Los Austrias. UNA DINASTÍA ENDOGÁMICA

La época de mayor esplendor de la monarquía española es, salvo mejor criterio, la transcurrida durante la permanencia en el trono de la dinastía conocida como los Austrias. Los estudiosos la han subdividido entre Austrias mayores, Carlos I y Felipe II, y Austrias menores, Felipe III, Felipe IV y Carlos II.

Durante ese periodo de tiempo, 1517 a 1700, la corona española forjó un imperio, alumbró pintores universales, literatos insignes que forman parte del acervo de la Humanidad, científicos punteros, navegantes inmortales y unas unidades militares, los tercios, que serían la envidia del resto del mundo entonces conocido.

Dicho esto, con el solo ánimo de dejar sentado que el balance en general es positivo y que en cualquier caso lo que expongo a continuación no es una crítica feroz a la dinastía sino más bien una reflexión sobre los errores que, en materia de matrimonios, llevaron a cabo con una contumacia digna de mejores metas y que terminó por llevarlos a la extinción, con las consecuencias que ello acarreó para España.

Si obviamos a Felipe I el Hermoso, dada su escasa trascendencia en cuanto a logros reseñables para la historia de España, salvo, claro está, la paternidad del Emperador Carlos; es este el primero de los Austrias que ascenderá al trono a la edad de diecisiete años y lo hará con el nombre de Carlos I.

Pues bien, Carlos I, al poco tiempo de llegar a Castilla, conoció a Germana de Foix , segunda esposa de su abuelo Fernando el Católico, y mantuvo con ella un romance que, según recientes investigaciones, dio como fruto una hija. Por supuesto, es una hija fuera del matrimonio pues Carlos y Germana nunca se casaron. Al margen de lo curioso de la relación, poco se puede añadir, salvo que el emperador veló por el bienestar de su amante y de su hija.

El hecho notable a destacar es el matrimonio del Emperador con Isabel de Portugal. Si nos atenemos a lo que cuentan los cronistas de la época fue un matrimonio feliz y el amor surgió entre ellos a pesar de que, en principio, fue un matrimonio por razones de Estado. Lo llamativo del caso es el parentesco existente entre ambos contrayentes. Asumo que las relaciones de parentesco suelen ser tediosas y no siempre fáciles de seguir. Intentaré, en la medida de lo posible, evitar lo primero y allanar lo segundo.

Sintetizando, Carlos e Isabel eran nietos de los Reyes Católicos. Carlos era hijo de la reina Juana, hija a su vez de los Reyes Católicos, e Isabel era hija de María, hija también de los Reyes Católicos. Por consiguiente eran primos carnales. La consanguinidad es evidente. Aparentemente, este hecho no tuvo trascendencia en la progenie de la pareja. Eso que salimos ganando pues de esa unión nació el futuro Felipe II.

Felipe II fue más rumboso en esto de los matrimonios. Se casó cuatro veces y en tres de ellas, como veremos a continuación, con mujeres que, en mayor o menor grado, tenían relación de parentesco. En algún caso la consanguinidad es, cuando menos, llamativa.

La primera esposa fue María Manuela de Portugal. Era hija del rey de Portugal Juan III y de Catalina de Austria. Esta última era la hija menor de la reina Juana, aquella niña que compartió con ella el triste encierro en Tordesillas es decir, hermana del Emperador Carlos, padre de Felipe II. Otra vez se casan primos carnales. Ambos contrayentes eran bisnietos de los Reyes Católicos. De esta unión nació el príncipe Carlos. Personaje problemático; no se sabe bien si por alguna tara psicológica o por algún problema físico que tantos quebraderos de cabeza le ocasionaría a su padre.

La segunda esposa, María I de Inglaterra, o María Tudor como se prefiera, era hija de la reina Catalina, que a su vez era hija de los Reyes Católicos. En fin, otra nieta de nuestros queridos Reyes Católicos. Antes de casarse con Felipe II estuvo prometida a Carlos I. Vamos, que lo que no quiso el padre lo cogió el hijo. El parentesco entre ambos no sé exactamente como denominarlo. ¿Puede ser de tía abuela y sobrino? En cualquier caso, la una era nieta de Los Católicos Reyes y el otro era biznieto de los mismos. No hubo descendencia. Solo algunos embarazos psicológicos de la soberana que fueron la comidilla de las cortes europeas.

Tercera esposa, Isabel de Valois. Con esta terminamos pronto. Hasta donde sé, no había relación de consanguinidad. Tuvieron dos hijas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, que desempeñaron cargos relevantes en la administración regia.

Cuarta y última. Como no le había bastado casarse con su tía María Tudor, y a falta de heredero varón, pues el príncipe Carlos había muerto, se casa con Ana de Austria que es su sobrina carnal. Esta última era hija de María de Austria, hija de Carlos I. Es decir, María de Austria, la madre de nuestra actual consorte Ana, era hermana de Felipe II. Lo dicho, contrae matrimonio con su sobrina carnal. Fruto de esta unión nace Felipe III. Otro milagro de la genética, aparentemente.

Felipe III fue más comedido. Se caso con Margarita de Austria, que por el apellido ya se intuye algún tipo de relación pero que, en ningún caso va a ser tan cercana como se ha puesto de manifiesto con Carlos I y Felipe II. Era nieta del tío-abuelo paterno de Felipe III, el emperador Fernando I, el hermano de Carlos I. Vaya que alguna conexión había, aunque lejana. Son los padres de Felipe IV.

Felipe IV ya apuntó otras maneras pues, al margen de sus dos matrimonios, no reparó en catar los encantos de actrices y damiselas de la villa y corte. La más significativa entre todas ellas fue la conocida como “La Calderona”. Se cree que tuvo treinta hijos fuera del matrimonio, no todos reconocidos.

No divaguemos. Primer matrimonio con Isabel de Francia. No hay relación de parentesco entre ellos. Entre la muy numerosa descendencia, once hijos, destacamos al príncipe Baltasar Carlos en el que se depositaron grandes esperanzas dadas sus grandes cualidades. Desgraciadamente murió joven y no pudo suceder a su padre. Dos años antes fallecía la reina lo que obligaba al rey a contraer nuevas nupcias y asegurar la sucesión.

Como parece ser que no había mujeres en el mundo adecuadas para semejante papel buscaron entre la familia. Adivine el lector. Su sobrina carnal Mariana de Austria, hija de María Ana de Austria. Esta última era hermana de Felipe IV. Una vez más cometen el mismo error de consanguinidad con un parentesco tan próximo. En esta ocasión la genética ya no puede más y nos da como resultado a Carlos II, el hechizado, con las terribles consecuencias que ello tuvo para el Imperio español en general y para España en particular.

Evidentemente, en aquella época se desconocían las leyes de la genética. No obstante, algún atisbo tenían sobre las consecuencias que estas uniones entre parientes podían acarrear a la potencial descendencia. Si tampoco esto nos vale, recurramos a las normas que la Iglesia de Roma había escrito, negro sobre blanco, en relación con el tema. Me permito recordar que en aquellos tiempos la monarquía justificaba su existencia en el Poder Divino. El representante del Poder Divino en la Tierra era el Papa y sus leyes, Derecho Canónico; eran las que regulaban, entre otras cosas, el sacramento del matrimonio y sus impedimentos, entre los que se encontraba la consanguinidad.

“La consanguinidad es el parentesco que existe entre aquellos que están unidos por la sangre, es decir, hay relación entre ellos de ascendientes o descendientes, o se encuentra un tronco común. Hace nulo el matrimonio entre parientes en línea recta en todos los grados, y en línea colateral hasta el cuarto grado inclusive.”[i]

Lo cierto es que esa más que probable degeneración hereditaria les llevó a desaparecer como dinastía en España y propiciar la llegada, no sin guerra por medio, de los Borbones. Las consecuencias para España fueron, además de la Guerra de Sucesión, de toda índole, pues los Borbones, o al menos Francia, habían sido los enemigos por excelencia de los Austrias. Se puso especial ahínco en denostar todos los logros anteriores, incluida la conquista de América y la existencia de un imperio que les era incómodo. A partir de ese momento, son los historiadores franceses, entre otros, los que escriben la historia de España. Ya se pueden imaginar cuales eran las líneas maestras del argumentario.

Bien es verdad que no todo fueron malas noticias. Con la nueva dinastía llegó la Ilustración y la reforma de una administración, anquilosada por viejos principios y por procedimientos obsoletos.

 

 

[i] Primer grado: padres e hijos.
Segundo grado: abuelos, nietos y hermanos.
Tercer grado: tíos, sobrinos, bisabuelos y bisnietos.
Cuarto grado: primos hermanos y tíos abuelos.

 

  • .Juan Manuel García Sánchez es Licenciado en Derecho.