LA DESTRUCCION DE LA ECONOMIA REAL como consecuencia de aplicación del PRINCIPIO DE EFICIENCIA ECONOMICA

José M. Millet el Jue, 14/07/2022 - 08:23
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Cuando los trabajadores se someten a condiciones laborales por debajo de los estándares hasta ahora considerados como normales, de manera que lo percibido por el trabajo ni si quiera cubre las necesidades básicas de una persona. Cuando el futuro de una persona es incierto y su supervivencia depende de poder seguir encontrando trabajo por deficientes que sean las condiciones en las que éste se realice. A todo esto, se le denomina precariedad, y es la consecuencia de haber destruido previamente la economía real de las personas.

Este tipo de situaciones está empezando a denunciarse en el mundo del cine. Se ve actualmente en películas actuales. “Nomaland”, una película acabada de estrenar, es un ejemplo de todo esto. Está basada en el libro de Jessica Brudes “Nomaland: surviving American in the Twenty First Century”. Su personaje principal, una mujer que acaba de perder a su marido y su casa, abandona un pueblo desierto después de que la megaempresa que explotaba la mina cesara en su actividad por razones económicas. Ella tiene ya una edad, sesenta, pero no tiene jubilación, ni medios de subsistencia, de manera que sube sus enseres imprescindibles en una furgoneta y comienza un peregrinaje en busca de trabajo eventual, mal pagado y en condiciones miserables; en definitiva, se une a un grupo de mano de obra de trabajadores itinerantes, de bajo coste, con la precariedad y la dureza de los trabajos como norma.

Lo único que posee la protagonista es el transporte en el que duerme y el último dinero que haya conseguido cobrar. En su peregrinaje se encuentra con uno de sus alumnos, trabajador en un supermercado, que se preocupa por ella. Sin embargo, ella intenta tranquilizarlo: “no es que sea pobre, es solo que no tengo casa”. No tiene relación alguna con su única hermana dado que ésta es de la cruel opinión de que quien se ve en una situación así es porque se lo ha buscado, y de que quien se creyó sus sueños y pidió una hipoteca, es culpable de su propia desgracia.

En la película hay referencias a megaempresas en las que sus empleados tienen su tiempo tan controlado que tienen que hacer sus necesidades en botellas o bolsas, para evitar sanciones que automáticamente les impone la vigilancia por algoritmos a los que están sometidos.

El compañerismo con otros en su misma situación con los que se encuentra “on the road”, es quizá, el aspecto más humano del film, uno de ellos le explica que no fue capaz de suicidarse porque ello hubiera supuesto dejar solo a su perro. Después de esto, tras el fallecimiento de uno de sus compañeros que deja huérfano a su perro, la protagonista renuncia a adoptarlo, sin que en la película se aclare si es para evitar tenerlo como “lastre”, llegado el momento.

La protagonista es uno de los excluidos del sistema. Es evidente que ella preferiría estar en su casa, con una pensión de jubilación y no haciendo sus necesidades en cubos, en su furgoneta, mientras la van contratando para limpiar letrinas en hamburgueserías de carretera.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que la película la produce Walt Disney, lo cual obliga a darle a la misma unos tonos pastel y románticos que son aprovechados por los voceros del sistema (periódico El País) para alegar, presos de una repentina euforia, que es la protagonista la que elije esa vida itinerante… como si tuviera más opciones. Es más, el tema llega al punto de que en esa “versión oficial” de “El País”, se considera que es una decisión sustentada, nada menos, que en unos principios de un movimiento contracultural conocido como los “hobos”, palabra que en realidad encubre eufemísticamente, la de vagabundos. De tal forma que, siguiendo la lógica de tal argumentación, la responsabilidad de ser una marginal no sería una consecuencia ineludible de un sistema injusto, como realmente es, si no una elección realizada en plenitud de facultades y descartando otras opciones precisamente por ser “burguesas”.

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En otra película, “En un muelle de Normandía”, el Director Emmanuel Carreres trata la historia de una mujer casada a la que su marido engaña. Tras más de veinte años de matrimonio decide divorciarse. El divorcio supone que él no tiene ya que mantenerla. Ella no tiene derecho a pensión alguna. Está sola ante el mundo. Habla con su asesor laboral, y después de intentar algunos trabajos acaba de limpiadora de un Ferry en su escala en Caen. A su grupo de trabajo le llaman “comando”, tienen que limpiar el barco en sólo hora y media. En ese tiempo ella tiene que hacer sesenta camas, a razón de minuto y medio por cada una de ellas. Esta labor la hace en tres turnos diarios. No puede faltar a un solo turno bajo amenaza de despido.

Podemos pensar que estas situaciones son exageradas, que los protagonistas se encuentran limitados por su escasa formación. Al fin y al cabo, que puede ganar una persona limpiando habitaciones, etc. Sin embargo, la ley no escrita de los mercados abiertos es una auténtica carta blanca al abuso, ya sea aquí en Europa, o en USA o en China o la India. Las injusticias son clamorosas, sin una regulación que proteja a los trabajadores, y lo podemos comprobar incluso en sectores supuestamente exitosos y especializados en la actualidad como puede ser el de la telefonía, o los smartphones. Para empezar, casi todos los teléfonos se fabrican o bien en China o en la India. Las condiciones de trabajo son tan duras que muchos obreros optan por suicidarse, cuestión que provoca pérdidas a la empresa, que al fin y al cabo produce los móviles para alguna multinacional norteamericana o noruega. La solución a la que llegan es a obligar al trabajador a firmar unas cláusulas que prohíben y le sancionan con represalias económicas a su familia caso de que se suicide. Los vigilantes de las plantas productoras presentan un look muy parecido al que tenían los nazis, con el pelo rapado, vestidos de negro…incluso se explota a niños en estas fábricas, en unas condiciones insalubres…

Tampoco el personal especializado, como los ingenieros se salva, a los treinta y cinco años, pasan a ser considerados ya “viejos” para el trabajo informático, nutriéndose las plantas de nuevas remesas de jóvenes recién licenciados, capaces de trabajar quince horas diarias sin manifestar protesta alguna. A esta conclusión llega una investigación realizada por Andrea Rosales y Jakob Svensson: “según nuestros entrevistados, los trabajadores de más de 35 se consideran “viejos” en la industria tecnológica, se les considera ya anticuados y se les presupone que van a resultar problemáticos en los nuevos lenguajes informáticos que se van innovando, de forma que nunca se contrata a nadie mayor de 35. (Artículo de “El confidencial”, de 17/%/2022).

Emilio Sánchez Hidalgo, en un artículo para “El País”, de fecha 10 de julio de 2022, habla de la situación en la que se mueven, en España, una nación gobernada por un partido “socialista”, las limpiadoras de hoteles en verano, popularmente conocidas como las “Kellys”. Enfrentan unas situaciones laborales durísimas en las que si no cumplen con los objetivos de limpiar habitaciones en 10 minutos, son despedidas. Esta exigencia supone la necesidad de que tienen de forzarse psicológicamente y físicamente tanto, que acaban siendo dependientes de una fuerte medicación para poder mantener el ritmo que se les exige. Todas ellas, después de los estudios realizados, muestran síntomas de estados de ansiedad (96%), de depresión (40%) y dolores entre 4 y 7 zonas de su cuerpo 70%. En consecuencia, el 73% está medicada, pues toman pastillas para la ansiedad, para la depresión. Toman antiinflamatorios y relajantes musculares, protectores de estómago… al final del día pueden haber tomado seis o más pastillas. Por la mañana, para aguantar el ritmo toman Red bull y cafés, por la tarde, para intentar controlar las pulsaciones, valerianas o ansiolíticos. Ellas aseguran que las ven como “esclavas”, que no pueden dejarse el nolotil y que además parece que tienen que agradecer poder tener trabajo. Existen 140.000 trabajadoras en España en esta situación actualmente. El tema, además se complica cuando estas mujeres en realidad no trabajan ni siquiera para el hotel, si no para empresas subcontratadas por éste que son despedidas en cuanto las cifras no satisfacen.

José Manuel Millet Frasquet es abogado.

 

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