Civismo veraniego

El verano parece terreno abonado para el descuido y la dejadez: el calor es la excusa o el motivo para justificar una retahíla de actuaciones que son nocivas para las relaciones sociales, o la educación  a la hora de vestir, viajar, comer, bañarse en el mar o en una piscina. Pienso que el verano, y de modo especial el mes de agosto, es la época en que, probablemente, más se descuida el civismo, invocando el socorrido calor o que se está disfrutando de vacaciones. El civismo supone pensar en los demás y no ampararse en la zafiedad, el egoísmo o la pereza. Me viene a la cabeza el refrán de “en la mesa y en el juego se conoce al caballero”, que me permito ampliar a las vacaciones, y de modo especial al descanso veraniego. Al escribir estas líneas, recuerdo cómo se comportan familiares, amigos, colegas, y he de reconocer que se aprende mucho de los demás…, también cuando nos llama la atención la zafiedad, el abandono.

Las formas sí importan. Lo exterior en la conducta suele revelar riqueza o pobreza interior. No comparto que las formas, sean cuales sean, expresan la espontaneidad y libre elección de cada uno.  Se puede estar en una terraza tomando un aperitivo con personas que visten  prendas propias de agosto, pero limpias, y con un olor agradable a desodorante o/y colonia ¡y otras veces se comparte con alguno que provoca que deseemos irnos cuanto antes! O una merienda-cena con amigos, en que la conversación puede ser divertida y relajada, digamos que con cierta categoría o nivel, pero que también puede estar plagada de alusiones reiteradas al calor, el sudor, los rumores sobre las relaciones de algunos matrimonios conocidos o las noticias insustanciales de cómo veranean y con quién algunos famosos del mundo de la televisión o del deporte. ¡Cuánto se agradecen esas reuniones familiares y de amigos en que hay una mayoría que acuden con el fin de aportar y hacerlo pasar bien,  evitando la frivolidad, la murmuración y la crítica insustancial hacia los ausentes!

El civismo supone pensar en los demás, lo que nos sale fácil es pensar en nosotros mismos. El civismo supone esfuerzo, y en primer lugar valorarlo, porque de lo contrario se tiende a la facilonería de un descanso vacío, en el que con dificultad entran las inquietudes y necesidades de nuestros familiares y amigos. Es caer en la cuenta de que, en nuestro edificio, hay personas que se levantan temprano a trabajar y no tienen vacaciones, que viven personas enfermas o ancianas: poner música o usar el ascensor a ciertas horas puede denotar civismo, o indiferencia total hacia los demás.