El nivel de autocrítica de los partidos políticos es asombrosamente inexistente, difuso o como mucho superficial. En realidad, no es algo nuevo, y tal vez su origen hay que buscarlo en el temor a contrariar a los líderes del partido o de cada campaña electoral. ¡Vamos, que hay menos autocrítica que en un entrenador de fútbol como Xavi, Ancelotti, Simeone o Guardiola!
Los entrenadores se aferran, con excesiva frecuencia, a errores arbitrales, calendario con excesivos partidos o limitaciones presupuestarias, cuando no a un clima infernal al visitar un estadio de fútbol.
También hay que tener presente que, en política, hay una máxima muy discutible de que, si se hace autocrítica en público, es muestra de debilidad y de reconocimiento de derrota, con el riesgo añadido de enfadar a las altas esferas, o simplemente al número 1, porque ya sabemos que la democracia en los partidos es casi inexistente, pues se reduce a llevarse bien con el número 1, reírle las ocurrencias e identificar lealtad con sumisión sistemática.