Adoctrinamiento escolar
Es evidente que en las aulas valencianas se está llevando a cabo un adoctrinamiento lingüístico, ideológico, cultural e histórico, y eso es algo muy grave. No es un asunto de trifulcas entre partidos políticos, que lógicamente han de intervenir en el debate, sino sobre todo de los padres, que son quienes deben elegir con libertad si sus hijos estudian en valenciano o castellano, recibiendo en todo caso sus hijos una enseñanza de calidad a todos los niveles, que respete las ideas, el idioma y una historia ajustada a la realidad, no deformada por intereses partidistas de adoctrinamiento. Soy aragonés, y cuando oigo que se habla de la “corona catalana-aragonesa” me chirrían los oídos, porque lo que existió fue la Corona de Aragón.


El Corte Inglés de Castellón repitió este año la iniciativa de una lectura continuada, a lo largo de todo el día, el pasado lunes, en que celebramos el Día del Libro. Yo fui uno más de los 120 que leímos desde las 10 de la mañana, en turnos bien organizados por Pablo Sebastià, “El principito”, de Antoine de Saint Exupéry. Entre los más de un centenar de lectores estaba toda la sociedad castellonense –autoridades, periodistas, empresarios, escritores, artistas, políticos, etcétera-, y pienso que es una iniciativa positiva de respaldo generalizado a cuanto suponga incentivar la lectura, objetivo que siempre ha sido encomiable, y desde luego también en la actualidad.
Cualquier espectador medianamente reflexivo de la sociedad actual no puede menos que experimentar un gran desconcierto –¿a dónde vamos a llegar?, decimos– ante ciertos comportamientos que indican que se ha perdido el sentido del límite en casi todo, pero muy especialmente en la dimensión moral. Nuestra sociedad se asienta sobre una gran contradicción: por una parte, en materias económicas y sociales, cada vez existe más control administrativo, más leyes, más disposiciones que limitan la libertad de actuación de los individuos y de los grupos; y por otra parte, en el orden de los comportamientos éticos, el talante pluralista y las leyes ultra liberales han abierto las puertas de la total permisividad sin apenas establecer límites, en una especie de reino de libertad gratuita en el que cada uno puede hacer lo que quiera.