Comentarios sobre LA LEYENDA NEGRA ESPAÑOLA

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Otra vez la leyenda negra

Otra vez la leyenda negra. No sé, ni cuantas veces, ni bajo que pretexto, ha salido a relucir ese sambenito. Ahora, creo, la muerte de un ciudadano de color negro en EEUU, ha dado pie a la enésima resurrección de la leyenda negra ¿Cómo es posible que al margen de lo condenable de la acción en sí misma, tengan algo ver los hechos acaecidos hace más de 500 años con el estado actual de las cosas? ¿Qué clase de nación es aquella que en cinco siglos no ha sido capaz de subsanar los errores, que los hubo, llevados a cabo tras el descubrimiento de América? Esa nación, y otras muchas, que ahora derriba estatuas sin criterio alguno; mantuvo, de hecho, la discriminación racial hasta bien entrado el siglo XX. Recordemos el asesinato de Martin Luther King y el por qué de su lucha.

España tiene en sus células madre umbilicales, una especie de error genético que se transmite, de manera inexorable, de generación en generación, sin que los aciertos de aquel acontecimiento, -el descubrimiento de América-, que los hubo y muchos, como veremos, consigan no ya erradicar, sino al menos mitigar esa lacra que, por más tiempo que transcurra, no prescribe nunca.

Mucho se ha escrito sobre la Leyenda Negra. Seguramente el lector español, de forma inconsciente, ha añadido española. Nada hay de extraño en ello pues si preguntáramos a nuestros conciudadanos, naturalmente a aquellos que hayan oído hablar de la mencionada leyenda, la inmensa mayoría la adjetivaría de igual forma. Lo sorprendente es que, si hacemos la misma pregunta a un extranjero, el resultado sería prácticamente el mismo. A nivel internacional, cuando se habla de leyenda negra, nos estamos refiriendo sin más a la española, como si no hubiera habido otras. Y sí, las ha habido pero desde luego no han “gozado” de la salud de la nuestra. La inquina, y sobre todo la persistencia en la memoria colectiva que ha tenido la nuestra es difícil de imaginar.

Mi convicción personal es que se ha montado, desde antiguo, una campaña de desprestigio contra España, unas veces tergiversando, otras magnificando y las más de las veces ocultando hechos, con el único fin de dejar para la historia una imagen distorsionada de lo que fue la España de la conquista de América y su posterior administración.

Se preguntará el lector, y con razón, pero ¿qué es exactamente la Leyenda Negra Española? , ¿Cuál es su origen?, ¿Donde comenzó?, ¿Quiénes la promovieron? y, sobretodo ¿Está justificada?. Intentaré, en la medida de lo posible, responder a estas cuestiones con las limitaciones propias de mi escasa erudición en la materia. Vaya por delante que estas líneas son fruto de la lectura de varios textos a los que por supuesto haré referencia, y de las reflexiones a las que me han inducido tanto su lectura como los comentarios, la mayoría de las veces extemporáneos y maledicentes, que he escuchado en personas cuya categoría intelectual deja un tanto que desear. Mi agradecimiento a sus autores que son los que realmente han realizado un trabajo de investigación.

¿Qué es la Leyenda Negra Española?. Definiciones.

Hechas las oportunas advertencias, vamos a ver si encontramos adecuada respuesta a tanta pregunta. ¿Qué es exactamente la Leyenda Negra Española?. Varias son las definiciones existentes, todas ellas válidas aunque cada una resalta por algún matiz en concreto. La de Juderias se centra en la visión que de España tienen los impulsores de la leyenda. Una España intransigente, en su mayoría analfabeta e involucionista. Carbia critica cómo se ha visto en el mundo la conquista de América. Fue un hecho violento. Vamos, que el resto de las conquistas que la Historia nos ha deparado, se han llevado a cabo con batallas de flores y poemas pastoriles. Julián Marías se pregunta por la transmisión de esa suerte de pecado original que, de forma indeleble, se transmite de generación en generación hasta el fin de los tiempos si prescribir jamás.

Julián Juderías.

“Entendemos por leyenda negra, la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos, lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones; en otros términos la leyenda que habiéndose empezado a difundir en el siglo XVI a raíz de la reforma no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces, y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional”.

Rómulo D. Carbia

“Un juicio inexorable ordinariamente aceptado sin indagar su origen y según el cual España había conquistado a América primero y habría gobernado después, durante más de tres siglos, haciendo alarde de una crueldad sangrienta y de una opresión sin medida, cosas ambas que podrían considerarse como únicas en la historia de todo el occidente moderno. Un espíritu verdaderamente inhumano un desgobierno al que más que nada caracterizaría la intolerancia y el desprecio”.

Julián Marías

“La leyenda negra consiste en que, partiendo de un punto concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la condenación y descalificación a todo el país a lo largo de toda su historia incluida la futura. En eso consiste la peculiar originalidad de la leyenda negra. En el caso de España se inicia a comienzos del siglo XVI, se hace más densa en el siglo XVII, rebrota con nuevo ímpetu en el XVIII- será menester preguntarse por qué- y reverdece con cualquier pretexto, sin prescribir jamás”.

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¿Cuál es su origen?, ¿Donde comenzó?. Lugar y fecha de nacimiento.

Hasta no hace muchos años (1960), siempre se pensó que su origen estaba en la Apología de Guillermo de Orange publicada alrededor de 1580 y basada en buena parte en la Brevísima relación de Fray Bartolomé de las Casas (1542), y dirigida al Emperador Carlos. Es cierto que este documento marcó un antes y un después en la publicidad de la leyenda, entre otras cosas por la constancia documental que ello suponía. No obstante, el hispanista sueco Sverker Arnoldson en su libro “Los orígenes de la Leyenda Negra española”1, editado por primera vez en 1960, sostiene que el inicio realmente se produjo en Italia. Sí, la Italia del siglo XVI en la que por aquel entonces la Corona de Aragón sentaba sus reales en buena parte de su territorio.

Son muchos los argumentos que aporta el hispanista sueco en defensa de su criterio. Sin pretender ser exhaustivo. Las cuestiones militares: Gonzalo Fernández de Córdoba obtenía victoria tras victoria en suelo italiano conquistando ciudades para la corona hispana2. Esta situación de guerra casi permanente, implicaba un cúmulo de perjuicios, tanto económicos como morales, para la población autóctona. Si a ello añadimos los abusos de las tropas de ocupación que, con cierta frecuencia, se tomaban la libertad de exigir a los ciudadanos prestaciones que compensaran su escasa paga o, incluso la ausencia de ella, se entenderá que el odio era moneda común en esta forzada relación. Aquí fue donde se acuñó por primera vez el término marrano, sinónimo de español.

Las motivaciones económicas son otro argumento pues los comerciantes catalanes competían con las ciudades italianas, por aquel entonces muy amenazadas sus rutas de comercio por los turcos, y aquellos estaban amparados por la corona aragonesa, pues no olvidemos que los condados catalanes formaban parte del Reino de Aragón. El casi monopolio que ejercían las ciudades italianas como Génova, Pisa y Venecia, en el comercio entre oriente y occidente, se vio afectado por la implicación de los catalanes, que eran tan buenos comerciantes como ellos, y que contaban con mejor protección marítima en todo el Mediterráneo.

Dos hechos singulares contribuyeron a justificar el odio hacia lo español: “El Sacco di Prato” y “El Sacco di Roma”. El primero de ellos tuvo lugar con ocasión de la intervención de las tropas españolas para restituir a la familia Medicis en el gobierno de Florencia de la que habían sido expulsados. Prato era una avanzadilla de Florencia. El número de víctimas varía en función de las fuentes que se consulten. Para unos fue de 4000 y para otros 500. Es de suponer que detrás de ambas cifras merodean afanes propagandísticos.

El segundo “El Sacco di Roma” tuvo lugar en la primavera de 1527. Un ejército de mercenarios imperiales – alemanes, borgoñones, italianos y españoles – avanzó por Italia hacia el Sur bajo el mando del duque de Borbón. La falta de dineros para satisfacer las pagas de los soldados hizo que estos se amotinaran. Para intentar abortar el mitin, el duque les prometió saqueo y los condujo a Roma. Durante varios días los soldados saquearon, asesinaron, violaron y devastaron la ciudad. Sin pretender negar los hechos, es de justicia precisar ciertos aspectos. No fueron solo soldados españoles los que saquearon Roma. También participaron alemanes, borgoñones e italianos como antes se ha dicho. Es verdad que varias fuentes dicen que los españoles fueron más astutos a la hora de conseguir más botín y que los alemanes eran más crueles. Otras, en cambio, equiparan a italianos y a españoles en la crueldad y en la avaricia. Lo que hace que los italianos descargaran su odio hacia los españoles no es solo su crueldad y su avaricia, sino que estos, a diferencia de los alemanes y borgoñones, se quedaron en su territorio como dominadores. Su mayor permanencia y su posición dominante hicieron que fueran objeto de mayor inquina que el resto que seguramente cometió las mismas tropelías.

El cúmulo de inexactitudes, falsedades y medias verdades que, con carácter propagandístico, se ha esgrimido contra la histórica hegemonía española se ha denominado Leyenda Negra, a la que el hispanista sueco calificó como "la mayor alucinación colectiva de Occidente".

Parece pues evidente que Arnoldsson tiene razón. Los orígenes de la leyenda negra están en Italia a principios del siglo XVI. La sangre contaminada por moros y judíos, los principios cristianos corrompidos por el islam y el judaísmo, la crueldad y la avaricia son elementos que van a repetirse a lo largo de la existencia de la leyenda y que siguen hasta nuestros días, como más adelante veremos, y que aparecen por primera vez en tierras italianas.

¿Quiénes la promovieron?. Impulsores.

Como anteriormente he dicho, la leyenda negra no es un patrimonio exclusivo del Imperio Español. Parece como si todos los imperios llevaran, cual rémora inevitable, el sambenito de su auto desprestigio. La profesora Dª Elvira Roca Barea, en su libro Imperiofobia y Leyenda Negra, estudia el desarrollo de la imperiofobia en el imperio romano, ruso y Estados Unidos para, a continuación, tratar el Imperio Español en toda su extensión. No cabe duda que la leyenda negra no es una singularidad del imperio español, aunque seguramente es la más conocida, probablemente la más perfeccionada y, con toda seguridad, la que más ha perdurado a lo largo del tiempo.

Un rasgo común a, prácticamente todos los imperios, es la coexistencia más o menos exitosa de su correspondiente leyenda negra. Es una consecuencia directa de las características del imperio: poder y extensión territorial. El poder implica la dominación de un grupo sobre otro y esto alimenta la necesidad de desprestigiar a la clase dominante en una especie de terapia de grupo que haga más llevadera la subordinación.

La leyenda negra, en general, se alimenta en todos los casos de los mismos tópicos como ya se ha apuntado anteriormente en el caso de Italia: sangre mala o baja, ausencia de nobles ancestros, deseo insaciable de poder y riqueza, cuestión religiosa y corrupción moral.

Es una forma de rebajar las cualidades del conquistador contaminando la conquista y elevar a su vez las del conquistado que se erige en juez imparcial.

Concretamente en el caso español los pilares de la leyenda son: la conquista y colonización de América, la Inquisición, la expulsión de los judíos y, secundariamente, la destrucción de Al Andalus3.

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Los impulsores fueron, naturalmente, los enemigos de España que por aquel entonces eran ciertamente numerosos. Guillermo de Orange, con tal de debilitar en Flandes a la corona española, se tomó muchas molestias para difundir todo lo negativo de España. Su gran oportunidad surgió cuando cayó en sus manos la Brevísima relación sobre la conquista de América de Fray Bartolomé de Las Casas. El monje dominico se erigió en un defensor a ultranza de los indios americanos. Para ello no tuvo reparo en exagerar algunas situaciones que, en efecto, pudieron darse sobre el maltrato que sufrían los indios. Menéndez Pidal lo califica como “enormización lascasiana” dejando con ello entrever lo dado que era el dominico a amplificar los datos reales con tal de justificar su objetivo. Más adelante veremos cómo los datos aportados en su Brevísima son difícilmente asumibles, desde un punto de vista estrictamente histórico.

Los protestantes, enemigos contumaces de la cristiana España, también aportaron algo más que un granito de arena. Para ello contaron con una herramienta hasta entonces desconocida: la imprenta. Con ese instrumento dieron fácilmente publicidad a todo tipo de diatribas contra el Imperio Español. Los argumentos más retorcidos se pusieron al alcance de la ciudadanía protestante, acompañados de grabados en los que podía verse a los conquistadores españoles azuzando perros contra los indefensos indios. Esta idea está inspirada en las declaraciones de Fray Bartolomé. Declaraciones que posteriormente el mismo desmintió. Lo que no llegaba mediante texto, por ser la población analfabeta, lo suplían con estampas y grabados.

Como vemos la manipulación de masas no se inventó ayer. En cualquier caso no podemos reprochar a los enemigos de la nación dominante, en aquel entonces, que recurrieran a todo tipo de artimañas para socavar sus cimientos. Lo sorprendente, lo inexplicable es que España no hizo prácticamente nada para desmontar tanto libelo. Probablemente su posición hegemónica, su prestigio militar y su firme convencimiento de ser la defensora de la religión verdadera le indujeron, equivocadamente, a pensar que la mentira, la calumnia y la difamación tenían las patas muy cortas, si se me permite la expresión coloquial.

¿Está justificada?

Para no tener al lector pendiente de la pregunta ya le adelanto que no. No está justificada, al menos en la medida en la que se ha extendido por el mundo y, sobretodo, en la persistencia con la que ha salido a relucir en los momentos más insospechados de la reciente historia de España. Para no confundir al lector me permito ir desgranando los argumentos que apoyan esta afirmación en función de los pilares en los que se sustenta y que ya han sido mencionados. A saber:

  • El descubrimiento, conquista y colonización de América.
  • La inquisición.
  • La expulsión de los judíos.
     

El descubrimiento, conquista y colonización de América.

Dejando al margen la tarea descubridora, en la cual no creo que nadie encuentre argumentos para menospreciarla, nos ocuparemos de la conquista y colonización por ser funciones que, si bien tienen un nexo de unión, tienen objetivos distintos. Mientras que la conquista persigue someter nuevos territorios a la corona la colonización pretende administrarlos con la ayuda de gente de la metrópoli.

Debemos tener cuidado con el término colonización pues, como ya se ha apuntado, las tierras descubiertas y conquistadas no fueron colonias sino parte del territorio español.

Las tierras descubiertas, posteriormente conquistadas y debidamente administradas, gozaron de un régimen jurídico que no era otra cosa que una extensión del implantado en la España peninsular con las adecuadas excepciones. Los habitantes del Nuevo Mundo, dependientes de la corona castellana, jurídicamente, no eran distintos de los súbditos españoles propiamente dichos. Buena prueba de ello es la creación del Real y Supremo Consejo de Indias, órgano administrativo equivalente al Consejo de Castilla, cuyas competencias se extendían a los territorios de ultramar y cuya finalidad era la buena administración de dichos territorios.

Un tema recurrente en la hispanofobia es el relativo al supuesto genocidio llevado a cabo por España sobre la población indígena. Es cierto que hubo una disminución significativa de la población autóctona pero las cifras manejadas por Las Casas son evidentemente exageradas. Los 12 millones de los que habla el dominico no se sostienen. Para poder llevar a cabo semejante matanza, teniendo en cuenta el número de españoles que en los primeros 50 años llegaron a las indias, lista de Cristóbal Bermúdez Plata, sería necesario que cada español hubieran matado a un indio los días de diario y a tres los domingos y para ello habría que incluir a clérigos, mujeres y niños como participantes de esa orgia de muerte.

Analizando 18 pueblos de Nuevo México, según estudio de la universidad de Harvard, departamento de antropología, de una población de 6.500 individuos se pasó a menos de 600. Pero lo curioso es que esa despoblación se produjo un siglo después de la llegada de los españoles y fue debida a enfermedades. Hoy es mayoritariamente aceptado que la despoblación se debió mucho más al contagio de enfermedades, para los indios completamente nuevas y para las que no tenían ningún tipo de defensa natural, que a la crueldad de los conquistadores. La viruela, el sarampión, el tifus, la gripe, la difteria, las paperas, etc. fueron los auténticos e involuntarios verdugos de aquellas gentes.

No se puede hablar de genocidio pues en ningún momento hubo una decisión o voluntad política de exterminar a los indios. Más bien al contrario la corona siempre los protegió e hizo lo posible por castigar a los españoles que, dada la lejanía y llevados por la codicia, se extralimitaron en el trato con los indios.

Joseph Pérez ha comparado la conquista española con la inglesa y asegura que por mucho que los puritanos ingleses denuncien la crueldad de la colonización española “esta dejo vivos a millones de indios, en una época en la que se exterminaba a los sioux y los apaches, considerados un estorbo para la conquista del oeste. El hecho es que hoy apenas quedan indios en Estados Unidos, y allí es casi inexistente el mestizaje”4.

Población mestiza/indígena

  • Colombia 63%
  • Venezuela 57%
  • Bolivia 88%
  • Ecuador 92%
  • Guatemala 82%
  • México 85%
  • Honduras 96%
  • Nicaragua 83%
  • Pero 85%
  • Estados Unidos 1%

 

De 1493 a 1600, 107 años, la emigración española a América fue de 54.881 personas. Esta inmigración no habría podido asesinar a tantos indios sin que la corona lo advirtiera o los indios se rebelaron masivamente. Habrían tenido que matar 1095 indios 365 días al año durante 50 años5.

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Tocqueville, en la Democracia en América, dice con tétrico humor: “los españoles no pudieron exterminar la raza india […..] y ni siquiera lograron privarla totalmente de sus derechos, pero los americanos [anglosajones] lograron ese fin con singular éxito: con calma, filantropía, dentro de la legalidad, sin derramar sangre y sin violar un solo gran principio de la moralidad ante el mundo. Resulta imposible destruir a los hombres con mayor respeto de las leyes de la Humanidad.6

Carles F. Lummis, comparando la acción de España con otros imperios afirma: tal era pues la situación del nuevo mundo al empezar el siglo XVII. España después de descubrir las Américas en poco más de cien años de incesante exploración y conquista había logrado arraigar y estaba utilizando aquellos países. Había construido en el nuevo mundo centenares de ciudades cuyos extremos distaban más de 5000 millas con todas las ventajas de la civilización que entonces se conocía, y dos ciudades en lo que ahora es EEUU, San Agustín en Florida y el Paso en Nuevo México habiendo penetrado los españoles en 20 de dichos estados. Francia había hecho unas pocas cautelosas expediciones que no produjeron ningún fruto y Portugal había fundado unas cuantas poblaciones de poca importancia en la América del sur. Inglaterra había permanecido durante todo el siglo en una magistral inacción y entre el Cabo de Hornos y el Polo Norte no había ni una mala casucha inglesa ni un solo hijo de Inglaterra7.

Una parte de los historiadores de la leyenda negra se afanan en juzgar a los conquistadores con criterios actuales. Es el error del ahistoricismo o anacronismo histórico. Lo que conocemos como derechos humanos fueron puestos blanco sobre negro en 1948. En el siglo XVI, como ya se ha comentado en otro apartado de este trabajo, los juristas y teólogos españoles ya habían puesto los primeros y fundamentales mimbres para ese cesto.

La Leyenda Negra “gratuitamente insulta a España, al sentido común y a la exactitud histórica”, y ha conseguido empañar la imagen de un imperio que alcanzó cotas sin parangón de humanitarismo y civilización, junto con una considerable dosis de crueldad y ambición que, como Powell no se cansa de repetir, estaban al mismo nivel que sus contemporáneos.

Se ha dicho alguna vez que el imperio español era un imperio inconsciente. Es decir surgió sin que nadie lo buscara, por causalidad, sin querer. Es preciso matizar que una cosa es el descubrimiento del nuevo continente y otra muy distinta la consolidación del imperio. Puede que el descubrimiento tenga algún componente de casualidad, de fortuna si se quiere, sin restar un ápice al valor de aquellos navegantes que se lanzaron a lo desconocido con menguadas posibilidades de terminar con vida la aventura. Pero el imperio de ningún modo fue inconsciente ni casual. Prueba de ello son las ciudades, vías de comunicación, los hospitales, las universidades y las instituciones que se crearon para consolidar un desarrollo aceptable en aquellas tierras y equipararlas a Europa.

Poblamiento y urbanización.

La mejor prueba que pone de manifiesto la falsedad de la idea sobre imperio inconsciente en América quizá sea su poblamiento y urbanización que distó mucho de ser un proceso azaroso o casual. En 1502 nace la organización urbana ovandina que trae su nombre de Fray Nicolás de Ovando gobernador de La Española. El modelo ovandino se basa en el poblamiento de nuevos territorios, promoción del desarrollo urbano, estimulación del mestizaje elección local de alcaldes y corregidores y mejoramiento de la vida por méritos. Cortés sigue el modelo ovandino en Tenochtitlán. Empezó organizando el repartimiento de tierras entre indígenas y españoles según el viejo modelo de los repartimientos de la reconquista. Después Alonso de Ojeda trazó a cordel el plano de la nueva ciudad. Siguiendo este plan de urbanización se hicieron Santo Domingo, la Habana, Veracruz, Campeche, Panamá, Cartagena de indias, Santa Marta, San Juan y otras muchas ciudades.

Veracruz

El modelo ovandino fue sustituido como plan de poblamiento y urbanización por el modelo Mendoza a partir de 1535 el cual debe su nombre Antonio de Mendoza virrey de México. Las innovaciones de Mendoza fueron encaminadas a crear ciudades ventiladas y soleadas con calles anchas que permitieran circular carros y carruajes y edificios de altura no excesivos de forma que las casas a un lado y otro de la calle recibieran sol y no se vieran oscurecidas por el edificio de enfrente.

En los lugares cálidos las calles eran más estrechas y las casas más altas para permitir el sombreado y en los lugares fríos las calles eran anchas y las viviendas de menor altura para que entre el sol8.

Vías de comunicación.

Para que la vida de las ciudades pudiera desarrollarse con plenitud era necesario dotarlas de vías de comunicación estables. Los caminos reales fueron desde muy temprano una prioridad de la política de la corona. Buena prueba de ello es el camino real entre México y Veracruz.

El camino real del alto Perú unía primeramente Córdoba (Argentina) con Lima. Después Buenos Aires con Lima pasando por Córdoba. Partía de donde hoy está la avenida Rivadavia en la capital Argentina y tenía unos 3.000 kilómetros.

El camino real de tierra dentro, desde México a Santa Fe de Nuevo México, es una ruta comercial de 2.560 kilómetros de longitud que se mantuvo abierta desde 1598 hasta 1882. Interesa de manera especial aquí porque este larguísimo camino discurría durante cientos de kilómetros por territorios poco o nada integrados en el imperio. Con el nombre de tierra adentro se calificaban aquellas regiones del norte que eran poco conocidas y estaban escasamente pobladas. En el año 2.000 la sección de camino que está en tierras estadounidenses, unos 650 kilómetros, fue declarada National history trail y en 2001 fue inscrita en la lista indicativa mexicana.

El camino real de tierra adentro ha cambiado la historia de Estados Unidos dos veces: la primera haciendo posible su victoria sobre la joven república mexicana la cual permitió la incorporación al gigante del norte del 55 por ciento de lo que había sido territorio mexicano y la segunda durante la guerra de secesión porque los confederados fracasaron en su intento de apoderarse del Oeste a causa del camino real9.

Hospitales.

Lo que hoy llamamos bienestar social, en aquellos tiempos era una quimera, incluso en Europa, que por aquel entonces era cuna del conocimiento. Imaginemos la situación en América. En 1957 el catedrático de farmacología Francisco Guerra produjo general estupor en la universidad de California cuando puso de manifiesto que Lima, Perú, en los días coloniales tenía más hospitales que iglesias y por término medio había una cama por cada 101 habitantes, índice considerablemente superior al que tiene hoy día una ciudad como los Ángeles10.

El 29 de noviembre de 1503, transcurridos apenas once años desde la llegada de Colón a las costas de la isla de Guanahani (San Salvador), se funda el primer hospital que hubo en América, bajo el nombre de San Nicolás de Bari.

El primer hospital en América lo abre Nicolás de Ovando siguiendo instrucciones de los Reyes Católicos: Haga en las poblaciones donde vea que fuere necesario casa para hospitales en que se acojan y curen así de los cristianos como de los indios11. Desde el primer momento el ejercicio de la profesión médica estuvo sometido a los mismos controles en América.

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En 1551, Felipe II, había dispuesto y dotado una cátedra de medicina en la universidad de México. La primera cátedra de medicina en los territorios ingleses de Norteamérica data de 1765.12

Entre 1500 y 1550 se levantan en las indias unos 25 hospitales grandes al estilo de San Nicolás de Bari y un número mucho mayor de hospitales pequeños con menos camas. La mayor parte de las instituciones arriba mentadas y otras más son magníficas edificaciones que siguen en pie y constituyen hoy patrimonio protegido.

Universidades.

Respecto a la educación se fundaron en América más de 20 centros de educación superior. Hasta la independencia salieron de ellos aproximadamente 150.000 licenciados de todos los colores castas y mezclas. Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial13.

Por citar solo las más antiguas y significativas:

 

1u
12 de mayo de 1551
Universidad de San Marcos, Perú

 

2u
10 de septiembre de 1551
Universidad de México

 

3u
13 de junio de 1580
Universidad Santo Tomas, Colombia

 

4u
8 de agosto de 1613
Universidad Nacional de Córdoba, Argentina

 

5u
27 de marzo de 1624
Universidad de San Francisco, Bolivia

 

6u
19 de mayo de 1651
Universidad Central de Ecuador, Ecuador

En cuanto aparecieron las universidades surgieron cátedras de lenguas indígenas lo que no ha sucedido en Estados Unidos hasta el siglo XX. En Real Cédula de 1580 Felipe II ordenó la creación de cátedras de lenguas indígenas para fomentar su estudio y conocimiento. Los jesuitas en América tenían prohibido hacer profesión solemne sino sabían alguna lengua de indios.

 

Justicia y administración.

Los funcionarios reales destinados en los reinos de ultramar gozaron de grandes privilegios. No obstante un eficaz sistema de doble control, en términos actuales podríamos denominarlos servicios de intervención y auditoria, se encargaron de evitar abusos de poder por parte de los referidos funcionarios. No creo necesario extenderme en las dificultades técnicas existentes en aquella época para ejercer el poder a miles de kilómetros de distancia.

Para hacernos una idea de cómo funcionaba aquello vamos a referirnos a un proceso muy curioso, pero que pone de manifiesto hasta qué punto la monarquía española se preocupaba por el buen hacer de sus funcionarios. El proceso en cuestión es el conocido como juicio de residencia. Este proceso consistía en que el funcionario que hubiera desempeñado algún cargo significativo, en el momento de su cese, se le sometía, automáticamente, a un juicio durante el cual se escuchaban todas las acusaciones que contra el quisieran sostener aquellos que habían estado bajo su tutela. Durante dicho periodo el funcionario no podía abandonar la ciudad en la que había ejercido, de ahí la denominación del juicio o proceso de residencia. Sus bienes, o parte de ellos, le eran retenidos para, si fuera preciso, responder con ellos a posibles indemnizaciones.

La regulación de los juicios de residencia se debió a los Reyes Católicos en las Cortes de Toledo de 1480, dándole su forma definitiva en la Pragmática de 9 de junio de 1500, en dos partes bien diferenciadas: por un lado, en la residencia pública mandaban que uno o dos escribanos se desplazaran por todos los pueblos y villas de la jurisdicción para averiguar las posibles quejas contra el residenciado y, por otro, en la secreta, comunicaban al residenciado las alegaciones con el fin de preparar la defensa y, en caso de duda, pasaba en última instancia al Consejo, junto con todo lo adicional14.

Lo importante era procurar su efectiva aplicación, cosa nada fácil (dada la distancia de miles de leguas que separaba las nuevas tierras de la metrópoli y las comunicaciones lentas que hacía casi imposible una vigilancia eficaz por parte del Rey o de los integrantes del Consejo de Indias. Aun contando con la buena voluntad y dedicación de los virreyes, no se podía exigir que éstos fiscalizaran a sus subordinados, separados a veces por selvas vírgenes desiertas y regiones pobladas por salvajes no sometidos15.

Don Pedro de Heredia fundador de Cartagena de indias y gobernador de la nueva Andalucía en el segundo juicio de residencia de los cuatro que tuvo que pasar fue condenado y sufrió confiscación de bienes y prisión junto a su Hermano Alonso. De ella salieron gravemente enfermos y arruinados.

Cuentan que un oidor del Perú que abandonó su puesto un día antes de que se cumpliera la residencia por no perder el barco y a pesar de que había sido declarado inocente fue obligado por el Consejo de Indias a regresar a Lima pagando el viaje a sus expensas para rendir y el día de servicio que le faltaba16.

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La Inquisición.

También cuando se habla de la inquisición se da por entendido que es la inquisición española. Como si no hubiera habido otras. Además se le atribuye una crueldad sin límites. Como veremos a continuación ambas suposiciones son falsas. Ni ha sido la única ni tampoco ha sido la más cruel.

Gustav Henningsen y Jaime Contreras comenzaron en 1972 una revisión de las más de 44.000 causas archivadas por la Suprema con el objeto, en un primer momento, de estudiar el desarrollo de la brujería en España.

Sobre las 44.674 causas abiertas por la inquisición entre 1540 y 1700 dan una cifra de 1.346 personas condenadas a muerte por el Santo Oficio. Kamen eleva la cifra a unas 3.000 víctimas en toda su historia y territorios en que asistió.

James Stephen calculó que el número de condenados a muerte en Inglaterra en tres siglos alcanzó la escalofriante cifra de 264.000 personas. Algunas personas fueron condenadas por delitos tan graves como robar una oveja. Según el investigador protestante E. Schafer, autor de un monumental trabajo de investigación sobre el protestantismo en España, el número de protestantes condenados por la inquisición española entre 1520 y 1820 fue de 220. De ellos sólo doce fueron quemados17.

La práctica de la tortura estaba rigurosamente reglada en el Santo oficio. Los estudios de Lea y Kamen confirman que su uso fue siempre excepcional y que apenas se utilizó en el uno o dos por ciento de los casos que se investigaba. La tortura no podía poner en peligro la vida del reo ni provocar mutilaciones y se hacía siempre en presencia del médico. Estas precauciones no existían en los tribunales civiles ni de España ni de ningún país de Europa donde la tortura fue una práctica común hasta hace bien poco. La pena de muerte se aplicaba sólo al hereje contumaz no arrepentido. El arrepentimiento transformaba automáticamente la condena a muerte en cárcel, multas y otras penas que no comprometían a la vida18.

En 1994 la BBC produjo un documental de 50 minutos titulado “The Myth of the Spanish Inquisition”. Participan en el Stephen Haliczer, Alvarez-Junco, Henry Kamen y Jaime Contreras.

Se emitió en el espacio de máxima audiencia en el primer canal de la BBC es uno de los mejores documentales sobre la inquisición que se han hecho. En conjunto la exposición del contexto y los datos es impecable. El Profesor Haliczer de la universidad de Illinois basándose en su trabajo sobre la inquisición en Valencia, hecho sobre el análisis de 7.000 casos, pone de manifiesto que sólo se aplicó la tortura en menos del 2% de los casos. Haliczer insiste en que las cárceles de la inquisición eran muy benignas. En los casos por él revisados aparecen reos que blasfeman con el propósito de ser trasladados a las cárceles inquisitoriales. Un truco que los inquisidores conocían pero no podían evitar.

Con gran ardor Kamen insiste en que en comparación con otros tribunales de España la inquisición es la que menos se vale de la tortura y si se amplía la perspectiva al resto de Europa resulta que el comportamiento de la Inquisición española es impecable. En Inglaterra una persona podía ser torturada o ejecutada por dañar los jardines públicos y en Alemania las torturas podían llevar a perder los ojos. En la vecina Francia era admisible desollar viva a la gente. La inquisición española jamás empleo estos métodos tan frecuentes en los tribunales de toda Europa. Nunca hubo emparedamientos ni se usó el fuego ni se golpeó a nadie en las articulaciones ni se usó la rueda ni la dama de Hierro. Tampoco acosaban ni vejaban a las mujeres que raramente eran torturadas19.

La desproporción en el número de muertos entre la inquisición española y las inquisiciones protestantes es brutal. Contreras destaca que en toda Europa sólo un tribunal reaccionó de manera diferente ante la brujería y éste fue la Inquisición que simplemente consideró la brujería un engaño y no procesó a casi nadie sólo por ese motivo. En el siglo XVI se ejecutaron entre 40 y 50 personas en todos los territorios españoles, incluida América. Sólo las persecuciones de herejes católicos en la Inglaterra isabelina provocaron casi mil muertos entre religiosos y seglares. En Francia, según las propias autoridades católicas se ejecutaron en el espacio de unos cinco años en ese siglo a más de 300 personas.

Henningsen calcula que en la Edad Moderna fueron quemadas unas 50.000 brujas: la mitad en los territorios alemanes; 4.000 en Suiza; 1.500 en Inglaterra; 4.000 en Francia. El estudioso danés insiste en que sus datos son extrapolaciones y que el número total de víctimas es imposible de determinar con precisión. No titubea en cuanto al número de víctimas del Santo Oficio. Son 27. Los archivos de la Inquisición, de gran minuciosidad, permiten pocas dudas. Apenas hay condenas por brujería en sí20.

La expulsión de los judíos.

Cuando los judíos estaban en España había que combatirlos pues eran enemigos del cristianismo y contaminaban las costumbres de los cristianos viejos. Esa posición era la que se defendía en las naciones cristianas. Cuando se les expulsó se acusa a España de ser una nación intolerante. Es más, se tiene la convicción, como sucedía con la inquisición, de que la única expulsión de los judíos en Europa es la española. En Inglaterra se les expulsó en 1920. En Francia en 1306, 1321 y 1394. En Alemania e Italia en los siglos XIV y XVI. En Hungría en 1349. En Austria en 1421. En Lituania en 1445 y 1495. En Portugal 1497. Todas estas expulsiones sin excepción impusieron, a los expulsados, condiciones más duras que la española. En España se les dio la opción de convertirse al catolicismo y al bautizarse quedaba sin efecto para ellos el decreto de expulsión. Fueron muchos los que tomaron este camino y llegaron a puestos relevantes en la administración, lo que prueba la buena integración con la que fueron recibidos. Los que optaron por irse se les permitió llevarse sus pertenencias muebles.

Muchos de ellos, tras convertirse, se posicionaron muy bien en la sociedad. Algunos de ellos llegaron a ser recaudadores de impuestos de la corona. Otros fueron tesoreros de la monarquía. Todo ello demuestra que no había un rechazo institucional hacia ellos. Cuestión distinta fueron algunos altercados que, de forma malintencionada, surgieron en ciertos pueblos y ciudades, en muchos casos por envidia, en otros con la única finalidad de hacerse con las cuantiosas propiedades que los judíos habían atesorado. Todo ello no es causa suficiente para estigmatizar la expulsión de los judíos en España como la más traumática, la más intolerante y desde luego como la única que ha sufrido ese pueblo.

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Comentarios.

Antes de la llegada de los españoles los indios no vivían en el Edén. Por el mero hecho de haber permanecido ignotos para la cultura europea y cristiana no podemos dar por sentado que estaban en un estado primigenio de inocencia. El mito del buen salvaje que posteriormente desarrollaría Rouseau, y que tiene sus antecedentes en las teorías lascasianas, no es aplicable a los indios. Su estructura social ya los había contaminado con las maldades propias de una sociedad desarrollada, si es que, como afirma el filósofo francés, es la sociedad la que corrompe al individuo.

Su estructura social estaba perfectamente jerarquizada y el pueblo llano estaba subyugado mediante un complejo sistema de creencias religiosas, administración y poderío militar. Las clases dirigentes como los sacerdotes, nobles y militares, todas ellas subordinadas al huey, rey o emperador, eran las que gestionaban el imperio en cada una de las facetas que les eran propias.

¿Cómo se puede pensar en un estado paradisiaco si los aztecas se pasaban parte del año dando caza a miembros de otras tribus para, posteriormente, sacrificarlos durante unas fiestas en honor de alguno de sus dioses?. Y no estamos hablando de diez o doce individuos, que sería igualmente condenable. Las cifras podían elevarse a 20.000 o 30.000 cautivos pertenecientes a las tribus cercanas y que no contaban, o no estaban organizadas, con los medios suficientes para hacer frente a dichas cacerías, pues de eso se trataba de cazar individuos, para abastecer los templos y poder llevar a cabo aquellos festivales de sangre. ¿Es eso un Edén?. ¿Dónde vieron los holandeses, alemanes e ingleses al buen salvaje?.

Los indios de Sudamérica, curiosamente donde se produjo la conquista española, estaban en un estado de inocencia envidiable, según los defensores de la leyenda negra, y por tanto había que dejarlos felices en su paraíso particular. Por el contrario los indios de Norteamérica, donde pusieron sus ojos los holandeses, alemanes, ingleses y franceses, eran animales feroces que había que exterminar sin reparo, como asi hicieron. Ya se ha dicho anteriormente como los ingleses y franceses exterminaron a los sioux, los apaches y otras tribus de la actual Canadá por ser un estorbo para la conquista del Oeste. En su caso si estaba justificado el exterminio hasta el extremo de hacerlos casi desaparecer.

Los indios, evidentemente, tenían una cultura avanzada en ciertos aspectos pero en otros, como el derecho a la vida, habían evolucionado hacia una relatividad ciertamente preocupante, aun viéndolo desde una perspectiva ajena al catolicismo. Repugna al más elemental sentimiento humano, el sacrificio, en muchos casos masivo, de seres humanos aun justificándolo bajo el paraguas de las creencias en dioses. De siempre la Humanidad ha necesitado creer en seres todopoderosos. Suponemos que para buscar justificación, más o menos congruente, a las múltiples situaciones a las que se ha enfrentado el ser humano a lo largo de la historia y que de otra forma no alcanzaba a comprender. Indudablemente sigue sin comprenderlas pero atribuyéndoselas a un ser extraordinario, en el que para todo hay una razón de ser, evita caer en la desesperanza y en la frustración que supondría, para un ser inteligente como el hombre, el rey de la creación, no conocer la razón última de la vida, el dolor, la muerte….

Los españoles, que también arrastraban sus traumas, distintos si se quiere pero traumas al fin y al cabo, al ver esas masacres entre congéneres, a veces trufadas de canibalismo, recurrieron a lo único que tenían a mano: la fuerza. Pero cuidado, no pensemos en una fuerza desmedida y cruel. Nos permitimos recordar que en el mejor de los momentos de la conquista Hernán Cortes contaba con, aproximadamente, 600 hombres y Pizarro con 180. Resulta difícil creer que tan reducido número de combatientes, por muy fieros que fueran, que lo eran, y por muy bien armados que estuvieran, que lo estaban para aquella época y lugar, pudieran por si solos emplear una fuerza extrema capaz de exterminar a un imperio con millones de seres humanos.

Los abusos del imperio Azteca sobre buena parte de sus congéneres a los que utilizaban como víctimas propiciatorias en sus ofrendas a los dioses y la ambición de poder entre facciones del imperio Inca fueron el caldo de cultivo que, hábilmente, utilizaron ambos conquistadores para hacerse con el control de ambos imperios con tan exiguas fuerzas. Mucho se ha escrito sobre esto porque lo cierto es que desde un punto de vista lógico no tiene ninguna explicación. Sin duda un cumulo de circunstancias favorables unido a un arrojo sin límites y a una aguda inteligencia hirieron posible ambas hazañas. Resulta a todas luces impensable que con los medios humanos y materiales que contaron ambos conquistadores fueran la fuerza y la crueldad, más la segunda que la primera, las que les proporcionaron la gloria de la conquista, por más que los promotores de la leyenda negra se hayan empeñado en difundir ambas facetas, con indudable éxito por cierto.

Los otros conquistadores. Norteamérica.

Por no alargar en exceso el trabajo. Solo algunas pinceladas sueltas de lo que hicieron, primero los ingleses como colonizadores, segundo los norteamericanos una vez conseguida la independencia de Inglaterra. La estrategia es la misma: los colonos son los buenos y los indios son los malos, como se ha encargado prolíficamente de divulgar el cine en numerosas películas. Eso en Norteamérica. En Sudamérica, los papeles cambian sustancialmente. Los colonos, aquí llamados conquistadores, son crueles, avariciosos y déspotas y los indios son los legítimos propietarios del paraíso. Lo peor de todo esto es que lo hemos interiorizado de tal manera que, nosotros mismos, lo asumimos como verdad incuestionable.  

Los ingleses.

Al ser una sociedad medieval, el objetivo de la conquista española era la evangelización y españolización de los nativos (enseñar la religión, costumbres, idioma…). La mayor preocupación de los monarcas españoles era hacer llegar la religión católica a todos estos pueblos, y considerarlos como nuevos súbditos, y favoreciendo así al Cielo. Esto era porque los españoles consideraron a los nativos como personas poseedoras de alma, los cuales se podían adoctrinar.

El objetivo de la conquista inglesa era puramente comercial. Por lo tanto buscaban obtener el máximo beneficio posible creando rutas comerciales y explotando la tierra sin importar nada más o a quien perjudicaban. No se preocuparon por enseñar costumbres o religión a los nativos, ya que ni siquiera los consideraban como seres humanos. Es más, pensaban que los nativos debían ser exterminados para dejar paso a los ingleses.

Entre la evangelización, el comercio y la integración, se produjo un mestizaje entre pobladores y colonos, y una fusión entre sus costumbres. Es por eso que en América del sur puede verse como existe un fuerte vínculo cultural entre la actual y las culturas precoloniales.

Los ingleses excluyeron a los nativos de su sociedad. Estos nativos tuvieron que desplazarse constantemente mientras las colonias crecían, y recluyéndolos en reservas para que no molestasen al desarrollo, mermando su número hasta casi su desaparición. En la sociedad norteamericana y canadiense actual no existe ningún tipo de vínculo con las culturas precoloniales.

El sambenito de los desatinos que se le imputan malévolamente (aunque no carentes de fundamento) a la Conquista Española no lo redime el “y tú más”, obviamente, pero sí es necesario destacar que nuestros detractores no eran solamente inocentes querubines, sino que hacían horas extras por mejorar las estadísticas (lamentables en todo conflicto entre humanos) que nosotros causamos en acciones que por estar enmarcadas en conductas menos civilizadas por la época en que se desarrollaron, no restaban inhumanidad a aquellos actos obligados por la dinámica de conquista, sin atenuar por ello el horror que conllevaron a sus habitantes autóctonos. Las almas despachadas en aquel larguísimo episodio, por su número casi incontable, llegarían a colapsar los sistemas contables de la época.

En el caso de la Conquista Española, la mortandad se asoció más a las enfermedades transmisibles –viruela, sarampión, gripe, tifus, peste bubónica y otras enfermedades infecciosas endémicas en Europa–, que tuvieron un papel decisivo al diezmar a los desprevenidos locales; el ardor guerrero contribuyó lo suyo también. En el caso de los ingleses la mortandad podría calificarse de matanza, sin más consideración o interpretación. El abundamiento de datos certificaría este hecho, pero lo dejaría reducido a las frías miserias de la estadística.

Antes de la llegada de los ingleses a América, existían civilizaciones bien estructuradas forjadas durante siglos en algunos casos. Para ellos, los habitantes de dichas civilizaciones no tenían la consideración de humanos. El colono anglosajón mostró una forma de crueldad inusual fuera de los campos de batalla y en ello, aunque aquí, en caliente, entran atenuantes obvios. Los pueblos sometidos fueron meros espectadores de las masacres cometidas en los actuales Estados Unidos, Caribe, África y Australia, por mencionar algunas latitudes al azar. Mientras los españoles intentaban convertir a los autóctonos al catolicismo, a veces con métodos algo expeditivos, y los portugueses, más mercantiles, trataban de controlar los puertos de Brasil y la costa oeste de África e India para así potenciar su fabulosa red comercial, los ingleses entendían que los indígenas de América debían ser literalmente exterminados –como así ocurrió en sus zonas de actuación–, para de esta manera repoblar el continente con ingleses de pura cepa. Y no vale decir que eran presidiarios desalmados o disidentes recalcitrantes frente a la monopolista fe anglicana, no; avezados exploradores como Rourke, Cook, y, antes que ellos, el inefable Drake, postulaban el exterminio en masa de los lugareños que asistían sorprendidos a la total subversión de la hospitalidad por aquellos energúmenos adecentados con uniformes de lujosa botonadura. Era la educada Inglaterra la que se oponía al mestizaje con los subhumanos.

El abuso e imposición arbitrarias de una Inglaterra exultante ante sus conquistas (no existían entre ellos un Fray Bartolomé de las Casas ni la más mínima norma que se pareciera a las Leyes de Indias) permitiría el salvaje saqueo, el expolio y el apalizamiento a millones de “indios” o aborígenes por parte de una cultura que a sí misma se llamaba civilizada. En lo económico y político, los beneficios soslayaron cualquier atisbo de humanidad, dejando a los intereses indígenas totalmente condenados a la muerte en guerras asimétricas, a la inanición en la mayoría de los casos y a la esclavitud flagrante y rampante.

La masacre indígena de 1622, también conocida como masacre de Jamestown, tuvo lugar en la Colonia de Virginia, en Viernes Santo, el día 22 de marzo de 1622, y fue provocada por una serie de ataques sorpresa de la Confederación Powhatan dirigida por el jefe Opchancanough. Murieron unas 347 personas en el ataque,​ lo que constituía alrededor de un tercio de la población inglesa de Jamestown.

Los colonos que sobrevivieron a la masacre del Viernes Santo contraatacaron y, durante el verano y el otoño de 1622, lanzaron ataques contra las tribus powhatan, buscando especialmente destruir las reservas de grano; tuvieron tanto éxito que forzaron al jefe Opchancanough a pedir una negociación. Finalmente, se abrieron conversaciones para buscar la paz por medio de intermediarios indios, pero algunos de los líderes de Jamestown, instigados por el capitán William Tucker y el doctor John Potts, envenenaron el licor que se tenían que beber los representantes powhatan en el brindis ceremonial. El veneno mató unos doscientos indios y cincuenta más murieron a manos de los colonos, pero el jefe Opchancanough pudo escapar.

Aunque la expansión de las enfermedades no necesariamente era intencionada, hubo auténticos casos de guerra bacteriológica. En 1773, el coronel Henry Bouquet de Fort Pitt escribió al comandante del ejército británico a raíz de una revuelta que amenazaba sus guarniciones en Pensilvania: "Intentaré inocular los indios [de viruela] con mantas infectadas y con cualquier otro método para extirpar esta raza execrable".

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Hasta finales del siglo XIX se sucedieron también los choques armados. En 1775, el rey Jorge II de Gran Bretaña instó a los colonos a "aprovechar todas las oportunidades para perseguir, capturar, matar y destruir todos estos indios". Por cada cabellera de indio penobscot se pagaban 50 libras (25 si era una mujer y 20 si se trataba de un niño o una niña de menos de 12 años).

En Australia se les fue la mano totalmente. De más de 900.000 aborígenes contabilizados por su propia Sociedad Geográfica, algo más de 30.000 escaparon a aquel Apocalipsis de destrucción sistemática y, probablemente, planificada. Estos aborígenes llevaban en Australia aproximadamente 60.000 años cuando los primeros ingleses les hicieron notar su avanzada civilización; era el año 1770 y el infierno abría sus fauces.

Los ingleses declararon a Australia como terra nullius, es decir, sin habitantes humanos, de tal manera podrían así justificar el despojo de las tierras indígenas y el saqueo del continente. Tras arrebatarles las tierras fértiles, arrojaron a los aborígenes a las zonas áridas del interior donde morían como chinches. Enfermedades desconocidas arrasaron aquel último reducto del paraíso en la tierra, en un siglo exacto desde aquel terrible desembarco de los pulcros y puritanos anglos.

Parafraseando a Mae West, a la Inglaterra de entonces se le podría adjudicar aquella famosa frase dicha por esta dicharachera fémina con un daikiri en la mano y media docena en el estómago: "He perdido mi reputación. Pero no la echo en falta".

EEUU.

Los propios EEUU, una vez conseguida la independencia, propiciaron un exterminio sistemático de los indios. Algunos ejemplos:

Tras la revolución norteamericana y la independencia respecto de Gran Bretaña, la persecución siguió. En 1830 se promovió la Indian Removal Act que forzaba la deportación de 100.000 indios de las llamadas "cinco tribus civilizadas" (cherokee, chickasaw, choctaw, creek y seminoles) para entregar sus tierras a los agricultores de algodón. A diferencia de América Latina, las poblaciones indígenas no se dejaron esclavizar y tuvieron que importarse esclavos de África para trabajar la tierra. En el penoso viaje hasta la actual Oklahoma, el "territorio indio" que les fue asignado, 4.000 cherokees murieron de frío, hambre y enfermedades, en lo que después se llamó el Camino de las Lágrimas.

De 1846 a 1873, el gobierno estadounidense y los colonos blancos cometieron un genocidio en masa contra la población indígena californiana. En 1846, antes de la fiebre del oro de 1848, 157.000 personas vivían en California, de las cuales 150.000 eran indígenas. Era la población indígena más densa y más diversa en Estados Unidos. Ya para 1873, quedaron vivos solamente 30.000 indígenas, y en 1880, sólo 16.277.

Esta limpieza étnica masiva resultó de los asesinatos genocidas de la población indígena a mano de los soldados estadounidenses, milicias estatales voluntarios, y vigilantes. Estos incluyeron masacres grandes que arrasaron con aldeas enteras, matanzas de grupos, matanzas individuales, la muerte de miles por inanición, y la muerte de miles por enfermedades mientras estaban presos en fuertes estadounidenses o en reservas indígenas federales.”

“El 30 de marzo de 1846, el capitán John C. Frémont, junto con 60 blancos fuertemente armados y vestidos de piel de ante, el guía Kit Carson, varios indígenas Delaware (Lenape), y algunos voluntarios de un punto de trueque cercano, avanzaron río arriba por el río Sacramento hacia tierras habitadas por el pueblo Wintu en una región unos 145 km al noroeste de lo que después sería la ciudad de Sacramento.”

“El 5 de abril, esta banda de 76 hombres emperrados en matar a indígenas llegaron a un lugar que se convertiría en la ciudad de Redding en el valle alto del Sacramento. Esta región de varios cientos de kilómetros cuadrados les abastecía a más de 5.000 Wintu con una abundancia de comida. A pesar de tener algunas contradicciones con otras tribus en la región, los Wintu era pacíficos y habían forjado relaciones mutuas de intercambio con las otras tribus.”

“Un testigo ocular, William Isaac Tustin, reportó sobre lo que presenció. Según Madley, “Si Tustin acertó, la fuerza de Frémont mató hasta 1.000 hombres, mujeres, y niños indígenas californianos, en lo que puede haber sido una de las más grandes, pero menos conocidas masacres en la historia estadounidense”. Se reportó que ni un solo hombre de Frémont fue muerto ni tan siquiera herido durante la masacre.”

“La legislatura estatal de California. La legislatura estatal de California aprobó la “1850 Act for the Government and Protection of Indians” (Ley para la gobernanza y la protección de indígenas de 1850). Entre 1850 y 1863, esa ley facilitó el desalojo de indígenas californianos de sus tierras tradicionales y la separación de por lo menos una generación entera de niños y adultos de sus familias, idiomas, y culturas. Según esa Ley, un indígena acusado de un crimen era culpable hasta que comprobara su inocencia. Estableció un sistema de servidumbre indígena californiana, según la cual, podían secuestrar a niños indígenas y obligarlos a trabajar sin remuneración, y podían comprar a cualquier indígena encarcelado por su trabajo. También legalizó el castigo corporal de indígenas.

El gobierno estatal californiano gastó más de $1 millón para financiar las milicias estatales californianas que hicieron expediciones con fin de matar a indígenas por todo el estado. Se reportó que estas milicias mataron a aproximadamente 2.000 californianos nativos entre 1850 y 1861.”

Como se desprende del párrafo anterior, para agravar aún más, si cabe, semejante barbaridad estas matanzas se llevaban a cabo con dinero público. Esto es, era el propio Estado quien financiaba las expediciones de exterminio no solo proporcionado militares si no creando milicias subvencionadas que a la postre se convirtieron en bandas de forajidos sedientos de sangre. Todo ello debidamente justificado por una prensa adicta al sistema que revestía la barbarie de una pátina de legalidad y permitía la impunidad.

¿También estos muertos van a ser imputados al imperio español?.

La prensa de California desempeñó un papel muy importante al azuzar un fervor racista contra los indígenas y promover el genocidio. Después de ponerse en marcha la fiebre del oro en California, la prensa empezó a intensificar sus calumnias contra la población indígena, a la que consideraba un estorbo. En 1848, el California Star declare que los indígenas se convertirían en ladrones, y que “una guerra continua se librará necesariamente, por las depredaciones cometidas, hasta que todos sean exterminados”. Un mes más tarde un comentarista del Star escribió que los indígenas “son un cargo y una peste para este país, y yo contemplaría con alegría la salida de cada una de esas criaturas desgraciadas de entre nosotros”.

Al final de la década de los 1850, la prensa ya era el principal defensor de la exterminación de los indígenas. Escribió el Red Bluff Independent, “Se está haciendo evidente que habrá que recurrir a la exterminación de los diablos rojos antes de que estén seguros los residentes cercanos a las rancherías, o que se pueda viajar por los caminos serranos con alguna seguridad, a menos que sean partidas de hombres bien armados”. En 1865, escribió el Courant, “Es una piedad para los diablos rojos exterminarlos, y una salvación de muchas vidas blancas… sólo hay un tipo de tratado que sea verdaderamente efectivo — el del plomo”. Y del Shasta Courier, “La exterminación es la única protección segura... y entre más pronto se aplique el remedio, mejor”.

 

[1] Sverker Arnoldson “Los orígenes de la Leyenda Negra española”
2 Batallas de Ceriñola, Garellano y Gaeta.
3 Pedro Insua. 1492. España contra sus fantasmas.
4 Maria José Villaverde Rico. Francisco Castilla Urbano. La sombra de la leyenda negra.
5 La verdad sobre el imperio español en las américas. Pablo Victoria. YouTube.
6 Maria José Villaverde Rico. Francisco Castilla Urbano. La sombra de la leyenda negra. Pag 47 primer párrafo.
7 Pedro Insua.1492 España contra sus fantasmas.
8 Maria Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra Pág. 296- 297
9 Maria Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra.
10 Francisco Guerra, University of California.
11 Juan Jacobo Muñoz, El primer hospital de América y otros relatos médicos.
12 Maria Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra
13 Clementino Pastor Miguelañez, Cultura y humanismo en la América colonial española.
14 Análisis metodológico de dos juicios de residencia en Nueva Granada. Monserrat Domínguez Ortega.
15 Ensayo sobre los juicios de residencia indianos. José María Mariluz Urquijo
16 Maria Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra pág. 306
17 Imperiofobia y leyenda negra
18 Imperiofobia y leyenda negra Pág. 276-277 último párrafo.
19 Imperiofobia y leyenda negra. Pág. 278-279
20 Pág. 282 primer párrafo.