La Civilización decadente (3ª parte)
Cuando se reflexiona detenidamente sobre lo que está ocurriendo en nuestra sociedad, a la que calificamos como “sociedad del progreso”, la impresión que se recibe es de desconcierto, porque nadie sabe a dónde vamos, ni siquiera los que se declaran profetas de la modernidad. Es tal el deterioro de costumbres y tan desconcertantes las ideas que circulan, que todos los límites quedan rebasados por la profundidad y extensión del fenómeno social que nos envuelve. Porque ya no se trata de simples cambios generacionales, sino de rupturas drásticas con todo lo establecido, y con el signo de haber perdido el sentido del límite, ya que todo es posible, incluso lo más disparatado. En este contexto de disolución universal, los principios del bien y del mal, de lo verdadero y de lo falso, han perdido su sentido como orientación de la vida, y hoy sólo se valoran y se juzgan las cosas como “democráticas” o “antidemocráticas”, sustituyendo la calidad de una acción por la cantidad de sus partidarios.

De nuevo el arzobispo de Valencia, el cardenal Antonio Cañizares, está en el punto de mira por sus declaraciones, en este caso sobre la ideología de género. Resulta curioso que líderes de varios partidos políticos intenten acallarle, cuando lo que está defendiendo es la doctrina católica, guste o no a los políticos, como sucede en otros asuntos –y más graves– como es el caso del aborto.