DE BIEN NACIDOS es ser agradecidos

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Con toda seguridad los hechos que a continuación pasaré a relatar son de sobra conocidos. No obstante no me resisto a exponerlos pues, personalmente, cada vez que los leo no dejan de provocarme una gran emoción, sentimiento que espero sea compartido por quien lea estas breves líneas.

Me estoy refiriendo al discurso de aceptación del premio Príncipe de Asturias, pronunciado por el cantautor y poeta el señor Leonard Cohen. No es necesario reseñar que mi relación con esta persona se limitaba a escuchar alguna de sus conocidísimas canciones. Tenía noticias de su admiración por nuestro gran poeta Federico Garcia Lorca. Él mismo afirma que su poesía hunde sus raíces en Lorca y que es el poeta que más ha influido en su obra.

Así mismo sabía que había adquirido, hace cuarenta años, una guitarra, “la Conde”, hecha en el taller de los hermanos Conde, ubicado en la calle Gravina, en Madrid. Su guitarra era para él un ser vivo que después de tanto tiempo conserva los aromas de la madera del cedro con la que está hecha.

  Por si esto no fuera por si solo suficiente, en un momento de su intervención, revela unos hechos que arrancan de lo más íntimo de su alma y que le vinculan con España hasta extremos increíbles. Esta revelación es sin duda la que me ha animado a escribir estas líneas con el único objetivo de despertar alguna que otra conciencia entre mis compatriotas.  

Asumo que por más empeño que ponga no seré capaz de mejorar lo expresado por el premiado en vistas de lo cual me limitaré a extractar, lo más fidedignamente que pueda, las frases que el mismo pronunció asumiendo mi papel de modesto narrador con el fin de darle un hilo conductor a la historia.

A primeros de la década de los 60, del siglo pasado, el joven Cohen paseaba por un parque de Montreal, próximo a la vivienda de su madre. Casualmente se encontró a un grupo de jóvenes que escuchaban a otro que tocaba la guitarra con aires flamencos.

Había algo en su manera de tocar que le cautivó. Él quería tocar así y sabía que nunca sería capaz. Le preguntó si querría darle clases de guitarra. Accedió y acordaron el precio y la hora.

Al día siguiente, tal y como habían hablado, se presentó en casa de su madre y comenzaron la clase. El profesor le sugirió que tocara algo para ver su nivel. Al instante le dijo: ¿No sabes tocar nada verdad? A lo que Cohen respondió: No.

El maestro se aplicó en afinar la guitarra y a continuación, tras manifestar que no era una mala guitarra, le propuso enseñarle unos acordes. A continuación tocó una secuencia de seis acordes con “trémolo”. Le pidió que lo hiciera él pero aquello fue un desastre. Lo dejaron para el día siguiente.

El segundo día le puso las manos en los trastes de la guitarra, la colocó en su regazo adecuadamente y comenzó a tocar, otra vez, los mismos seis acordes. Una progresión de seis acordes en la que se basan muchas canciones flamencas. Esta vez lo hizo un poco mejor.

El tercer día mejoró un poco. Ya sabía los acordes. Los había aprendido bien.

El cuarto día, el maestro, no acudió a la cita. Como tenía el teléfono de la pensión donde se alojaba llamó para interesarse por su ausencia. Le dijeron que se había quitado la vida. Se había suicidado. La tristeza fue grande. No sabía nada de él solo que era español. No sabía de qué parte de España era. No sabía por qué había ido a Montreal. No sabía por qué se había quitado la vida.

Ahora viene lo impactante de la historia. El Sr. Cohen manifiesta algo que nunca había dicho en público. Esos seis acordes. Esa pauta de sonido de la guitarra que le enseñó un desconocido joven español ha sido la base de todas sus canciones, de toda su música.

Continúa diciendo: Ahora comprenderán las dimensiones de la gratitud que tengo con este pais. Todo lo que han encontrado de bueno en mi obra viene de este lugar. Todo lo bueno que ustedes han visto en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra.

 -¿Entienden ahora por qué tenía que venir a dar las gracias?

Disculpe el lector las posibles deficiencias en la narración de esta historia. En cualquier caso son fácilmente subsanables recurriendo a YouTube y buscando el discurso en cuestión.

 Los españoles, que gozamos del privilegio de vivir de continuo en esta tierra, no somos capaces de sentirnos mínimamente orgullosos de ella y un extranjero, que la visita en contadas ocasiones, es capaz de encontrar la excelencia. Como dice el azulejo de la Alhambra somos ciegos en Granada.

Con la décima parte de nuestra cultura, de nuestra historia, de nuestras aportaciones a la ciencia, de nuestra arquitectura cualquier nación del mundo se labraría un porvenir brillante. Mucho me temo que, aunque España fuera el paraíso terrenal, muchos de mis compatriotas abominarían de ella y envidiarían los espejismos ajenos por el solo hecho de no ser nuestros. Conozco españoles que se jactan sin recato de haber visitado el Louvre o el MoMA y no han pisado una sola vez el Museo del Prado.

Los nacionales disfrutamos, en la mayoría de los casos sin darnos cuenta, de unos bienes y servicios, a los que nos creemos con derecho, por el mero hecho de ser españoles, obviando la elemental contraprestación de defender a la institución  que nos los proporciona.

Aprendamos un poco del Sr. Leonard Cohen. Bebió de nuestra cultura y la engrandeció plasmándola en su obra y, además, tuvo la gallardía, la grandeza, de venir, no solo a por un premio, también a darnos las gracias. Él no renegó de su historia personal y siempre estuvo profundamente ligado a sus orígenes. Personalmente, a mi edad, me importa más no olvidar de donde vengo que saber a donde voy y, por supuesto,  de bien nacidos es ser agradecidos.

 

Imagen: Amazon.es y cámara cívica