EL ATAQUE A LA IGLESIA

José M. Millet el Lun, 03/10/2022 - 09:04
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La nueva religión globalista, promovida por la ONU, es dogmática y dictatorial. Por ejemplo, el nuevo dogma no quiere ni oír hablar de la existencia de Dios. Solo este hecho nos debería hacer pensar un poco. Tampoco quiere naciones. Prefiere que la gente sea apátrida, pobre e inculta.

En el último año, Cáritas Diocesana ha gastado solo en España nada menos que 386 millones de euros ayudando a gente sin hogar, a inmigrantes, a parados, a familias desestructuradas. Su labor ha llegado nada menos que a 2.856.986 millones de personas. Sin embargo, el poderoso y sublime principio de la caridad cristiana es despreciado por la nueva religión, de forma que esta incomparable y titánica labor no cuenta.

Sabido es de todos que la Iglesia Católica defiende la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Considera al matrimonio como uno de los Sacramentos. Y entiende, inteligentemente, que, defendiendo esa unión, su indisolubilidad, protege a la familia: el lugar en el que se desenvuelve la vida en unos términos propicios para su desarrollo, estabilidad, seguridad y confianza. Lo más cercano que conocemos como civilización. Un marco estable para que los hijos se eduquen y crezcan felices y fuertes.

El problema es que la familia también molesta. Le da fuerza al hombre, cuando desde la nueva religión global se le quiere débil y desamparado. De forma que se promueve el divorcio casi como una necesidad.

La Iglesia no acepta el aborto dado que supone la eliminación por métodos artificiales y violentos de una vida humana independiente, en pleno proceso de creación.

Esto también molesta, puesto que se persigue reducir la población. De tal forma que se consigue la proeza de “vender” a la mujer el asesinato de su propio hijo como si de un derecho se tratara. Nadie habla de las terribles consecuencias psicológicas para las madres que optan por esta vía, pero es un hecho muy conocido en las consultas de los psicólogos y psiquiatras. Cada año, 100.000 futuros españoles son abortados.

Es evidente que esto es inaceptable para la Iglesia, de la misma manera que no acepta la intervención de unos supuestos “médicos” en orden a la privación de la vida de una persona, por los motivos que fueren, es decir, la eutanasia.

También esto importuna. En un mundo sin Dios, es el hombre el que debe de disponer de su final según la nueva religión.

La ideología de género, el inculcar a niños de corta edad que el sexo no es más que una construcción social y que no viene determinado por su nacimiento; turbarlos, generarles todo tipo de dudas y provocarles errores que después tardarán muchos años en deshacer, también es atacado por la Iglesia, que considera tal discurso como aberrante para con la naturaleza humana, establecida por Dios. Por supuesto que esto tampoco se le perdona a la Iglesia.

Que el matrimonio de dos personas del mismo sexo, incapaces, de facto, para procrear, sea considerado matrimonio, es algo que desvirtúa lo que debe de considerarse como tal; siendo esta otra firme posición de la Iglesia, contraria a los dogmas de la nueva religión y considerado por ésta un supuesto de delito de odio.

La oposición a promover mediante ligas como la LGTBI la homosexualidad es también, evidentemente, una conocida postura de la Iglesia que no gusta a la nueva religión.

Al fin y al cabo, cuanto más se destruya y se deslegitime el mundo hetero, más cerca estaremos de la eliminación del hombre por un mero principio reproductivo, y más conseguiremos reducir la población, según la nueva religión globalista, la auténtica plaga para el planeta.

La defensa de las raíces cristianas, de la cultura europea occidental, otro escollo para la nueva religión que trata de imponerse y para la que la Iglesia tiene demasiados fieles y demasiado leales como para no ser un obstáculo a su implantación. De ahí que se la persiga y ataque, se la denigre, intentando hacer ver a través de los “mass media” que ésta tan solo es una especie de fuente de pederastas encubiertos.

La nueva religión que impone la Agenda 20-30 es una nueva fe que anima a la reducción de la población, sustentando tal pretensión en fantásticas paranoias climáticas; mientras se esfuerza en incentivar todo tipo de prácticas sexuales alejadas de lo que ellos consideran el heteropatriarcado. Es, de facto, un nuevo dogma que no admite opiniones en contra, y que persigue la creación de un nuevo hombre, una especie de ser dócil con el poder, desligado de sus raíces, pobre, sin patria, sin hogar, a ser posible solitario, y mejor si cabe con problemas personales, con adicciones, quizás con problemas mentales.... En una palabra, se persigue conseguir desgraciados que amen ese nuevo orden como si su vida dependiere de ello y para ello la Iglesia, evidentemente, molesta.

Un mundo sin Dios. Una religión desligada de cualquier vinculación con la divinidad. Un conjunto de normas arbitrarias, impuestas por hombres y destinadas a destrozar al ser humano.

Por todos estos motivos, y dado que la Iglesia se opone a todo ello, no es extraño que las únicas noticias que aparecen en los medios lo sean para lograr su estigmatización, de una forma u otra.

 

José Manuel Millet Frasquet es abogado.

 

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