tardaron en tener un mal encuentro con un cabrero; fueron entregados y el castigo consistió en una reprimenda. Como la situación se repitiese, llegó el momento en que el infractor recibió una paliza, lo que ocasionó que fuese reclamada la entrega de los agresores, que fueron condenados a garrote. Seguidamente un ejército guanche acabó destruyendo la fortaleza.

Ya no volvió Sancho de Herrera a usar esos métodos violentos. Los menceyes lo recibieron en son de paz. Hubo intercambio de prisioneros y los guanches exigieron les fuesen entregados como rehenes treinta niños, a cambio de lo cual colaboraron en la construcción de una torre, a cuyo comandante encargó Herrera que crease la discordia entre los guanches.

No tardaron en surgir los problemas, y en 1470 los guanches mataron a cinco españoles que habían salido a forrajear. Fue el inicio de una guerra de guerrillas que se cobró la vida de un gran número de soldados de Herrera, cuyas vestimentas fueron usadas por un jefe subordinado guanche, un guayre llamado Maninidra, para vestir a sus propios guerreros, que avanzarían hacia Gando, donde destruirían la posición de Sancho de Herrera. 

Este acontecimiento resultó de gran importancia para el futuro, ya que los familiares de las víctimas se marcharon a la península para presentar quejas por las actuaciones de Sancho de Herrera.

Paralelamente a esta expedición, Pedro Ghemida llevaba una acción diplomática en Canaria que comportó la ratificación de acuerdos anteriores a los que se añadían varios extremos de importancia entre los que figuraba la puesta en libertad de los rehenes de cada una de las partes y el derecho de Diego de Herrera a recoger un alga roja denominada orchila que se utilizaba para la obtención de colorante.

Se trataba de un acuerdo que destaca por su positividad en medio de un cúmulo de actividades inconexas; pero la multiplicación de los errores que se habían acumulado a lo largo de los tres primeros cuartos del siglo XV conocerían su final cuando accedió al trono de la reina Isabel I de Castilla en 1474.

Todo tomaría un nuevo ritmo y unas nuevas formas en 1479 cuando finalizada la guerra civil, Castilla y Portugal firmaban el Tratado de Alcáçovas, en el que Castilla veía reconocida la soberanía sobre Canarias.

A partir de ese momento se agilizó la conquista, siendo que para 1483 era conquistada Canaria (hoy Gran Canaria), donde sin embargo algunas zonas montañosas resistieron hasta 1487, cuando se pacificó la isla.

Los Reyes Católicos estaban decididos  a terminar la conquista de las islas, y en 1478 toman la decisión de conquistar Gran Canaria, cuya misión sería encargada a Juan Rejón. En esta ocasión ya no se trataría de una empresa particular, sino una misión de la Corona que sería enfrentada por los caudillos locales DoramasManinidra Adargoma.

Desembarcado en la Isleta, el ejército plantó el real en un palmeral existente en lo que actualmente es la Plaza de Santa Ana, donde fue erigida la catedral, siendo denominado el lugar como “Real de las Palmas”, de donde derivó el nombre de la ciudad.

Pero volvieron a aparecer viejas rencillas que ralentizaron la labor encomendada. Surgieron desavenencias entre Juan Rejón y Juan Bermúdez, lo que comportó primero el arresto de éste y luego, a la llegada del gobernador Pedro de Algaba, la destitución y el arresto de Juan Rejón, que fue enviado a Castilla, donde ante la Corte se defendió de las acusaciones de que era objeto, señalando a Algaba como traidor, tras lo cual, y como las dudas sobre Algaba eran razonables, fue sobreseído su caso.

Esas desavenencias habían comportado derrotas notables, como la sufrida por cuatrocientos jinetes y quinientos soldados, que fueron derrotados en Tirajana el 9 de agosto de 1479, de la que Rejón acusaba a sus adversarios, siendo que sus argumentos hicieron que finalmente fuese autorizado a volver a Canaria, donde el 2 de mayo de 1480 ordenó arrestar a Pedro de Algaba y a Juan Bermúdez, a quienes juzgó y condenó por traición. Algaba fue ejecutado y Bermúdez desterrado, tras lo cual fue enviado como gobernador con plenos poderes Pedro de Vera, que procedió al arresto de Rejón, que fue enviado preso a la península.

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Pedro de Vera contaba entre sus oficiales con Hernán Peraza el Joven, señor de la Gomera y del Hierro, y con Alonso de Lugo, que más adelante se señalaría en la conquista de La Palma y de Tenerife. En el curso de la campaña militar durante 1481 ocurrieron dos hecho de importancia capital: por una parte, las tropas de Pedro de Vera acabaron dando muerte a Doramas, caudillo militar que aglutinaba la resistencia canaria, y por otra hicieron prisionero a Tenesor Semidán, guanarteme de Gáldar. Esta circunstancia sería esencial para la pacificación de la isla, ya que Thenesor Semidán fue enviado a la Corte de los Reyes Católicos, donde el mismo rey Fernando sería el padrino de su bautizo. Acababa de nacer Fernando Guanarteme, que jugaría un papel decisivo en la pacificación, siendo que ante los Reyes firmó un pacto de paz que ya no sería roto, y que cumplió en el terreno convenciendo a sus antiguos guerreros para que depusiesen las armas y aceptasen hacerse súbditos de los Reyes Católicos. 

En 1483 finalizaba la conquista de Gran Canaria, tras cinco años de lucha, cuando Fernando Guanarteme convenció a los refugiados en una zona montañosa conocida como Ansite; acuerdo que no fue refrendado por el caudillo Bentejuí, que el 29 de abril de 1483 acabó suicidándose junto al hechicero o faicán.

La figura de Fernando Guanarteme es presentada por los negrolegendarios, siervos especialmente de los intereses ajenos, como un colaboracionista que ayudó a destruir su propia cultura.

La historia nos dice que el mestizaje no es practicado por otros pueblos, mientras es ensalzado por el mundo hispánico, y sin duda esa segunda opción es la que detectó Fernando Guanarteme. No sólo el poder militar de Castilla, que sí, pero sin lugar a dudas lo principal era la aceptación de unos principios que no negaban los principios históricos propios de los canarios, sino que los asumían en tanto no eran contrarios al derecho natural. Gracias a él se conservó la idiosincrasia canaria y las leyes protegieron del despojo.

Y a Gran Canaria le siguió La Palma, conquistada por Alonso Fernández de Lugo, que culminaron las labores de conquista en 1493, si bien para 1492 ya tenían controlada la zona de Tazacorte, donde la flota de Colón recalaría para proveerse de avituallamiento en su marcha de descubrimiento.

La última isla conquistada sería Tenerife, que ocupó los años 1494, 1495 y 1496, pero ya para 1474, reinando ya la reina Isabel, habían cambiado considerablemente las cosas; hasta el extremo que quienes hasta el momento habían sido vasallos de Herrera, defendían sus derechos y señalaban los excesos que sobre ellos se habían cometido.

Su acción llegó al punto que sus acusaciones acabaron comprometiendo los derechos que sobre las islas había venido gozando el Señor de Canarias, Diego de Herrera, que fue puesto en entredicho y fue nombrada una comisión compuesta por Íñigo Manrique, obispo de Mondoñedo, y por Esteban Pérez de Cabitos, vecino de Sevilla, con el encargo de realizar las pesquisas oportunas al objeto de llevar a cabo un juicio de residencia que confirmase las acusaciones que lo señalaban como incumplidor de sus obligaciones de justicia, dentro de los límites de la legislación vigente, y que abarcaban aspectos como haber exigido excesivos tributos e infligido malos tratos a los naturales, además de intervenciones impropias en intercambios comerciales y excesos en sus intervenciones militares, además de interferencias varias en asuntos que no eran de su competencia.

Al tiempo, la Corona llamó a la sumisión a aquellos que se habían sublevado contra las acciones del procesado, que finalmente acabó superando el juicio de residencia, que entendía la existencia de abusos menores, lo que le representó sanciones que también fueron menores, siendo conminado a ceñirse a las leyes.

El juicio tuvo lugar en Lanzarote, donde los afectados podían defender personalmente las acusaciones, y posteriormente, Diego Herrera e Inés Peraza se desplazaron a la península y se presentaron a la reina, ante quién Fray Hernando de Talavera expuso en octubre de 1477:

Muy poderosa procesada y muy esclarecida reina y señora:
Vimos con diligencia, como Vuestra Alteza mandó, el negocio de las Islas de Canaria, así de las ya conquistadas como de las por conquistar; y vistos los títulos y escrituras de Diego de Herrera y de Doña Inés Peraza, su mujer, sus vasallos vuestros, así como lo que contra ello se debía, y ciertas pesquisas que en diversos tiempos fueron hechas por el reverendo obispo de Mondoñedo (que después fue de Jaén) y por Esteban Pérez Cabitos, y otras escrituras y apuntamientos que por algunos letrados cerca de ello estaban hechos:

Nos parece que los dichos Diego de Herrera y Doña Inés, su mujer, tienen cumplido derecho a la propiedad, señorío, posesión y mero y mixto imperio de las cuatro islas conquistadas, que son Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera y El Hierro; y que en ellas tiene Vuestra Alteza la superioridad y supremo dominio que tiene en todas las otras tierras, villas y lugares que son de los caballeros de vuestros reinos.

Ítem, que los dichos Diego de Herrera y Doña Inés, su mujer, tienen derecho a la conquista de la Gran Canaria, de la isla de Tenerife y de La Palma; y es suya y les pertenece la dicha conquista por merced que de ella hubo hecho, de juro y de heredad, el muy excelentísimo rey Don Juan, vuestro padre de gloriosa memoria (que haya santa gloria), a Alfan de las Casas, ascendiente de la dicha Doña Inés.

Pero, por algunas justas y razonables causas, Vuestra Alteza puede mandar conquistar las dichas islas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma; y si se ganaren las dichas islas o cualquiera de ellas, debe Vuestra Alteza hacer equivalencia por lo que se asignare a los dichos Diego de Herrera y Doña Inés, su mujer, por el derecho que a la dicha conquista tienen y por los muchos trabajos y pérdidas que han recibido, y costas que han hecho en la prosecución de ella, y especialmente ganándose la dicha isla de Tenerife, en la cual han tenido y tienen ahora adquirida alguna parte.

Ya habían empezado los Reyes Católicos a vitalizar los juicios de residencia, que si bien es cierto que datan de finales del siglo XIV, no tenían las dimensiones que acabaron alcanzando en la jurisprudencia desde el reinado de los Reyes Católicos hasta el siglo XVIII.

Y esa sentencia que tiene cierto carácter exculpatorio, tiene mayor carácter condenatorio en tanto en cuanto quedaron excluidos en la prosecución de la conquista. Quedaba limitada su influencia a las islas que ya gobernaba, en las que estaba obligado a mantener el orden y debían servir de apoyo logístico para la conquista de las tres islas mayores, Canaria, La Palma y Tenerife.

Los Reyes Católicos no aplicaban un castigo ejemplar, y lo hacían porque el poder real en las islas era muy limitado, dependiendo esencialmente de la voluntad de los señores de las islas, como quedaría demostrado en 1488 con los acontecimientos luctuosos de la Gomera. Pero con la sentencia señalaban las directrices y los límites que debía mantener en el futuro el procesado:

Que, pues no se hallaban con caudales ni fuerzas suficientes para reducir las islas de Canaria, Palma y Tenerife, era su real ánimo ponerlas bajo su protección y adelantar la empresa a costa del erario de la Corona de Castilla. Que, para indemnización del derecho y gastos incurridos, se les daría desde luego quinientos maravedís en contado, el título de Condes de La Gomera, y el dominio útil de las de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro, con las despobladas. Y que el dicho Herrera y Doña Inés renunciarían todos sus derechos y pretensiones sobre las tres islas grandes.

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Esta decisión dejaba fuera de las labores de conquista a los ya Condes de la Gomera, que aunque eran autónomos a la hora de gobernar, estaban obligados a respetar las leyes de la Corona, a cuya supervisión quedaban sometidos.

Se les concedió autoridad sobre justicia, organización territorial y tributos; algo parecido a una autonomía, lo que ocasionó quejas de la población, que consideraba tal situación como propia de un régimen opresivo señorial.

El 4 de septiembre de 1479 los reinos de Portugal y Castilla firmaban el Tratado de Alcaçovas por el que Portugal renunciaba a sus derechos de conquista de las Islas Afortunadas.

Pero en las islas menores seguían las rencillas, en medio de las cuales, el año 1481 Juan Rejón era asesinado por Fernán Peraza el Joven, que quedó como señor de la Gomera y del Hierro, mientras sus hermanos se enseñoreaban de Lanzarote y Fuerte Ventura. 

Los habitantes protagonizaron levantamientos en demanda de ser tierras de realengo, pero la Corona no llegó a aplicar las medidas necesarias para acabar con los despropósitos de los Peraza, que controlaban su territorio de forma autónoma mientras la corona, sin otras posiciones militares en la zona, carecía de la fuerza necesaria para controlar la situación.

Sus constantes abusos ocasionaron en 1488 un levantamiento popular en la Gomera que, encabezado por un guerrero llamado Hautacuperche, acabó asesinando al tirano y a varios miembros de su corte.

Su esposa, Beatriz de Bobadilla infligió un severo castigo aplicando la pena de muerte y sometiendo a esclavitud a los vecinos de Agana, mientras el obispo Frías denunció los hechos ante los Reyes Católicos, que nombraron pesquisidor a Francisco Maldonado, quién logró evitar que las islas menores quedasen fuera de la jurisdicción de la Corona, peligro evidente dada la fuerza y la organización de los Peraza, sus gobernadores.

Pedro de Vera contaba en la conquista de Gran Canaria con alguien que se significaría en acciones por él encabezadas. Se trata de Alonso Fernández de Lugo, conquistador de La Palma y de Tenerife, y con él, Fernando Guanarteme, que  continuaría desarrollando su labor pacificadora en Tenerife, donde acompañó a Alonso Fernández de Lugo en la conquista, siendo pieza fundamental en las negociaciones que se dieron con los menceyes.

Cuando el 29 de septiembre de 1492 desembarcaba Fernández de Lugo en Tazacorte, el tinamala (equivalente a mencey) Mayantigo reconoció la supremacía de los Reyes Católicos, y los otros tinamalas se avinieron conforme observaban que se cumplían rigurosamente los acuerdos firmados por Mayantigo. Sólo ofrecieron resistencia los hermanos Jarigua y Garehagua, tinamalas de Tigalate, al sur de la isla, y sobre todo el tinamala de la Caldera de Taburiente, llamado Tanausú, que se hizo fuerte en sus dominios, pero fueron vencidos y también se sometieron.

Fue una campaña que ocupó cinco meses y se dio por finalizada el 3 de mayo de 1493 con la fundación de Santa Cruz de La Palma.

Tras haber sometido la isla, Alonso de Lugo reclamó como muestra de paz el envío de veinticinco jóvenes a la corte de los Reyes Católicos. Sin embargo, fueron tomados como esclavos por comerciantes locales una vez desembarcaron en Sevilla, lo que ocasionó la inmediata intervención de los Reyes Católicos en atención primero al pacto de Alonso de Lugo, y en segundo lugar porque, además, se trataba de súbditos de la Corona, lo cual significaba que por derecho no podían ser esclavizados.

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Los palmeros fueron liberados y devueltos a La Palma, con lo que aprestaban las instituciones para la creación del Derecho de Indias, con el que se protegía a los indígenas, y del que son una señal imprescindible las Leyes de Burgos de 1512, base de todo el cuerpo legislativo que se desarrolló posteriormente.

Tras la conquista de La Palma, Alonso Fernández de Lugo partió a la conquista de Tenerife, en cuya empresa fue acompañado por Fernando Guanarteme, que sirvió de enlace con los menceyes tinerfeños, en la continuación de una labor ya desarrollada con éxito durante las dos décadas anteriores por Antón Guanche, personaje que a la llegada de Alonso Fernández de Lugo jugó papel de primer orden como mediador de excepción en una sociedad de la que ya formaba parte.

Fue pieza fundamental a la hora de tratar con los menceyatos, posibilitando que los de Abona, Adeje, Anaga y Güimar concertasen los que fueron conocidos como “bandos de paz”.

Por su parte, el mencey Bencomo fue el contrapunto de Antón Guanche, ya que supo utilizar sus artes diplomáticas para superar las tradicionales diferencias existentes entre los menceyatos de Taoro, Tacoronte, Tegueste, Icod y Daute, y convenir una alianza para enfrentarse a Alonso Fernández de Lugo.

Estos dos personajes jugaron un papel de primer orden, ya que su carisma, contrapuesto, tenía un vigor parecido, y si Bencomo llevó a cabo una alianza que en principio parecía imposible, Antón facilitó una base de intendencia que fue decisiva para el éxito de la empresa, en la que tuvo parte principal Añaterve, mencey de Güimar, primer gran aliado de Alonso Fernández de Lugo, ya cristianizado, que no sólo facilitó apoyo logístico y de intendencia, sino que aportó guerrilleros que combatieron con técnicas de la zona a los menceyatos que rechazaban la alianza.

Los menceyatos que suscribieron los “pactos de paz” se comprometían a no aliarse con Bencomo, mencey de Taoro que ocasionó graves contratiempos a la campaña de conquista, entre los que se cuenta la victoria que obtuvo el año 1494 en la que fue conocida como Matanza de Acentejo, cuando aplicando una táctica de guerrilla, dejó que las tropas españolas se adentrasen en La Orotava, para lanzar un ataque sorpresivo en el barranco hoy conocido como de La Matanza de Acentejo, donde murieron 600 castellanos y 200 canarios que marchaban contra Bencomo. 

Tras esta derrota, las acciones militares resultaron contrarias a los menceyes de guerra; Bencomo, el mencey de Taoro murió el 14 de noviembre de 1495 en la batalla de Aguere; Bentor, sucesor de Bencomo presentó batalla en el barranco de la matanza, pero fue derrotado, y a principio de 1496 se suicidó despeñándose; y los menceyes de guerra supervivientes fueron trasladados a la península, de donde nunca volvieron a Tenerife.

El 25 de julio de 1496 se daba por terminada la conquista de Tenerife.

 

BIBLIOGRAFÍA:

Hernández, Beneharo. Los menceyes de Tenerife. https://menceyesdetenerife.blogspot.com/2013/03/capitulo-i-el-mencey.html

Hispanopedia. https://es.hispanopedia.com/wiki/Sicut_Dudum?utm_source=chatgpt.com

Gran Enciclopedia Virtual Islas Canarias. https://www.gevic.net/indice_Global.php?modo=1

Los menceyes de Tenerife, los reyes guanches de la isla. https://marcacanaria.com/los-menceyes-de-tenerife-los-reyes-guanches-de-la-isla/

Viera y Clavijo, José https://bibliotecadigital.bnp.gob.pe/bitstreams/ea06a851-74e4-445a-9c4f-c6bb100d30f8/download

 

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