La superficialidad
“Nosotros, hombres modernos, estamos demasiado extrovertidos, vivimos fuera de nuestra casa, e incluso hemos perdido la llave para volver a entrar en ella”. (Pablo VI)
No cabe duda que las vidas, conductas y posturas del hombre moderno en la sociedad actual no son iguales a las de épocas pasadas, evolucionan continuamente. El hombre –desde los albores de la humanidad- ha pasado de lo primitivo, material y espiritual con todas sus variantes, paganas y cristianas, místicas y ascéticas, agnósticas y creyentes a las formas y posturas actuales de vivencias y convivencias diferentes.

Ayer 1 de Agosto, comencé el día con varios whatsapp sobre la paz en el mundo.. Europa está preocupada por la paz, pero las noticias de Oriente Medio en Siria e Irak, son devastadoras desde hace mucho tiempo. El Papa Francisco ha afirmado que hay más mártires ahora que en los primeros tiempos de la Iglesia y lloró cuando supo que habían crucificado a cristianos en Siria.
Entre las cuestiones de nuestro tiempo que más invitan a la reflexión, se ha de señalar, sin duda, la ausencia de Dios en la mente y vida del hombre postmoderno en la sociedad de consumo. Por primera vez en la historia, una sociedad, la nuestra, vive sin apenas referencia alguna a Dios en lo que podemos calificar como un ateísmo práctico. El término es acertado, porque una inmensa mayoría de gente cree en la existencia de Dios, sea por educación recibida, sea por propia reflexión, pero esta débil creencia apenas tiene trascendencia en sus vidas: creen en Dios, pero viven como si Dios no existiera. A pesar de que grandes masas de gentes, en el siglo veinte, han vivido bajo regímenes totalitarios que han impuesto un ateísmo feroz y militante, todavía es mayoritaria la proporción de creyentes en Dios en nuestro mundo.
En la sociedad actual, muchos piensan que no es correcto el querer expresar con firmeza y sinceridad nuestros pensamientos y convicciones; como si nos costara decir sí o no a respuestas y opiniones importantes y trascendentes de los demás. Con frecuencia, o somos excesivamente sumisos, guardando silencio ante hechos reales que nos imponen y que por respeto humano silenciamos nuestra opinión. Otras veces en cambio, admitimos distintas interpretaciones de un hecho para dar la sensación sin quererlo, de disimulación, incertidumbre o ambigüedad al ocultar nuestras verdaderas creencias.