El título de esta columna puede dar a entender que tengo una varita mágica para analizar y resolver la situación en Venezuela. No es así. Hay una situación muy compleja, tras 26 años de chavismo, que no es fácil resolver. Sin embargo, a la vez, me atrevo a mencionar algunos aspectos que el bien de los venezolanos merece y exige.
Si hasta ahora decíamos que todos llevamos dentro un presidente del Gobierno –y otros añadían, un alcalde del municipio donde se vive-, con soluciones para todo, de repente ahora ha surgido, tras el ataque de Estados Unidos a Venezuela el pasado 3 de enero, una reacción de sorpresa y de dar soluciones para la situación venezolana, como si fuera un problema del patio de nuestra casa.
Con la mejor de las intenciones, o no –de todo hay-, se escuchan, se ven y se leen comentarios y soluciones sospechosas, simples, superficiales, al menos en mi opinión, junto a otras que valoran datos y cierto conocimiento de Venezuela.
Me ha resultado muy útil el comentario de un médico venezolano, que vive y trabaja en la ciudad donde vivo, Castellón, desde hace unos años, alejado de su familia y que salió ante la falta de libertad y medios materiales del régimen de Nicolás Maduro. “Hay muchas cosas que no comprendo, pero desconozco lo que se ha pactado o se pacta entre bastidores”. Al menos, en su sufrimiento, admite que la solución tal vez no es tan sencilla ni evidente para normalizar una dictadura de 26 años.
Algún dato puede ayudar: Venezuela llegó a ser la cuarta nación con mayor PIB per cápita del mundo, junto a Francia, según cifras del Foto Económico Mundial de Davos.
Hugo Chávez expropió activos de varias compañías petroleras extranjeras. Venezuela tiene la mayor reserva petrolera del mundo.
¿Con estos datos cómo es posible admitir la miseria actual de Venezuela, que ha llevado –junto a la violencia, la tortura, el encarcelamiento, la persecución– al exilio a 8 millones de venezolanos?
He de reconocer que me sorprendió mucho Donald Trump en la rueda de prensa, descartando sin matices a María Corina Machado, diciendo que es una persona agradable pero que carece del “respeto y apoyo del país”. Y pone a Delcy Rodríguez al frente del país.
Sí parece claro que el ejército y la policía no estaban dispuestos a que hubiera relevo en el poder, dando paso a Edmundo González y María Corina. Sin embargo, la normalización paulatina incluye que el ejército y la policía se renueven, tarea de Delcy, para que haya democracia y no dictadura con el mismo envoltorio sin Maduro.
Edmundo González y María Corina Machado ganaron unas elecciones con clara mayoría. No se les puede ni debe tachar, porque es invalidar el voto de millones de venezolanos.
Sí parece evidente que el ejército y la policía se oponen a perder su hegemonía total en Venezuela, y que hay que actuar con prudencia para evitar una guerra civil, o una violencia en las calles como nunca ha conocido Venezuela. Pero ese tacto no debe incluir despreciar a los venezolanos que votaron a Edmundo González y María Corina.
¿Cómo lograr ese equilibrio de realismo, respeto y de no humillar a los venezolanos, que mayoritariamente quieren el cambio hacia una democracia real, y olvidarse de la bolivariana, cuyos efectos han sufrido y sufren? Hay diversas maneras, pero no es admisible lo que hizo Trump.
Lo fácil es llevar a cabo la operación militar del pasado 3 de enero: lo difícil es normalizar Venezuela. Que sea difícil no significa negar evidencias, porque si no se dan pasos la transición puede eternizarse, cubrir los objetivos específicamente estadounidenses pero no el bien exigido y merecido por los venezolanos.
Trump tenía que haber tratado con María Corina el plan, y no exponerla a hacer el ridículo cuando dijo el mismo dia 3 que estaba preparada ella y la oposición para acceder al poder. Lo que recibió fue una bofetada en toda regla por parte de Trump.
Algo que Venezuela, la mayoría de los venezolanos, exige es la liberación de todos los presos políticos. Ya, sin matices. No hacerlo es dar alas al chavismo, que debe asumir que es un primer paso evidente, inmediato. Es urgente, no admite demoras.
Delcy Rodríguez, ahora presidenta de Venezuela, sabe que debe obedecer órdenes de Estados Unidos, siendo Marco Rubio su interlocutor y que durará un tiempo en la presidencia, puesto que no es admisible que el chavismo siga instalado en el poder.
Según parece, las urgencias de Estados Unidos son tres: acabar con el tráfico de drogas, expulsar de Venezuela a militares y agentes de Cuba y otros países, y no vender petróleo a los países adversarios de la Casa Blanca.
De esas tres urgencias, los venezolanos fácilmente aceptan las dos primeras, pero echan en falta la liberación total de los presos políticos. Y que el petróleo se venda con criterios comerciales, que empiece a repercutir y beneficiar al maltrecho país venezolano, por ejemplo a Estados Unidos.
Y los venezolanos esperan algún cambio en los ministros “cocos” de Venezuela. No puede seguir todo igual. El cambio ha de notarse, ha de haber un plan, que es de suponer que Trump-Rubio y Delcy han hablado o tiene en la cabeza, pero la sociedad venezolana ha de notar cambios paulatinos.
Los venezolanos exigen, ya, que puedan volver a su país los venezolanos exiliados por seguridad. No se atreven todavía. Y tienen familia allí. Esto debe exigirlo ya Estados Unidos. Para cambiar y mejorar Venezuela han de estar viviendo allí los venezolanos que tuvieron que exiliarse. No puede hacerse en un día, pero ha de facilitarse ya, no como una muestra de “venganza” sino de recuperar derechos perdidos.
En Venezuela se pasa hambre, hay cortes de luz y agua. Estos mínimos deben ocupar un lugar prioritario, urgente.
Las urgencias no deben marcarlas los generales, el chavismo. Deben asumir que su futuro depende también de que aceleren este proceso de cambio, pensando en el bien de los venezolanos, que han maltratado durante 26 años. Si no lo hacen, si se prolonga las medias tintas en cuestiones urgentes, sí que puede surgir una violencia en las calles. O al menos es lo que me parece, a la vista de lo que leo, veo, escucho, y procuro reflexionar.
Javier Arnal Agustí es Licenciado en Derecho y periodista.
Escribe, también, en su web personal.
