Patria

La patria vasca naturalmente. La que se inventó, entre otros aquel “beatón” llamado Sabino Arana Goiri, detestable filólogo privado del sentido del ridículo histórico. Sería muy interesante reeditar sus obras completas para que los jóvenes abertzales del país vasco, por ejemplo los que esta misma madrugada del siete de mayo han quemado siete contenedores para exigir la puesta en libertad de los presos de ETA, los llamados prisioneros de guerra del Estado Español. Sabino en su delirio afirmaba que Tubal, nieto de Noé, al llegar al estrecho de Gibraltar vio las dos columnas de Hércules (nombre vascuence según Sabino) una de ellas adornada con una bandera roja y gualda y con un escudo con la leyenda Non plus ultra. Sabino no se había enterado que la bandera roja y gualda fue elegida por Carlos III para identificar mejor a sus naves en alta mar y que fue Isabel II quien la elevó a la categoría de bandera de la nación española. Sería apartarnos de nuestro tema ahondar en las necedades nacionalistas. Lo que nos importa es la presentación de la novela de Fernando Aramburu.

Hace unos breves días los llamados artesanos de la paz han escenificado con cierta insolencia en la plaza Pau Vert de Bayona (Francia) el desarme total de ETA. Desarme que muy pocos creen en él. Mucho menos los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, los auténticos autores y héroes de la derrota de la banda criminal. Entre los invitados a presenciar la farsa se encontraba el etarra tristemente conocido como El carnicero de Mondragón (en el Registro Civil inscrito como José Zabarte). Este malvado fue condenado por los tribunales a la pena de 600 años. Encarcelado salió dos años antes por la aplicación de la doctrina Parot del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Nunca ha manifestado ningún arrepentimiento por el asesinato de diecisiete personas entre ellos el niño Piris, de 13 años. El tal, ahora es un activista de la vuelta de los etarras a sus casas, considerados como prisioneros el Estado Español... En su perversidad afirma que él era un gudari, un soldado de la “oprimida” Patria vasca y que se limitó a ejecutar las órdenes recibidas de sus jefes. Con toda chulería, en ningún momento ha pedido perdón a sus víctimas ni ha manifestado el menor arrepentimiento. Hoy se pasea impunemente por su pueblo y frecuenta asiduamente ciertos bares y tabernas, donde es recibido como un héroe.

Como contraste me viene a la memoria la actitud de uno de los dirigentes del Frente Popular de Castellón en aquella noche triste del asalto al buque prisión “Isla Menorca” surto en en el puerto de Castellón, en los primeros días de la guerra, con el vil asesinato de 58 detenidos. Aquel dirigente, exiliado en Méjico, jamás regresó a Castellón. Ni siquiera pudiendo acogerse a los sucesivos indultos concedidos o a la amnistía del 15 de octubre de 1977. Su conciencia era mucho más delicada que la del Carnicero de Mondragón.

La novela PATRIA ha sido editada por la editorial Tusquets. Relata magistralmente los cuarenta años de la actividad asesina de ETA. Centra el tema en dos familias vascas entrañablemente amigas, muy unidas. El veneno nacionalista se interpone entre estas dos familias cuando Txato, el cabeza de familia, pequeño empresario del transporte, es asesinado por ETA y los suyos comienzan a percibir el alejamiento afectivo de muchos de los que hasta entonces podían considerarse como amigos (“Algo habrá hecho”). En la otra familia, uno de sus hijos, inoculado por virus nacionalista, es encarcelado. Las tensiones son evidentes y las acusaciones veladas reflejan muy bien la enrarecida convivencia diaria del Pais Vasco.

Fernando Aramburu confiesa en su novela que lloró cuando escribía sobre el calvario sufrido por las víctimas del terrorismo. Un sufrimiento que jamás será compensado ni agradecido suficientemente por la sociedad española. A través de la novela queda magistralmente fotografiada aquella sociedad de los cuarenta años de actividad etarra, y los efectos colaterales en el mismo clero, en la persona de don Serapio, un cura párroco que de una manera sibilina inocula en muchos jóvenes el credo euskaldun. Es una parte de la sociedad vasca la que es sometida al análisis acusador de Fernando Aramburu. La novela, como no podía ser menos, es todo un éxito editorial.